De todas las relaciones que este gobierno tenía que administrar, la de Estados Unidos se anunciaba como la más difícil. Y lo ha sido, con momentos ciertamente complejos. Pero si uno compara a México con el resto del mundo a México le ha ido bien. Lo han beneficiado la geografía de una frontera compartida, la estrechez del comercio y, sobre todo, el manejo inteligente que la presidenta Sheinbaum ha hecho de Donald Trump y de sus estridencias. México no cayó en la trampa de convertirse en el enemigo. Los aranceles existen, sí, pero en general son menores que los que cargan otros países incluidos China, la UE y Canadá, y esa diferencia se ha vuelto una ventaja competitiva tan real que incluso el comercio entre ambas naciones ha crecido. Con Donald Trump en el poder es imposible saber cuánto durará esta situación, pero en mayo del 2026 las exportaciones mexicanas lograron el mayor monto mensual registrado.

El problema es que el mundo se vuelve cada día más complicado, y México enfrenta el dilema de qué bandos jugar. Canadá optó por acercarse a China pero México no tiene la fuerza ni la solvencia propia para un gesto de esa naturaleza. Le queda, por ahora, Estados Unidos. El riesgo no es esa cercanía, sino la dependencia. Mientras que el resto de América Latina parece voluntariamente condenarse a la Doctrina Donroe, México (y Brasil) tienen que ser más inteligentes, saben que no pueden confiar en EU, pero que lo necesitan. Por eso es importante usar a Estados Unidos para lo que México requiere —comercio, estabilidad— mientras se construye aquello que nadie nos va a regalar: autosuficiencia, desarrollo, y capacidad de negociación con ellos.

En energía, la presidenta ha acertado en empezar con el tema del gas natural, del que dependemos absurdamente de nuestro vecino del norte. El siguiente reto es la energía eléctrica que hoy es el verdadero cuello de botella del crecimiento, pues no hay megavatios suficientes para la inversión que México necesita.

Otro reto importante para la presidenta Claudia Sheinbaum es desatorar la inversión interna; los empresarios parecen más cercanos a Sheinbaum, pero reacios a tomar acciones más allá de las fotos y declaraciones. El gobierno tiene que darles certidumbre para que exista una inversión interna.

Pero la discusión más importante es la menos obvia: la tecnológica. Como he escrito anteriormente, un país sin tecnología propia corre el riesgo de convertirse simplemente en un proveedor barato y sustituible. México no se convertirá en potencia tecnológica mañana. No tiene tradición para hacerlo y sería absurdo pretender competir simultáneamente en inteligencia artificial, semiconductores, biotecnología y todas las industrias estratégicas. Pero puede encontrar nichos. Lo importante es escoger algunos y apostar durante diez, quince o veinte años. Las potencias tecnológicas no nacen de un sexenio, se construyen durante generaciones.

Luego está lo regional, y aquí el panorama es más crudo. México queda aislado, junto con Brasil, en un continente que se corre hacia la derecha: Colombia hacia la ultraderecha, Perú hacia la derecha, un rosario de gobiernos alineados con Washington y atentos a lo que dicte Trump. Históricamente Brasil ha visto a México como un rival en la zona. Es hora de enterrar esa vanidad. Ninguno de los dos, por sí solo, tiene con qué enfrentar los retos de esta época. Si Francia y Alemania, infinitamente más poderosas, se sientan al menos una vez al año al más alto nivel para pensar en conjunto, México y Brasil no pueden darse el lujo de menos. Ya no somos potencias que compiten por América Latina; somos dos países que se necesitan.

De ahí que México no deba fabricar simpatías ni fobias oficiales según el color ideológico del gobierno en turno. Hay que construir con Colombia pese a su nuevo presidente, con Perú, con casi toda la región, como ya lo ha ensayado la propia Sheinbaum en el restablecimiento de relaciones con Fujimori. Ecuador es la excepción, por un agravio latente. En todo lo demás, México tendría que aspirar a ser un unificador regional aunque ideológicamente esté en la otra orilla. Y jugar dos partidas largas: la primera, que Estados Unidos podría cambiar de gobierno y devolverle sentido a un México y un Brasil convertidos en puentes; la segunda, una cercanía institucional entre países que sobreviva a quien gobierne. En paralelo, tejer con la Unión Europea una alianza política y no sólo comercial, y buscar en Asia aliados que no sean China: Filipinas, por lo que la historia nos une, Japón, Corea del Sur, y una India que puede entrar por los medicamentos y la tecnología.

El mapa nuevo es hemisférico. Estados Unidos ya reclamó a América como suya, y buena parte de América Latina ha aceptado, de buena gana, formar parte de esa América estadounidense. México y Brasil tienen que construir un contrapeso —imperfecto, intermitente, pero contrapeso al fin— a esa vieja doctrina Monroe con ropa nueva. No por nostalgia de grandeza, sino por algo más elemental: darle viabilidad a la región y sobre todo poder de negociación con los que se reclaman amos del hemisferio y no tienen el bienestar de México ni de América Latina entre sus prioridades.

Analista

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