Cuando Mark Carney habló en Davos de las potencias medias, estaba externando su deseo de construir un nuevo orden mundial más equilibrado. Esto es un buen deseo, pero actualmente está lejos de una realidad. El nuevo orden se está configurando como la pugna de unas pocas potencias por dominar de forma agresiva y absoluta sus hemisferios. El globalismo se convierte en un “hemisferismo”: Estados Unidos en América, Rusia en Europa, China en Asia.
Resistiendo a esta dominación absoluta hay una serie de países (las altas potencias medias) que intentan resistir el embate o convertirse ellas mismas en la potencia dominante hemisférica. Canadá en el caso americano, India en el caso Asiatico y Alemania y Francia en el Europeo. Pero hay también una red de corredores estratégicos, zonas bisagras y países-nodo que sostienen —o desestabilizan— el sistema internacional. Y a estas últimas dos categorías es a las que Carney hace un llamado a la rebeldía.
Las potencias medias son, en términos geopolíticos, territorios de intersección. No dominan el orden global, pero ocupan posiciones clave en él, por el tamaño de sus economías, sus historias o la fuerza de su poder blando. Turquía controla el acceso entre Europa, Rusia y Medio Oriente; su territorio es paso energético, militar y comercial y por ello es una potencia de medio oriente con interlocución con Europa.
Indonesia por el tamaño de su población y economía, la 17ava del mundo, se ubica en el corazón marítimo del Indo-Pacífico, custodiando rutas por donde circula buena parte del comercio global. Corea del Sur es frontera tecnológica y militar entre China, Japón y Estados Unidos y una potencia del poder blando a través de su música, su tecnología y su gastronomía. Polonia se ha convertido en el nuevo pivote estratégico de Europa Oriental frente a Rusia. Brasil busca dominar la región sudamericana aunque le es cada vez más difícil bajo el poder que Washington emplea en el hemisferio. Sudáfrica por su pertenencia al Brics articula el África subsahariana y funciona como puerta diplomática del continente.
México pertenece a esa misma categoría. Está incrustado en la economía de América del Norte, pero cultural, política y demográficamente conectado con América Latina. Es corredor industrial, frontera migratoria, plataforma logística, potencia cultural y actor energético. En un mapa del siglo XXI, México no es periferia: es bisagra continental. Es la 13ava economía del mundo, prácticamente igualado en tamaño con España y el país con más consulados en Estados Unidos, 53.
Lo que Carney sugiere es que las potencias medias no pueden permitir que el orden global se sostenga solo sobre grandes potencias enfrentadas. Estados Unidos y China organizan bloques, pero no pueden gobernar solos la complejidad de los flujos reales: cadenas de suministro, crisis climática, migración, regulación tecnológica, gobernanza financiera. Esa función estabilizadora recae necesariamente en las potencias medias, capaces de construir alianzas flexibles y transversales.
El problema es que esas alianzas rara vez cuajan. Las potencias medias compiten entre sí por inversión extranjera, por liderazgo regional, por legitimidad internacional. Japón y Corea están enfrentados históricamente; Brasil es echado para adelante pero no puede ignorar la sombra que le hace México aunque México se echa para atrás; Turquía juega a múltiples bandas sin consolidar alianzas estables; India —quizá pronto una potencia absoluta— privilegia su autonomía estratégica sobre cualquier bloque. El resultado es un archipiélago de actores relevantes, pero mal coordinados.
México refleja ese dilema con particular claridad. Tiene todos los atributos para convertirse en un articulador entre bloques —Norteamérica, América Latina, Europa, mundo emergente—, pero su política exterior ha sido errática, reactiva y a menudo más simbólica que estratégica. Mientras países como Corea del Sur o Polonia han entendido que su posición geográfica exige una doctrina clara, México sigue operando por inercia, tímido y rechazando tácitamente su propio liderazgo..
El mundo que desea Carney no es un mundo de imperios, sino de nodos. Y en ese mapa, las potencias medias no son secundarias: son la infraestructura invisible del sistema, pero para que ello funcione las potencias medias deben unirse y juntas hacer frente a Estados Unidos. Esto es altamente improbable. La gran incógnita es si asumirán ese papel como arquitectas del nuevo orden… o si seguirán ocupando posiciones estratégicas sin ejercer poder estratégico.

