Hay ocasiones en que quisiera ser avestruz, con la cabeza bajo tierra sin enterarme de nada de nada por temor a mi salud física y mental. La que se ha desatado con lo del Mencho; más porquería e involucrados con los archivos de Epstein; mis esperanzas con Pedro Pascal volando con el viento (aunque bien por él); las famosas Fallas valencianas, patrimonio de la humanidad, empezando un mes antes con sus petardos, turistas y borrachos. Entonces, que aparece una vieja amistad invitándome a pasar unos días en Hong Kong, mi hogar por diez años. Lo pensé un par de minutos y procedí a comprar mi boleto. I need a break. Cada quien en su burbuja, cada país en lo suyo, aunque más veces que no se desborde con los vecinos.
Hong Kong es para muchos el lejano oriente, tan lejano que lo confunden con Tailandia y sus templos o Japón y cosas raras que comer. Ni uno ni otro, aunque hay algo de ambos. Hace casi doce años, en 2014, la isla y sus territorios fueron noticia mundial cuando de manera 100% pacífica sus ciudadanos intentaron hacer valer sus derechos democráticos y votar por representantes menos alineados con el partido comunista chino -la famosa “Umbrella Revolution”- en donde varios cabecillas fueron encarcelados o castigados de alguna manera, notablemente Joshua Wong, un estudiante. Cuando la pandemia, en 2020, Hong Kong fue de los primeros lugares en adoptar medidas drásticas para evitar el contagio y, con ese pretexto, Xi Jinping, el líder de China decidió por sus pistolas olvidarse del tratado de devolución de 1997 y aplicar un nuevo tratado en donde la semi-independencia política de la que gozaba la isla simplemente se borró al entrar en vigor la Ley de Seguridad Nacional y su tajante corte al pensamiento independiente y libertad de expresión. La isla y sus territorios se convirtieron en un gran signo de interrogación con respecto al futuro. Mucha gente local y extranjera se mudó a países como Singapur y Reino Unido. Fue entonces cuando me despedí de este lado del mundo por razones meramente personales.
El viaje ha sido refrescante en muchos sentidos a pesar del mal clima todavía fresco y algo lluvioso del invierno. A primera vista pareciese que no ha cambiado y supongo que para el ciudadano común y corriente todo ha vuelto a la normalidad. Las calles llenas de gente que va con prisa, el lento pero seguro tranvía, los puestos callejeros, mercados con animales vivos y elegantes centros comerciales han vuelto a cobrar vida. El Star Ferry, un barquito que cruza la bahía desde la isla hasta Kowloon sigue navegando en toda su histórica gloria. Anoche fui a cenar a un sitio que ha sobrevivido a todo y, me dio gusto ver cómo poco a poco se iba llenando de comensales regulares quienes entregaban sobres “Lai” rojos con grandes letras doradas con buenos deseos y algo de dinero a los meseros y entre ellos. Una costumbre de año nuevo que sobrevive al igual que sus larguísimas comidas en donde se sirven cinco o más platillos que, además, se terminan. Me contaban también que ahora es fácil cruzar la frontera de ida y vuelta a Shenzhen, la ciudad más cercana a Hong Kong que se distingue por sus copias de diseñadores famosos a precios de ganga. Lo mismo puede hacerse a través de un largo puente en donde la Isla de Macau queda entre Hong Kong y la madre patria.
No sé qué pasará en el futuro pero espero poder regresar a hacer mis comparaciones con el occidente y aguantarme las ganas de llorar.

