Cada cabeza es un mundo y como tal está llena de ideas, experiencias, recuerdos, planes; no estoy segura de que los sentimientos se originen allí pero seguro por allí pasan; pero no es algo que tenga en mi mente a mis horas conscientes, al menos no tanto. Me ocupo de lo inmediato, lo cercano, cuando ya “pronto” hay que estar lista para eso que he estado esperando y, después me pregunto: ¿Cuántas veces paso los días por instrumentos, siguiendo una agenda invisible? Me gustan los buenos hábitos y las rutinas sanas, trato de apegarme a ellas porque me ayudan a funcionar mejor. Pero de vez en cuando la agenda invisible es tan difícil como la real, la de las citas y compromisos. Porque en mi agenda invisible sólo está lo que no es necesario apuntar, lo que me sé de memoria. Despertarme, tomar café para echar a andar el cerebro, bañarme, en ese orden. Pero no vaya a faltar el café que mi día entero pierde el estilo, su paso firme y prometedor se convierte en tambaleos y yo me pongo a dar de vueltas sin saber por dónde empezar. Es una ridiculez, lo sé, pero viajo con mi propio café en polvo.
Echando a un lado mis idiosincrasias y, como venía en el avión rodeada de gente dormida, viendo películas, en la computadora, me puse a pensar en Carl Jung, fundador de la psicología analítica, y su tan incomprendido concepto del inconsciente colectivo. Wikipedia lo describe como “un segmento de la mente inconsciente más profunda, hereditaria y universal, común a todos los seres humanos, que contiene recuerdos ancestrales y arquetipos compartidos… que influyen en el comportamiento humano, el pensamiento y el mito a través de la cultura”. Había razas y nacionalidades distintas y nos entendíamos en inglés, quedito para no molestar. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, el elefante en el avión. El arquetipo compartido con un señor que en junio cumplirá 80 años, lleno de complejos, corrupto, misógino, criminal, al control de un mundo fuera de quicio en donde él se considera superhéroe; Ironman y Capitan América no le llegan ni a sus hinchados talones. Un hombre físicamente enfermo con serios problemas de juicio.
Pena ajena que hombres como Bill Gates -cada vez más deplorable y ridículo en sus declaraciones-, Stephen Hawking, Woody Allen, ¡Noam Chomsky! Deepak Chopra, aquello se ha vuelto como caja de Pandora. Andrew Mountbatten-Windsor, por supuesto, otrora Príncipe y octavo en el trono en el Reino Unido, quien, aunque nunca se comportó como de sangre azul (había que hacerle caravanas y festines en todo momento y dicen que su cerebro no daba para mucho), fue el favorito de la reina Isabel II, quien afortunadamente ya no está para presenciar la humillante caída. Los héroes de nuestros tiempos son a veces demasiado humanos para el papel que les corresponde. O más bien su grado de humanidad recae dentro del lado obscuro, las sombras, donde van a parar los arquetipos reprimidos que no han logrado integrarse y “alcanzar la individuación y el equilibrio psicológico”. Una teoría debatible, ya lo sé, pero con todo y a pesar de ello existe la fuerte posibilidad de que más y más personas influyentes en el mundo occidental (aunque no exclusivamente), tengan algo que ver con este señor Trump y sus compas de los archivos de Jeffrey Epstein. ¿De qué calibre será el escándalo que mejor se van a la guerra sin ton ni son? ¿Destrucción y muerte reales como si fueran videojuegos? ¿Cuál es el plan?

