Por Rolando Fuentes
Profesor del Departamento de Finanzas y Economía de Negocios de EGADE Business School del Tecnológico de Monterrey
La próxima Copa del Mundo de Futbol no se jugará únicamente en las canchas. El torneo, valorado en una facturación de hasta 13 mil millones de dólares, trasciende el ámbito deportivo e impacta en variables económicas como precios, paquetes, licencias y curvas de demanda. Mientras para los aficionados será el evento de futbol más esperado, para la FIFA y sus socios será un experimento de microeconomía aplicada a escala continental.
El Universal Responde
IA personalizada, respaldada por 109 años de historia editorial.
En la mayoría de los mercados, el precio de un bien o servicio guarda relación con la producción y el costo. Sin embargo, en un evento como el Mundial, la capacidad de satisfacer la demanda está copada de antemano, ya que no se pueden producir más finales ni agrandar de golpe los estadios. Cuando la oferta es rígida, el precio deja de ser fijado en relación al costo y se establece según lo que los consumidores están dispuestos a pagar. Ese es el punto clave de la microeconomía del Mundial.
Desgranemos esta lógica económica. Por un lado, la FIFA vende el acceso a un bien escaso, emocional y difícil de sustituir; por el otro, el aficionado no compara el boleto contra otra tarde de entretenimiento, sino contra la posibilidad de perderse una historia irrepetible. En este mercado particular, más que pagar por un asiento, paga por no quedarse fuera. Así, podemos entender el Mundial como un caso excepcional de poder de mercado. Aunque existe la Champions, la Copa América, la Eurocopa y los torneos de clubes, la Copa del Mundo sólo ocurre cada cuatro años. Esta escasez es deliberada, es parte del diseño del producto.
Sin embargo, parece que la FIFA ha llevado esa lógica demasiado lejos, habilitando un proceso de compra más propio de Disneylandia que de un deporte. Para conseguir una entrada hay que registrarse, esperar fases de venta, participar en sorteos, comprar paquetes y usar canales oficiales. Así se asegura de que todo queda dentro de la marca. La experiencia es cerrada, secuenciada y monetizada: se paga por entrar pero también por acercarse, esperar menos, dormir cerca y llevarse un recuerdo oficial.
Disney puede hacer todo esto porque controla el universo narrativo completo. La FIFA , sin embargo, principalmente vende partidos, y ahí está el riesgo. No todos los partidos producen la misma emoción ni atraen al mismo número de espectadores. La decisión de aceptar a 48 selecciones ha aumentado el inventario con más partidos y, por tanto, más boletos que vender. Pero tener un mayor inventario no necesariamente significa generar más valor; de hecho, puede llegar a diluir la escasez simbólica del evento. No es lo mismo vender España contra Uruguay que Arabia Saudita contra Cabo Verde, aunque ambos son partidos de la primera ronda.
El hecho de estar en el Mundial no garantiza que un partido sea una experiencia premium. Cuando el precio se fija como si todos los partidos fueran imperdibles, el mercado responde de forma discreta: espera, compara, revende o se queda en casa. La pasión mundialista puede reducir la elasticidad, pero no la elimina. Dicho de otro modo: aunque una marca fuerte se puede permitir subir los precios, eso no le da derecho a acaparar el presupuesto completo del consumidor. Un aficionado puede amar el futbol y, aun así, decidir que la suma de boleto, hotel y transporte cruzó una línea.
El caso del transporte al MetLife Stadium, sede de la final, ilustra bien este límite. El boleto redondo de tren se anunció inicialmente en 150 dólares y después bajó a 98 tras recibir las críticas del público. El shuttle desde Nueva York también se redujo de 80 a 20 dólares. La lección no es que el precio inicial fuera “caro”, sino que la demanda conserva cierta disciplina.
Los hoteles ofrecen otra señal inequívoca. En Nueva York se han reportado reservas mundialistas por debajo de lo esperado, aún quedan habitaciones disponibles para las noches de partido. Tal vez los aficionados están esperando conocer mejor el calendario o que hagan descuentos. O quizá estén haciendo algo muy racional: preservar la opción de no comprar hasta que el precio y la experiencia tengan sentido para ellos.
Sin duda, el Mundial 2026 será una gran clase de microeconomía, con conceptos como poder de mercado, discriminación de precios, tarifas en dos partes, elasticidad y captura de excedente al alcance de los alumnos más aventajados. Sabemos que la FIFA sabe convertir la pasión en pesos y centavos, pero en 2026 sabremos si también puede reconocer el punto en que cobrar más empieza a valer menos.
Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

