El día 18 de este mes se conmemoró el 154º aniversario del fallecimiento de Benito Juárez. Fue justo y debido que en la conferencia mañanera del siguiente día hábil se dedicara un espacio a recordarlo. No obstante, el gobierno de decidida vocación juarista, podría realizar en la fecha exacta una ceremonia de mayor importancia en el Panteón de San Fernando, que alberga la tumba del Benemérito de las Américas.
Además de ese día histórico relacionado con Juárez, debería festejarse en julio un momento de la historia nacional que ha quedado desafortunadamente relegado: la Restauración de la República ocurrida el 15 de julio de 1867. Es este un hito de importancia similar a la consumación de la Independencia o a la emisión de las Constituciones de 1857 y 1917, porque significó la reafirmación de la soberanía nacional, puesta en grave riesgo con motivo de la instauración del imperio de Maximiliano.
La Restauración de la República fue la plena asunción de la independencia nacional frente a amenazas externas y la confirmación de los rasgos esenciales del Estado mexicano: su carácter republicano y federal. El proceso que condujo hasta ese momento histórico inició con la Revolución de Ayutla a cuyo triunfo Juan N. Álvarez asumió la presidencia e integró un gabinete reformista del que Juárez formó parte y empezó a dejar huella en la vida nacional. La Ley Juárez de 1855, que suprimió el fuero eclesiástico, fue el primero de esos impactos reformistas. Luego la firmeza de su carácter permitió rescatar la vigencia de la Constitución de 1857, que había sido traicionada por Comonfort.
La primera fase de la Reforma tuvo a Juárez como adalid de la lucha que culminó con la victoria de los liberales sobre los conservadores en Calpulalpan, en diciembre de 1860. Pero las arcas nacionales quedaron tan debilitadas que el gobierno juarista se vio en la necesidad de suspender el pago de la deuda externa. Ese fue el pretexto para la intervención francesa y nuevamente Juárez hubo de enfrentar un reto aún mayor: la ocupación de nuestro país por el ejército francés. A ella se sumó el aprovechamiento que de esa circunstancia hicieron los conservadores —siempre con la mirada puesta en el exterior y dispuestos a traicionar a su propio pueblo— para buscar a Maximiliano y entregarle una corona ilegítima e inmoral. Ante ese gigantesco desafío, Juárez tuvo la serenidad y la habilidad para conseguir una nueva y decisiva victoria. El fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas fue la ratificación de la voluntad de los mexicanos de ser libres y soberanos. La entrada de Juárez a la capital el 15 de julio de 1867, vencido al imperio y restaurada la República, es un momento que debería conmemorarse anualmente con grandes fastos para honrar no solo a la persona de Juárez el día de su nacimiento y de su muerte sino, sobre todo, celebrar su obra imperecedera en la historia del país. Vale recordarla en estos tiempos complicados.
Investigador de El Colegio de Veracruz y Magistrado en Retiro. @DEduardoAndrade ORCID 0009-0002-4714-7408
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