El cambio climático es un fenómeno perverso, donde quienes sufren las consecuencias más fuertes no son quienes lo provocaron. En la semana que recién termina una noticia se hizo viral internacionalmente: el descongelamiento de hielo y nieve en la región del Tibet que provocó una fuerte corriente de agua que cobró vidas humanas y materiales. Esto es solo un aviso. Los efectos del cambio climático son globales, de hecho, en Europa también están pagando las consecuencias a través de los muertos por golpes de calor. Lamentablemente esto es solo la brisa que anticipa la tormenta. ¿Hasta cuando haremos algo como humanidad?

El problema de la contaminación global es viejo. Hace poco más de sesenta años, en 1962, se publicó la primavera silenciosa, donde la autora, Rachel Carson, alertaba sobre los riesgos del uso de pesticidas e insecticidas, particularmente en campos de cultivo. La ecuación es muy simple: el veneno que mata a los insectos pasa a lo humanos a través de los productos rociados. No sólo eso: los productos acaban no sólo con algunos insectos, sino con todos, entre ellos los polinizadores que cumplen una función vital en cualquier ecosistema.

De ahí en adelante se han publicado diversos estudios que han alertado sobre riesgos globales. Otro texto, tal vez de mayor alcance que el anterior y que definitivamente tuvo mayor difusión fue el resultado del estudio de un grupo de científicos que abordaron temas demográficos, ambientales y sociales, el libro Los límites del crecimiento, publicado en 1972 por llamado Club de Roma, hacía un llamado a gobiernos, empresas y sociedad en general para conservar al medio ambiente. Parte de lo pronosticaron empieza a ocurrir.

Desde hace por lo menos cuarenta años el mundo se hizo “neoliberal”. En prácticamente todo el mundo la escuela económica neoclásica se impuso, en algunos casos a sangre y fuego como en Chile, y en otras por presiones de organismos internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, que condicionaron apoyos y ayudas a los países a cambio de realizar políticas económicas que “liberalizaran” diversos mercados y limitaran la participación del sector público además de desregular. El dogma de fe es que el mercado resuelve todo y asigna los recursos escasos de la economía del modo más eficiente posible, incluyendo los recursos naturales.

Bajo este dogma, la racionalidad de los consumidores y productores ayudaría a la conservación de los recursos naturales por una razón muy simple: el egoísmo natural, pues nadie querría agotar toda el agua de un golpe, a extinguir especies que ayudan a los ecosistemas. El homo economicus neoclásico, al ser totalmente racional, no cometería este tipo de barbaridades. Lástima que eso solo ocurra en los libros de texto. Trágico que basado en ese enfoque teórico se hayan tomado medidas económicas tanto macro como micro que nos han traído hasta donde estamos. En resumen, la economía neoclásica es un dios que falló.

El neoliberalismo ha puesto en los marcos normativos del mundo la prevalencia de la ganancia económica sobre la salud y el medio ambiente. No importa que gran parte de los alimentos y bebidas ultraprocesados nos engorden y envenenen si con ello se generan ganancias económicas. Tampoco importa que se contamine con residuos, como el plástico, si esto implica ganancias monetarias. No importa contaminar ríos, mares y aire si esto genera ganancias. En nuestra propia constitución está establecido que la economía mexicana está regida por la libre competencia y concurrencia. Los resultados de estas políticas nos han traído hasta aquí.

Lo que es un hecho demostrado de modo contundente es que el libre mercado no sólo no ha sido la solución al problema ambiental, sino que lo ha hecho más grave. Es necesario que Gobiernos y órganos legislativos le den al tema la seriedad que merece y se tomen medidas que reduzcan la emisión de contaminantes y que la degradación de la naturaleza sea considerada como delito grave. Es una medida totalmente intervencionista, pero necesaria. Dudo que esto ocurra pronto. Tal vez ocurra cuando los efectos del cambio climático lleguen a los países ricos y los climas extremos y sus efectos empiecen a lastimar, y posiblemente acabar, con los más vulnerables. Cuando los que caigan muertos por golpes de calor se cuenten por cientos de miles, tal vez se tomen medidas que realmente corrijan el rumbo. El riesgo es que sea demasiado tarde.

Docente de la maestría en Economía, FES-Aragón-UNAM.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Cargando comentarios...