En 2025, México enfrenta una situación inédita en su economía reciente: las remesas, ese pilar silencioso pero fundamental que durante más de una década ha sostenido a millones de hogares y comunidades, atraviesan su peor semestre desde 2013.
El flujo constante de dólares que llegaba desde Estados Unidos y otros países había funcionado como un colchón frente a crisis internas, ayudando a dinamizar el consumo y a mantener a flote pequeñas economías locales. Hoy, ese respaldo se ve debilitado y enciende señales de alerta que no pueden ser ignoradas.
Más que una caída de cifras, estamos frente a un fenómeno que desnuda la vulnerabilidad estructural de muchas familias mexicanas. Lo que ocurre exige más que explicaciones técnicas: es un momento crítico que demanda reflexión, sensibilidad y acción inmediata.
Durante el primer semestre del año, México recibió 29,576 millones de dólares en remesas, una cifra que en apariencia sigue siendo elevada, pero que representa una caída de 5.6% en comparación con el mismo período de 2024. El retroceso no es menor si se observa la tendencia: por primera vez en más de una década, la curva descendente se mantiene de manera sostenida.
Solo en junio, los envíos alcanzaron 5,201 millones de dólares, lo que significó una disminución histórica de 16.2% respecto al año anterior, encendiendo las alarmas tanto en el sector financiero como en las comunidades que dependen de estos ingresos. Lo más preocupante es que este ajuste no parece un episodio aislado, sino parte de una desaceleración estructural que amenaza con prolongarse en los próximos meses.
Esta caída ya se ubica como la más pronunciada desde septiembre de 2012, lo que marca un hito negativo que obliga a repensar el papel de las remesas en la estabilidad económica nacional.
También se observó una reducción de 14.3% en el número de operaciones de envío, que fueron poco más de 12.7 millones. El monto promedio por envío bajó a 409 dólares, 2.4% menos que en junio de 2024.
La forma de recepción de las remesas refleja una fuerte preferencia por las transferencias electrónicas: 99.1% de los recursos llegó así en el primer semestre. Del total, 51.1% fue cobrado en efectivo, mientras que el restante fue depositado en cuentas bancarias o no bancarias. Esta distribución revela cambios en los hábitos y vías de acceso al dinero enviado desde el extranjero.
Expertos coinciden en que la baja no se debe a un solo factor. La reducción de nuevas incorporaciones de migrantes al mercado laboral estadounidense es uno, pero también pesa el clima de temor entre quienes trabajan en Estados Unidos, influido por medidas migratorias más estrictas y el rumor —aunque moderado— de un impuesto sobre las remesas. Este entorno inhibe el envío de dinero y contribuye a la caída sostenida.
La magnitud de este descenso va más allá de estadísticas: toca directamente el bolsillo de millones de familias.
En estados como Chiapas, Guerrero, Michoacán, Zacatecas y Oaxaca, las remesas representan entre 10% y 15% del PIB estatal. En el ámbito nacional, significan aproximadamente 3.5% del PIB. La reducción de estos recursos afecta tanto al consumo como al tejido productivo local, poniendo en riesgo el bienestar en zonas rurales y pequeñas ciudades.
Proyecciones recientes estiman que, al cierre de 2025, México podría recibir 61 mil millones de dólares en remesas, lo que implicaría una contracción de 5.8% respecto a 2024. Si bien no parece tan grave como la caída mensual de junio, confirma que la tendencia es sostenida.
Esta situación plantea preguntas fundamentales:
¿Cómo ayudar a las familias ante una disminución prolongada de ingresos?
¿Qué oportunidades existen para diversificar las fuentes de ingreso a nivel local?
¿Cómo fortalecer los servicios financieros y crear mecanismos de ahorro o inversión para los receptores de remesas?
Este momento necesita más que cifras: requiere estrategia, solidaridad y una mirada hacia el futuro. La caída de remesas es una llamada de atención sobre la fragilidad de las economías familiares, pero también puede ser el punto de partida para pensar en un México más resiliente, equitativo y autosuficiente.
De acuerdo con el Banco de México, más de 70% de los hogares que reciben remesas no tienen acceso formal a servicios de ahorro o inversión, lo que significa que gran parte de esos recursos se destinan al consumo inmediato y rara vez generan un capital productivo de largo plazo. En este contexto, la caída de los envíos no solo implica menos dinero en circulación, sino también la evidencia de una oportunidad perdida para fortalecer la inclusión financiera en el país.
Si México logra transformar al menos una parte de esas transferencias en ahorro, crédito productivo o inversión comunitaria, podría convertir un desafío coyuntural en un motor de desarrollo sostenible.
*Académico de la Universidad del Valle de México Campus Zapopan