En su definición más general, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) entiende la movilidad social como el hecho de que una persona alcance un nivel de ingreso o un grado educativo mayor o menor que el de sus padres. Esta definición, aparentemente sencilla, encierra una cuestión profunda: ¿qué tanto depende nuestro destino de nuestras decisiones individuales y qué tanto de las estructuras sociales en las que nacemos?
En México, la movilidad social está estrechamente vinculada con la idea de meritocracia. Se nos ha enseñado que “echarle ganas” es suficiente para salir adelante. A partir de la liberalización comercial y hasta la actualidad, se intentó construir lo que parecería ser una escalera de movilidad social mediante mecanismos de mayor competencia, profesionalización y evaluación de procesos. Sin embargo, este esquema dejó de lado un hecho fundamental: no todas las personas partimos del mismo punto. Quienes acceden a educación de mayor calidad o cuentan con más recursos económicos tienen mayores probabilidades de ascender en el escalafón social.
Al respecto, el Informe de Movilidad Social en México 2025: La persistencia de la desigualdad de oportunidades del CEEY pone sobre la mesa resultados contundentes. En México, el contexto de origen influye de manera determinante en el acceso a oportunidades. La mitad de las personas que nacen en el estrato más bajo de ingresos (20%) —o, como lo denomina el informe, en la parte baja de la escalera de recursos económicos— permanece ahí a lo largo de su vida. Asimismo, solo 2 de cada 100 personas con ese origen logran ascender al estrato más alto de la escalera.
Sin embargo, a mi parecer, detrás de estos datos existe un mecanismo complejo que no se limita únicamente a factores educativos o de ingreso. En términos de Pierre Bourdieu, la movilidad depende de la distribución y acumulación de distintos tipos de capital: económico, social, cultural y simbólico. Las oportunidades no solo están determinadas por cuánto se gana o qué grado académico se obtiene, sino también por el tipo de capital con el que se crece. No es lo mismo desarrollarse en un entorno donde se fomentan habilidades artísticas, redes profesionales y códigos culturales específicos, que hacerlo en un contexto donde esos recursos no están disponibles. Es ahí donde la frase “si quieres, puedes” pierde parte de su fuerza explicativa.
Es en este contexto donde el sociólogo Patrick Inglis articula los conceptos centrales de su obra “Lazos fuertes, lazos débiles: experiencias de movilidad social en un país desigual”. Inglis muestra que son los lazos débiles —esas conexiones más distantes que nos vinculan con otros campos sociales— los que permiten acceder a nueva información, oportunidades laborales y capital social y, por ende, facilitan la movilidad. A través de una etnografía de trayectorias en distintos contextos del país, explica cómo, en sociedades desiguales como la mexicana, los lazos fuertes —especialmente los familiares— tienen un peso central en la vida de las personas, pero resultan insuficientes para impulsar movilidad ascendente.
Cuando los lazos débiles son escasos entre los grupos sociales, la circulación de oportunidades se limita y la reproducción intergeneracional de la desigualdad se refuerza.
Las implicaciones de esta baja movilidad no se limitan a factores económicos. Cuando el sistema deja de ofrecer rutas reales de ascenso, se erosiona la legitimidad del orden social.
En México, la falta de oportunidades educativas pertinentes, empleos bien remunerados y redes de apoyo puede facilitar la captura de personas, principalmente jóvenes, por parte de organizaciones criminales, que ofrecen una vía de movilidad económica, social, cultural y simbólica, aparentemente más rápida, aunque profundamente riesgosa y precaria.
En ese sentido, ambos estudios permiten visibilizar las dos caras de una misma moneda. Por un lado, el Centro de Estudios Espinosa Yglesias profundiza en los datos estadísticos y en los patrones estructurales de la movilidad social en México; por otro, Patrick Inglis ofrece un acercamiento cualitativo que pone rostro, historia y emoción a esas trayectorias. Mientras el primero muestra la magnitud del problema, el segundo permite comprender cómo se vive la movilidad, ascendente o descendente, en la experiencia cotidiana de las personas. Esta complementariedad es fundamental: los números explican tendencias, pero las historias revelan mecanismos.
En conclusión, la movilidad social debe ocupar un lugar central en la agenda pública, no solo por sus implicaciones económicas, sino también por sus profundas consecuencias sociales y políticas. Los estudios en la materia, tanto cuantitativos como cualitativos, permiten aproximarse a las múltiples caras del fenómeno: a sus patrones estructurales, sus mecanismos invisibles y sus efectos en las trayectorias de vida.
Es precisamente en este cruce donde sociología y economía dialogan y se complementan. Y es ahí también donde la política pública debería concentrarse: no solo en igualar ingresos, sino en ampliar oportunidades reales, fortalecer redes, diversificar el acceso al capital cultural y garantizar que el origen no determine el destino.

