Estamos a unos cuantos días de conocer la redacción de la tan esperada reforma electoral. Desde el inicio, la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara en su intención de impulsar una reforma verdaderamente democratizadora del sistema político mexicano. En el fondo, la propuesta busca reequilibrar la relación entre ciudadanía, partidos e instituciones y devolverle poder a la gente sin concentrarlo de forma peligrosa. El desafío es dar más voz al pueblo sin caer en la temida “tiranía de las mayorías” y, al mismo tiempo, asegurar que las fuerzas políticas minoritarias conserven un lugar en la toma de decisiones. Ampliar la democracia sin vaciarla de pluralismo es el reto central. Para enfrentarlo, la reforma que será presentada en las próximas semanas recupera la esencia de un principio de representación ya existente en nuestro sistema electoral: la segunda minoría.
Una parte central de la reforma es el mecanismo mediante el cual este principio se vuelve operativo. La lista B se perfila, por el momento, como una herramienta clave para fortalecer la pluralidad y asegurar que la representación refleje de mejor manera el respaldo ciudadano efectivo, no sólo el resultado final de una contienda, sino el peso real de cada voto emitido. En el Senado se eligen dos senadurías de mayoría por entidad federativa —una mujer y un hombre—, pero el sistema incorpora un tercer escaño que cumple la función esencial del primer lugar no ganador. Es decir, la candidatura que obtiene la mayor votación entre quienes no ganaron la elección de mayoría accede también al Senado y representa a otra fuerza política. Este diseño parte de la sencilla idea de que la competencia democrática no se agota en el triunfo absoluto. Una democracia más equilibrada también se construye al reconocer el lugar del mejor perdedor, bajo el entendido de que las mayorías no son permanentes y de que el poder político es, por definición, contingente.
Esta propuesta recupera experiencias concretas en las que la Lista B ya funciona como un criterio existente y vigente dentro de instituciones legislativas en México. Todo indica, además, que este esquema podría replicarse a nivel federal a partir de una experiencia ya conocida en el Congreso de la Ciudad de México. Ahí, la llamada lista B se integra con candidaturas que no ganaron su distrito, pero que obtuvieron los mejores resultados dentro de su partido, bajo criterios de paridad y alternancia de género. La autoridad electoral local define su integración después de la jornada electoral, lo que permite que la representación incorpore el desempeño real en las urnas y no sólo decisiones previas. A ello se suma el propio diseño del Senado de la República, donde el escaño de primera minoría cumple una función equivalente al garantizar pluralidad política a partir del respaldo ciudadano efectivo. La posible extensión de este modelo al ámbito federal apunta hacia una representación más conectada con el voto ciudadano. Porque, en una democracia, todos y cada uno de los votos deben contar.
Otro de los objetivos centrales de la reforma es recomponer el vínculo entre representación y presencia efectiva ante la ciudadanía. Este mecanismo pretende garantizar que todas las candidaturas cuenten, en palabras de la presidenta, con “territorio de alguna manera” presente. Recuperar el contacto directo con las y los votantes como criterio de representación resulta esencial para construir un Congreso más cercano a los intereses ciudadanos y para fortalecer la confianza pública al demostrar que el voto sí cuenta. La apuesta consiste en que la representación surja de una competencia real, verificable y emanada de la experiencia social real. No se trata sólo de ganar, sino de haberse ganado el respaldo de ciudadanos reales, en contextos concretos y con demandas específicas.
Las implicaciones de este cambio son institucionales y de fondo. El propósito es que el Congreso refleje la realidad social mexicana de la manera más fiel posible, no sólo en términos numéricos, sino políticos y sociales. A pesar de los avances encaminados a garantizar la representación de la diversidad —como la paridad de género y los espacios para legisladores indígenas, afrodescendientes y afromexicanos, migrantes y personas con discapacidad—, la brecha entre intereses ciudadanos y representación política persiste. Reducir esa distancia sigue siendo una tarea pendiente. No se trata únicamente de cuántos escaños se asignan, sino de cómo se construyen esas representaciones y a quién rinden cuentas.
La lista B fortalece al sistema político en dos sentidos: aporta estabilidad y mejora su funcionamiento. Cuando la elección de las y los legisladores refleja de manera más directa el voto ciudadano, el sistema político gana legitimidad y se apoya en cimientos más sólidos, anclados en la confianza ciudadana en la representación. Al mismo tiempo, el contacto directo con las y los votantes introduce sensibilidad política y conocimiento práctico sobre las necesidades reales del país, lo que se traduce en decisiones públicas mejor informadas. A ello se suma una dimensión ética ineludible. El Congreso debe ser un espacio donde se exprese la pluralidad política real y donde la representación se funde en el mandato ciudadano. Una representación construida sobre esta lógica no sólo refuerza la legitimidad institucional, sino que eleva la calidad de la deliberación y de la acción legislativa.
Al mismo tiempo, la reforma busca cuidar los equilibrios institucionales ya existentes. La presidenta reconoce la importancia de contar con un árbitro electoral neutral, percibido como legítimo y confiable para la ciudadanía. Desde el escaño: la reforma electoral se perfila como una de las discusiones más relevantes de la década. No se trata de debilitar a las instituciones electorales, sino de reforzar su legitimidad democrática. Nos espera un debate intenso que pondrá a prueba la visión de Estado y de futuro de las fuerzas políticas representadas en el Congreso. La ciudadanía exige madurez política y verdadera vocación democrática. Estoy convencida de que estaremos a la altura de esa exigencia.
Senadora por la Ciudad de México
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