El Reporte de Seguridad de Múnich 2026, (https://securityconference.org/en/publications/munich-security-report/2026/) que sirve de base para este análisis, parte de un hecho incómodo: el cambio en el papel de Estados Unidos está erosionando el orden que ayudó a construir después de la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias apenas comienzan a desplegarse.
El mundo ya no se está reformando. Se está demoliendo.
Durante décadas convivimos con un sistema imperfecto pero reconocible: reglas más o menos claras, alianzas relativamente estables, límites formales al uso del poder. No era un orden justo para todos, pero sí predecible. Hoy estamos frente a algo distinto. No ajustes graduales, sino ruptura abierta. No reforma institucional, sino demolición política con la promesa difusa de que algo mejor surgirá después.
Estados Unidos —arquitecto y garante del orden de posguerra— aparece ahora como su principal fuerza erosiva. Las reglas se vuelven opcionales, las alianzas condicionales y el derecho internacional negociable. Lo que importa es el acuerdo inmediato, el beneficio tangible y la relación personal entre líderes. La política exterior deja de apoyarse en principios compartidos y se vuelve abiertamente transaccional.
Europa apostó a que la tormenta pasaría y que el vínculo transatlántico recuperaría su equilibrio. Hoy planea bajo otro supuesto: ¿qué hacer si Washington ya no es un garante estable, sino un actor volátil? El aumento acelerado del gasto militar no es convicción estratégica; es cálculo defensivo. Es la admisión silenciosa de que la dependencia se convirtió en un riesgo.
En la región Indo-Pacífico la escena es aún más frágil. Países atrapados entre una China cada vez más dominante y un Estados Unidos impredecible. Sin una arquitectura de seguridad robusta, sin mecanismos de protección colectiva comparables a la OTAN. Solo rearme, diversificación de alianzas y doble juego para sobrevivir en un entorno donde la confianza disminuye.
La economía global tampoco escapa. El comercio dejó de ser un espacio regulado y pasó a ser un instrumento de presión. Aranceles como castigo, sanciones como herramienta de coerción, dependencia tecnológica como arma. El sistema sigue funcionando, pero ya no bajo una lógica de reglas compartidas, sino de fuerza negociadora.
Pero la fractura más profunda está en lo invisible: la cooperación internacional, la ayuda humanitaria, el desarrollo. Recortes silenciosos, compromisos abandonados, prioridades redefinidas bajo criterios estrictamente nacionalistas. Cuando el poder se vuelve transaccional, la solidaridad estorba. Y cuando la solidaridad retrocede, los más vulnerables pagan primero.
Algunos celebran esta ruptura. Argumentan que el viejo orden era lento, elitista, hipócrita. No se equivocan del todo. El error está en suponer que destruirlo automáticamente producirá algo más justo. La historia demuestra lo contrario: cuando se debilitan las reglas, no emergen sistemas más equitativos, sino jerarquías más duras. Ganan los fuertes. Pierden todos los demás.
Y aquí está la parte incómoda para México.
Un mundo sin reglas claras es terreno fértil para la coerción, la extorsión y la violencia que se negocia en lugar de enfrentarse. Cuando el poder internacional se vuelve transaccional, el mensaje desciende de nivel: todo tiene precio, todo puede arreglarse “por fuera”, todo puede justificarse si el resultado conviene al actor dominante. Y esa lógica permea.
La institucionalidad débil se paga caro en escenarios así. La improvisación estratégica también.
Todo apunta a que el viejo orden no va a regresar. Pero la demolición sin reconstrucción no es valentía estratégica; es irresponsabilidad histórica.
Cuando el orden se rompe, no cae sobre todos por igual. Siempre aplasta primero a los mismos.
POSTDATA – En junio de 2025, en un inmueble que operaba como un crematorio en Ciudad Juárez, se localizaron 386 cuerpos embalsamados acumulados por años en condiciones deplorables. El pasado viernes un juez federal calificó el hallazgo como “faltas administrativas” liberando de prisión preventiva al propietario. Sin palabras.

