Estados Unidos acaba de cambiar el marco. 

El narcotráfico ya no aparece solamente como crimen organizado. Aparece como enemigo. Y cuando una potencia deja de perseguir criminales para empezar a combatir enemigos, el mapa de riesgos cambia para todos. 

La recientemente publicada National Drug Control Strategy 2026 no es únicamente una estrategia contra las drogas. Es una declaración de doctrina. Y su lenguaje lo dice todo. 

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Habla de “guerra, enemigo y ofensiva implacable”. Habla de ataque químico contra el pueblo estadounidense. Habla de cárteles designados como organizaciones terroristas. Habla del fentanilo como arma de destrucción masiva. Habla de usar todos los instrumentos en su poder para identificar, perseguir, sancionar y desmantelar a estos enemigos. 

Eso no es un simple endurecimiento retórico. Es un desplazamiento conceptual. 

Durante décadas hemos discutido el narcotráfico como un problema criminal compartido. Con diferencias, tensiones y simulaciones, pero dentro de un marco reconocible: crimen organizado transnacional

Ese marco acaba de romperse. 

La nueva estrategia de nuestro vecino coloca a los cárteles en otra categoría. Ya no son solo estructuras criminales que trafican drogas. Son actores que amenazan su seguridad nacional. Ahora son contendientes que envenenan deliberadamente a decenas de miles de estadounidenses cada año. 

Ahí está el punto crítico: el marco ya no es crimen; es enemigo. 

Y ese cambio importa porque el lenguaje del Estado nunca es inocente. Cuando un gobierno nombra un fenómeno como delito, activa policías, fiscales, investigaciones financieras, cooperación judicial, etc. Pero cuando lo nombra como amenaza estratégica, activa una arquitectura muy distinta: inteligencia, sanciones, operaciones extraterritoriales, presión diplomática, acciones de contraterrorismo y decisiones políticas que ya no se explican solo desde la justicia penal. 

Washington ya fijó la perspectiva desde la cual va a mirar el problema. Y en seguridad, ese marco antecede al instrumento. Primero se cambia el diccionario. Después se cambian las reglas. 

La estrategia habla de responsabilizar a países de origen y tránsito por su falta de control territorial, el cual alimenta el tráfico ilícito. También plantea sancionar a empresas y personas que faciliten —por acción u omisión deliberada— el comercio de precursores, drogas sintéticas, maquinaria o servicios logísticos vinculados al narcotráfico. 

Ahora México será medido por su capacidad real para controlar puertos, aduanas, laboratorios clandestinos, rutas terrestres, corrupción, lavado de dinero, empresas fachada y territorios donde los cárteles ejercen mando. 

La pregunta ya no será únicamente cuántos kilos se decomisaron. La pregunta será si el Estado mexicano controla (o no) partes de su territorio, de su economía formal y de sus instituciones. 

Y esa pregunta incomoda porque todos sabemos la respuesta. 

Estados Unidos lo está diciendo con otro lenguaje: si el crimen tiene mando, territorio, economía, poder de fuego, corrupción, redes internacionales y capacidad de matar masivamente a nuestra población, entonces ya no lo vamos a tratar solo como crimen. 

Ese es el giro. 

Si México quiere evitar que otros definan el problema desde afuera, debe demostrar que puede enfrentarlo desde adentro. Porque cuando un país no controla una amenaza que cruza fronteras, tarde o temprano otro país la redefine. Y eso es exactamente lo que está pasando. 

Para Washington el narcotráfico dejó de ser únicamente un expediente criminal y empezó a ser tratado como enemigo estratégico. México puede indignarse, reclamar, matizar o invocar la soberanía. Todo eso tiene lugar. 

Pero hay una verdad más dura: ningún discurso soberanista pesa más que un territorio abandonado. 

El problema no es solo que Estados Unidos haya endurecido su lenguaje. 

El problema es que México le ha dado demasiadas razones para hacerlo. 

POSTDATA – Sobre Rubén Rocha Moya hay señalamientos provenientes de testigos protegidos. En México eso se suele minimizar: “son puros dichos”. El problema es que en Estados Unidos esos dichos, cuando son admitidos y resultan creíbles ante un jurado, pesan como prueba. En una corte estadounidense, la palabra de un delincuente puede convertirse en sentencia. Y eso debería quitarle el sueño a más de uno. 

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