“Un estado donde queden impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo”.
SÓFOCLES
La madrugada del dos de enero de este 2025 tomamos un tren en la estación de Múnich, Alemania —donde felices pasamos las noches de fin de año y Año Nuevo— con destino a Estrasburgo, en Francia (muy citada en los últimos días por la presencia de un paisano con poca fortuna en la zona).
Un destino un tanto incierto, porque para mi amada GEMY —recién llegada de un viaje increíble al Oriente— y para el que teclea, era nuestra primera visita a esta célebre ciudad.
No soy bueno en geografía. Soy lo que le sigue: rayando en pésimo, porque tengo la mala costumbre de no investigar mucho a dónde voy de viaje. Sí, obviamente pregunto un poco, pero francamente prefiero descubrir los nuevos anhelos in situ, ya con los pies puestos en los espacios por explorar.
El colmo de mi infinita ignorancia —que me encanta presumir— fue cuando visité por primera vez, hace casi dos décadas, Barcelona, en España, sin tener clara conciencia de que ahí arranca el Mediterráneo, como lo recita en su bella melodía el ya inmortal y retirado poeta y cantautor catalán Joan Manuel Serrat, en honor a ese místico mar.
Pues bien, al llegar por un par de noches a Estrasburgo, en medio de una pertinaz pero cálida llovizna invernal, lo primero que hicimos fue recorrerla a pie, como en la clásica película de Hollywood Cantando bajo la lluvia, sonrientes, aunque friolentos.
Al día siguiente, todo fue tan fosforescente como monumental: el centro histórico, la imponente catedral, el recorrido por las amplias avenidas desbordadas de comercios y restaurantes, hasta llegar al embarcadero número uno para abordar el crucero, con la ilusión de navegar el río III, un afluente del Rin en la región alsaciana, que atraviesa la ciudad y puede observarse desde todos sus ángulos.
El recorrido por las aguas fue verdaderamente maravilloso. Con las explicaciones puntuales de los atentos guías, transmitidas con precisión por auriculares, las imágenes que se suceden a través del techo de cristal de la barcaza resultan
hermosas, una tras otra. La parte formativa de la narración —sobre las dolorosas guerras y las ocupaciones sucesivas entre pueblos vecinos— revela la importancia de este lugar, enclavado entre la frontera franco-germánica, históricamente en disputa, hasta que finalmente, con visión y cordura, el 10 de septiembre de 1952 se fundó aquí el Parlamento Europeo, también conocido como Eurocámara, Europarlamento o Cámara Europea. Desde su fundación, esta institución ha vivido grandes transformaciones hasta llegar a nuestros días, en los que se mantiene más vigente que nunca.
Sin embargo, lo que deseo destacar con mayor énfasis es que, por más que uno espere conscientemente llegar al final del recorrido para ver las dos grandes edificaciones que conforman el Parlamento, no existe forma de prepararse para la majestuosa impresión que se desborda ante los incrédulos ojos, incapaces de abarcar su monumental arquitectura.
La sede principal, el Edificio Louise Weiss, donde se celebran doce sesiones plenarias de cuatro días al mes, se complementa con otras dos instalaciones: el Espacio Léopold, en Bruselas (Bélgica), y la sede en Luxemburgo, donde se ubica el cuerpo administrativo encargado del seguimiento a los acuerdos parlamentarios.
El número máximo de escaños permitido es de 751 parlamentarios, que representan a los 27 países miembros de la Unión Europea. Actualmente, por diversas razones, está integrado por 720 eurodiputados.
En la próxima entrega continuaremos con nuestra mágica travesía por estos universos formadores del llamado primer mundo, y contaremos nuestra llegada a España, no sin antes compartirles, queridas amigas, apreciados amigos, distinguidos lectores, nuestros pasos por: Reims, Épernay, París, Burdeos, Biarritz, San Sebastián, y, finalmente, nuestra llegada encantada a la madre patria, en su espléndida capital: Madrid. Continuará.
Hasta siempre, buen fin.