La educación de la niñez y la juventud está en el “ADN” de la Compañía fundada por San Ignacio de Loyola en 1540. Quizá porque su propia educación fue tardía —la que, además, su sucesor en el generalato, el padre Diego Laínez, calificaba en sus inicios como “letras mediocres”— Ignacio muy pronto se convenció de la importancia de la labor educativa que la naciente orden podría llevar a cabo. Ello derivó en que, por ejemplo, en 1542 San Francisco Xavier le pidiera el envío de “algunos maestros” para el colegio de Goa, en la India.
En las propias Constituciones de la Orden, plasmó Ignacio sus ideas sobre la educación. De los diez apartados que las componen, ocho de los 17 capítulos del apartado IV presentan una síntesis sobre el tema y su correspondiente legislación, al tratar de los colegios y universidades. Por su parte, el apartado VII consagra el capítulo 4º al tema del modo como los colegios han de ayudar al prójimo. A las Constituciones siguió la “Ratio Studiorum” o Código Educativo, en relación al cual, a decir del Dr. Ernesto Meneses, S.J., el fundador: “esbozó los principios básicos, y nombró a competentes administradores y a sobresalientes maestros para aplicarlos y elaborarlos; aprobó no sólo la obra de educar a la juventud, sino se dedicó de todo corazón a propagarla; mostró un solícito interés por el éxito de cada colegio; promovió el desarrollo de los profesores y estableció en las Constituciones una clara política educativa con sus principales características” (“El Código Educativo de la Compañía de Jesús”, UIA, 1988, p. 21).
La “Ratio Studiorum” tuvo tres ediciones: 1586, 1591 y la definitiva —en el siglo XVI— de 1599, promulgada de inmediato y declarada obligatoria en las 245 escuelas jesuíticas y en los 177 seminarios de la Orden. Con una clara impronta del humanismo renacentista, el ideal era el del orador, para lo cual se hizo del latín y el griego el centro gravitacional en vistas de que “el principio que animaba el sistema jesuítico no tanto pretendía comunicar información de muchos campos del conocimiento, sino formar los hábitos intelectuales y la expresión literaria” en los educandos (Ibidem, p. 30). Son cuatro los elementos principales de dicho Código Educativo: la administración, el plan de estudios (que equilibra los cursos de Teología y Filosofía con los de humanidades, en una simetría que pretende retomar lo mejor de la Edad Media y del Renacimiento), el método (que señala la forma de impartir las clases y los ejercicios en el aula) y la disciplina. A las señaladas ediciones siguieron ciertas revisiones en los años 1832, 1941, 1954, 1968 y 1994.
Subyacente en la “Ratio” hay una filosofía pedagógica cuya cosmovisión es plural en lo tocante al ser humano y su dignidad, una axiología, y una epistemología o teoría del conocimiento A la luz del principio de permanencia en el cambio, el reto hoy en día para la educación, en general, y para la jesuítica, en particular, consiste en identificar los principios y valores perennes contenidos en dicho Código Educativo, para implementarlos en el contexto histórico, social y cultural vertiginosamente cambiante del mundo de hoy, y, de manera destacada, en lo relativo a la labor educativa en México, siempre en pleno respeto a la libertad de creencias, convicciones, pensamiento y expresión personales.
Maestro en Ciencias Jurídicas

