Latinoamérica vuelve a oscilar.No avanza ni retrocede de forma lineal: se balancea, como lo ha hecho históricamente, entre promesas incumplidas, abusos de poder y nuevas formas de dominación e intervencionismo de los Estados Unidos.
Como advirtió Antonio Gramsci:
“La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados.”
Ese interregno es hoy nuestra región: democracias agotadas, proyectos políticos deslegitimados y nuevas formas de autoritarismo que avanzan sin uniforme, sin golpes clásicos y sin pudor.
El problema no es el movimiento del péndulo, sino el agotamiento profundo de sociedades que han aprendido a desconfiar tanto de los extremos como del centro. Latinoamérica atraviesa un momento denso y peligroso: un cansancio estructural de la democracia, no como ideal, sino como experiencia cotidiana.
Ni la justicia jurídica, ni la justicia social se viven de forma regular. Se perciben como selectivas, clientelares, clasistas y racistas. No empoderan, por el contrario, reducen capacidades ciudadanas.
Durante décadas, la democracia fue presentada como destino final: elecciones, alternancias, discursos de derechos. Sin embargo, en buena parte de la región ese relato se volvió procedimental y vacío. Se vota sin decidir, se participa sin incidir, se elige sin transformar.
La democracia dejó de ser sinónimo de mejora de la vida. Para millones, es apenas un ritual que no protege ni garantiza futuro. El cansancio no es rechazo a la democracia; es desencanto con su simulación.
A este desgaste se suma la guerra jurídica: judicialización selectiva de la política, criminalización de la protesta social, ejecuciones extrajudiciales, prisión preventiva oficiosa, compra, cooptación o eliminación de direcciones de organismos de derechos humanos.
También pesa el abuso y la corrupción de las izquierdas democráticas en el poder. Los gobiernos progresistas enfrentan una crisis profunda de legitimidad, no por sus principios históricos o por sus acciones progresistas, sino por sus prácticas políticas: captura del Estado por élites partidarias, clientelismo y corporativismo presentado como política social, corrupción justificada en nombre de proyectos emancipadores, silencios frente a violencias propias.
Cuando el progresismo abandona la ética pública y se limita a administrar el poder, erosiona su base social y alimenta el hartazgo generalizado, abriendo el camino al autoritarismo. El daño no es solo político: es moral y ético. Se instala la percepción de que no existen alternativas reales, abriendo la puerta a la nueva ola de derechas fascistas en Latinoamérica, incluida la que celebra con algarabía la intervención en Venezuela.
Su intento por correrse al centro ha llevado a líderes de izquierdas progresistas a generar alianzas con el crimen organizado, cediendo el control de territorios y abriendo la brecha para las derechas mafiosas.
El canibalismo político regional no es neutro ni simétrico. En los últimos años han sido los partidos de centro y derechas mafiosas y fascistas las que han profundizado la fragmentación regional y debilitado deliberadamente cualquier posibilidad de articulación soberana.
No gobiernan para construir región; gobiernan para desarticularla. Han vaciado mecanismos de integración, sustituido la cooperación por alineamientos subordinados y roto consensos básicos en materia de paz, derechos humanos y no intervención.
En muchos países operan como derechas mafiosas: financiamiento político ilícito, pactos con economías criminales, captura selectiva del aparato judicial y de seguridad, uso del Estado para perseguir opositores y proteger aliados.
A la par, se expande una derecha fascista que actúa como guerra cultural permanente: construcción de enemigos internos, deslegitimación de los derechos humanos, ataque a la educación, la ciencia y la cultura, uso intensivo de plataformas digitales y algoritmos para amplificar odio, miedo y desinformación.
El resultado es una región enfrentada consigo misma, con Estados debilitados y soberanías erosionadas desde dentro.
En este vacío emerge una nueva forma de autoritarismo: el fascismo algorítmico, propio del siglo XXI. No se presenta con uniformes ni golpes de Estado clásicos, sino con plataformas digitales, infraestructura tecnológica y control del sentido común.
No necesita censurar: satura y confunde.No necesita convencer: administra emociones.No gobierna desde el consenso: opera desde el miedo, la rabia y el resentimiento.
Los algoritmos no son neutrales. Se han convertido en infraestructura política al servicio de proyectos autoritarios que transforman la frustración social en capital electoral y cultural.
Como escribió Gramsci:
“El poder es, en última instancia, la capacidad de imponer una determinada concepción del mundo.”
Hoy esa imposición no se realiza solo desde el Estado o los medios tradicionales, sino desde algoritmos que deciden qué vemos, qué tememos y a quién odiamos.
La consigna “América para los americanos” no es una política latinoamericana. Es la Doctrina Monroe, una lógica histórica de dominación que sigue operando bajo nuevas formas: seguridad hemisférica, control migratorio, cooperación condicionada, presión política, económica y arancelaria.
La región es tratada como zona de contención y administración del riesgo, no como sujeto soberano.
En este contexto, lo que hoy hace Estados Unidos respecto a Venezuela no es aceptable y debe ser rechazado. Más allá de cualquier valoración interna, la amenaza o el uso de la fuerza es inadmisible.
Latinoamérica y el Caribe han intentado construir una zona de paz a pesar de la Operación Condor, las incursiones militares estadunidenses en técnicamente todos los países de la región y frente al escenario internacional europeo, una paz construida sobre el respeto mutuo, la solución pacífica de las controversias, la no intervención y la proscripción del uso y la amenaza de la fuerza. Cualquier acción militar pone en grave riesgo la estabilidad regional.
Uno de los núcleos más corrosivos del presente es la existencia de un pacto de impunidad entre crimen organizado, aparatos estatales degradados y agencias de seguridad.
Por un lado, las agencias locales, policías, fiscalías, aparatos de inteligencia no solo no han colapsado, sino que se han reconfigurado para administrar la violencia, regular economías criminales “tolerables” y contener el conflicto social. Son pocos los ejemplos de ruptura de ese pacto, y quienes lo intentan pagan altos costos: atentados, persecución y asesinato de funcionarios públicos.
Por otro lado, agencias de los Estados Unidos que, mediante cooperación en seguridad, inteligencia, estrategias antinarcóticos y control migratorio, priorizan estabilidad operativa y extractivista sobre justicia social y fortalecimiento democrático.
Este entramado no busca resolver la violencia, sino gestionarla. La ciudadanía no se protege: se contiene. La soberanía no se fortalece: se condiciona.
En este marco, el extractivismo contemporáneo ya no es solo económico ni territorial: es tecnocrático y algorítmico. Opera mediante mapeo satelital de territorios, modelación de conflictos sociales, análisis predictivo de resistencias comunitarias, uso de inteligencia artificial y big data para clasificar territorios y poblaciones.
El territorio deja de ser comunidad y se convierte en dato. La resistencia se vuelve riesgo calculable. El despojo se presenta como decisión técnica inevitable.
Este modelo produce un fascismo extractivista, autoritario, militarizado y excluyente. Allí donde hay agua, petróleo, gas o minerales estratégicos, el Estado deja de cuidar y pasa a custodiar intereses, con apoyo de agencias locales y externas.
La integración regional se vacía y se redefine como coordinación logística para la extracción. La soberanía se reduce a cumplir contratos, no a decidir el destino colectivo. El conflicto extractivo no es una falla del sistema: es parte central de su diseño.
En este contexto, la Organización de los Estados Americanos ha perdido sentido como espacio de articulación regional soberana. Lejos de actuar como garante de la paz regional, la no intervención y la solución pacífica de las controversias, se ha convertido en un instrumento de alineamientos selectivos, funcional a presiones externas principalmente estadounidenses, e incapaz de responder a los conflictos estructurales de la región.
Todo esto configura un pentagrama del nuevo dolor regional: democracias agotadas, izquierdas deslegitimadas, derechas mafiosas y fascistas, pactos entre crimen y agencias, y un extractivismo algorítmico que cancela soberanías.
Frente a este escenario, conviene recordar otra advertencia de Gramsci:
“La indiferencia es el peso muerto de la historia.”
El péndulo sigue en movimiento. No porque la historia esté condenada a repetirse, sino porque la resignación abre paso a la dominación.

