Nadie cuestiona que la pobreza no solo significa falta de dinero, sino que además produce una constelación de males sociales. En esta lectura, la pobreza causa bajo desempeño escolar, crimen, mala salud, inseguridad alimentaria, estrés, adicciones, falta de vivienda y casi cualquier otro resultado indeseable que uno quiera poner sobre la mesa.
La intuición es poderosa. Si una persona tiene menos dinero come peor; si come peor, se enferma más; si se enferma más, trabaja menos; si trabaja menos, gana menos; y así sucesivamente hasta construir un tobogán perfectamente circular de desgracias. De ahí se sigue una conclusión política bastante cómoda: si transferimos dinero a los pobres, no solo reducimos la carencia material, sino que además corregimos una larga lista de problemas sociales. A veces funciona, como con el programa Prospera, pero conviene hacer algunos matices.
Primero hay que distinguir dos cosas que en la conversación pública suelen mezclarse: asociación y causalidad. Que dos fenómenos caminen juntos no significa que uno empuje al otro. La pobreza está asociada con peores resultados en salud, educación y seguridad, desde luego. La pregunta importante es otra: ¿la pobreza es la causa de esos resultados o es, más bien, una consecuencia de otros factores que también producen esos resultados?
Pongámoslo de otro modo. Si las personas con menos ingresos tienen peor salud, eso puede significar que la falta de dinero deteriora la salud. Pero también puede significar que la mala salud reduce la capacidad de trabajar y, por tanto, empobrece. O puede significar algo todavía más incómodo: que hay factores anteriores —hábitos, entorno familiar, rasgos de personalidad, cultura, genética, decisiones acumuladas, círculo social— que explican tanto los bajos ingresos como la mala salud. En ese caso, transferir dinero aliviaría la pobreza, pero no necesariamente eliminaría el resto del paquete.
Esto no es una sutileza académica. Es el centro del asunto.
Por fortuna, las transferencias de ingreso son de las políticas más estudiadas en economía. Y los mejores estudios no se limitan a observar que los pobres viven peor que los ricos. Intentan aislar qué pasa cuando a una persona se le da más dinero de manera casi aleatoria. Es decir, no comparan ricos contra pobres; comparan personas parecidas, con la diferencia de que unas recibieron un aumento inesperado de riqueza y otras no.
Uno de los estudios más interesantes en esta literatura es el de David Cesarini, Erik Lindqvist, Robert Östling y Björn Wallace, publicado en el Quarterly Journal of Economics. Su estrategia es elegante: observar a ganadores de lotería en Suecia.
La ventaja del caso sueco es doble. Primero, los registros administrativos nórdicos son extraordinariamente detallados. Permiten seguir a las personas durante décadas y observar ingresos, salud física y mental, vínculos familiares, resultados educativos de los hijos y mucho más. Segundo, las loterías suecas no son tan selectivas como las estadounidenses. En Estados Unidos, jugar a la lotería suele estar más concentrado en ciertos grupos. En Suecia, parte importante de la muestra proviene de cuentas de ahorro vinculadas a premios, por lo que los participantes se parecen mucho más a la población general.
Esto permite hacer una pregunta limpia: ¿qué ocurre cuando alguien recibe una cantidad importante de dinero por puro azar?
La respuesta, en varios rubros, es sorprendente. Si uno observa los datos de manera ingenua, las personas más ricas viven más. Eso es cierto. La riqueza está asociada con menor mortalidad. Pero cuando los investigadores miran el efecto causal de ganar dinero en la lotería, ese efecto desaparece. Las personas que recibieron un aumento inesperado de riqueza no presentan mejoras claras en mortalidad respecto de personas comparables que no ganaron.
Esto es importantísimo. Significa que la diferencia en salud entre ricos y pobres no se explica simplemente porque los ricos puedan comprar mejores doctores, comida más cara, coches más seguros, casas más grandes o vacaciones más largas. Si esa fuera la explicación, los ganadores de lotería deberían poder comprar esas mismas cosas y obtener los mismos beneficios. Pero no ocurre así.
Dicho con crudeza: darle dinero a una persona pobre puede mejorar su consumo, su comodidad y su libertad de elección. Eso importa. Pero no necesariamente la convierte, por ese solo hecho, en alguien con los mismos resultados de salud que una persona que ya era rica antes de recibir el dinero.
Hagamos una pausa para evitar una mala lectura. Esto no significa que el dinero no importe. Significa algo más preciso: el dinero importa para unas cosas y no tanto para otras. Las transferencias relajan restricciones presupuestales. Permiten consumir más, endeudarse menos, descansar más o enfrentar mejor ciertos gastos. En ese sentido, mejoran el bienestar. Pero otra cosa muy distinta es afirmar que corrigen automáticamente las causas profundas de la mortalidad, el desempeño escolar o la conducta de los hijos.
El mismo estudio permite observar otro asunto delicado: los efectos de la riqueza de los padres sobre los hijos. La asociación entre ingresos de los padres y resultados de los hijos es enorme. Los hijos de hogares con más dinero suelen tener mejores calificaciones, más años de educación, mejor salud y menos problemas de conducta. La interpretación habitual es sencilla: los padres ricos compran mejores oportunidades. Mejores escuelas, mejores barrios, mejores libros, mejores clases, mejor nutrición, mejores médicos.
Pero cuando la riqueza aumenta por azar, como ocurre con los premios de lotería, el efecto sobre los hijos vuelve a ser mucho más pequeño de lo que la intuición sugiere. Los investigadores no encuentran mejoras sustantivas en medidas de salud, desarrollo cognitivo, resultados escolares o conductas problemáticas. La correlación existe; el efecto causal del dinero extra, en cambio, parece cercano a cero.
Esto incomoda porque obliga a abandonar una explicación demasiado atractiva. Si los hijos de padres ricos tienen mejores resultados, no parece ser simplemente porque sus padres tienen más dinero disponible. La explicación debe estar en otro lado: en características familiares, hábitos, expectativas, estabilidad, habilidades parentales, redes, genética, cultura o alguna combinación de factores que anteceden al ingreso y que también producen mejores resultados en los hijos.
La diferencia es brutal para la política pública. Si creemos que la pobreza causa todo el paquete de males asociados a ella, entonces basta con transferir dinero para resolverlo casi todo. Pero si parte importante de ese paquete proviene de factores anteriores o paralelos a la pobreza, entonces las transferencias siguen siendo defendibles, pero por una razón más modesta: reducen la carencia material y aumentan el bienestar inmediato. No son, por sí solas, una varita mágica contra la mala salud, el bajo desempeño educativo o la descomposición social.
Esto no debilita el caso moral a favor de ayudar a quienes tienen menos. Lo vuelve más honesto. Hay buenas razones para transferir recursos a personas pobres: un peso adicional vale más para quien tiene poco que para quien tiene mucho; la pobreza material es una forma real de sufrimiento; y una sociedad rica puede decidir que nadie debe vivir por debajo de cierto umbral. Todo eso basta para justificar políticas redistributivas bien diseñadas.
Lo que no debemos hacer es vender las transferencias como si fueran una medicina universal. Porque entonces, cuando no produzcan todos los milagros prometidos, el resultado será frustración, cinismo y malas políticas.
La pobreza importa. El dinero importa. Pero no todo lo que está asociado con la pobreza es causado por la falta de dinero. Confundir esas dos cosas es como creer que, porque todos los incendios tienen bomberos cerca, los bomberos causan incendios. La política pública empieza a volverse seria cuando deja de enamorarse de las correlaciones y se atreve a preguntar qué causa qué.
Reducir la pobreza material es un objetivo suficiente. No hace falta adornarlo con promesas causales que la evidencia no siempre sostiene. Dar dinero puede hacer la vida de una persona menos dura; eso ya es mucho. Pero si queremos mejorar salud, educación, seguridad y movilidad social, tendremos que mirar más allende del ingreso y aceptar que algunos problemas son más profundos que la cuenta bancaria.
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