En el papel, México vive un nuevo momento de pluralidad política. Nuevos partidos buscan registro, nuevas siglas aparecen en el radar electoral y nuevos liderazgos prometen renovar la vida pública, aunque otros, sin duda, pretenderán acomodarse alrededor de Morena, del proyecto político que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum o de quien les asegure sus prerrogativas.
Está, por ejemplo, el Partido PAZ, que antes buscaba el registro como Construyendo Solidaridad y Paz (CSP), pero tuvo que cambiar su denominación tras un reclamo formal de la presidenta ante las autoridades electorales, para impedir que las iniciales de su nombre (Claudia Sheinbaum Pardo) fueran relacionadas con esa organización.
PAZ es representado por Armando González Escoto, exdiputado federal del Partido Encuentro Social (PES); claramente vinculado al exdirigente nacional del PES —hoy diputado morenista— Hugo Eric Flores.
Aquí no hay simulación: se trata, en esencia, de una nueva versión del antiguo PES, un partido que históricamente ha orbitado alrededor del poder en turno y que encontró en Morena un aliado natural. Su utilidad política es clara: no competir contra el oficialismo, sino complementarlo.
Algo similar ocurre con “Que Siga la Democracia”, una estructura impulsada por el consultor empresarial Édgar Garza. Nacido desde una escisión de Morena —mas no como ruptura ideológica—, este proyecto refleja una lógica cada vez más evidente: la fragmentación controlada. No se trata de dividir para perder, sino de dividir para ampliar el margen de maniobra: crear nuevas plataformas que, aunque luzcan formalmente independientes, mantengan afinidad política con el proyecto dominante.
Incluso iniciativas como “México Tiene Vida”, dirigida por el empresario Jaime Ochoa Hernández, y de corte conservador y provida, terminan jugando un papel funcional en este tablero.
El resultado de este mosaico es un sistema que debería apuntar a la diversidad, aunque no necesariamente más partidos significan más competencia, aunque es de celebrarse que surjan.
“Somos México”, hoy encabezado por Guadalupe Acosta Naranjo, intenta capitalizar la llamada “Marea Rosa” y agrupar a figuras provenientes del PAN, PRI y PRD —buscando ser una alternativa frente al oficialismo—, aunque carece de caras jóvenes y liderazgos novedosos.
Algo que, de hecho, falta en prácticamente todos los partidos: ¿por falta de interés de los jóvenes o porque los liderazgos tradicionales se niegan a ceder sus lugares?
La disputa no es solo entre gobierno y oposición, sino que se extiende hacia el control del espacio político: la ocupación de cada nicho ideológico y la movilización de cada segmento del electorado. Y, en ese terreno, Morena ha demostrado una notable capacidad para expandirse, directa o indirectamente, más allá de sus propias siglas.
No todos los partidos son lo mismo; quiero pensar que existen intentos genuinos por construir alternativas.
Sin embargo, hay que estar atentos a dos de varias posibilidades: ¿la creación de algunos partidos responde a una sofisticación del poder, un intento por suplir el papel del PT y del PVEM con el objetivo principal de vivir del dinero público, o realmente disputarlo y sumar a la democracia? La respuesta depende de los ciudadanos, que debemos estar atentos a las acciones y motivaciones de cada partido y líder político.
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