La narrativa dominante de los últimos años apuntaba a una transición inevitable donde Detroit se transformaría en una especie de Silicon Valley sobre ruedas y el vehículo eléctrico (VE) sería el nuevo estándar industrial. Sin embargo, las noticias recientes sugieren un giro más complejo. Las tres grandes automotrices estadounidenses han reconocido fuertes ajustes contables vinculados a sus apuestas eléctricas mientras que en Washington se discute una revisión de las reglas de emisiones que han sido el ancla regulatoria de la electrificación. El péndulo parece moverse de la euforia a la cautela.

En 2024, las ventas de eléctricos en Estados Unidos alcanzaron las 1.6 millones de unidades, lo que representó alrededor de 10% del mercado total. Sin embargo, para 2025, el total de autos eléctricos vendidos cayó 20% para situarse en 1.27 millones de unidades, alrededor de 7-8% del mercado. De hecho, las ventas de VEs cayeron más de 30% en el último trimestre del año pasado, justo después del retiro, por parte del gobierno federal estadounidense, del subsidio por $7,500 dólares a finales de septiembre del 2025. Esta caída en ventas ha sido suficiente para que GM y Ford, entre otros, revisen calendarios de inversión y pospongan capacidad productiva.

De acuerdo con estimaciones difundidas en la prensa financiera, los fabricantes de Detroit han absorbido impactos acumulados por decenas de miles de millones de dólares ante la desaceleración de la demanda de eléctricos y la necesidad de redimensionar inversiones. La curva de adopción no ha seguido el trazo exponencial que muchos proyectaban en 2021 y 2022. Los inventarios han crecido en algunos segmentos y los descuentos se han vuelto más frecuentes. El consumidor promedio estadounidense —fuera de los primeros adoptantes— sigue mostrando reservas frente al precio, la infraestructura de recarga y el valor de reventa.

En paralelo, el gobierno de Estados Unidos está buscando dar la vuelta al llamado “endangerment finding”, una base legal que establecía que los gases de efectos hibernadero ponían en peligro la salud humana y, por tanto, necesitaban ser regulados. Después de la eliminación de los subsidios, la administración de Trump ha anunciado también estándares menos estrictos para los vehículos vendidos en Estados Unidos. Bajo el gobierno de Biden, se había establecido que todos los fabricantes debían de cumplir con un promedio de consumo de sus vehículos ligeros vendidos en Estados Unidos de 50.4 millas por galón para el 2031. Este límite ahora se ha reducido a 34.5 millas por galón. Lo anterior da definitivamente un respiro a muchos fabricantes que habían expresado sus preocupaciones en poder cumplir con la normativa en el pasado. Sin embargo, la posición competitiva podría cambiar.

La industria automotriz en China, por su parte, parece seguir un camino diferente. Allí también se han reducido gradualmente los subsidios directos a la compra, pero el mercado no se ha contraído; por el contrario, ha ganado escala. Las marcas chinas han consolidado cadenas de suministro domésticas, dominan segmentos de baterías y han iniciado una agresiva internacionalización hacia Europa, América Latina y el sudeste asiático. La competencia interna ha sido feroz —con guerras de precios y presión sobre márgenes—, pero el resultado ha sido aprendizaje industrial y reducción de costos. Mientras Estados Unidos debate el ritmo y la conveniencia de la transición, China avanza en volumen y experiencia.

La pregunta de fondo es estratégica. La electrificación no es solo una política ambiental. En realidad es una apuesta industrial de largo plazo. Si el gobierno estadounidense opta por relajar la presión regulatoria sin articular un plan alternativo de competitividad tecnológica, el riesgo es ceder terreno en baterías, software y manufactura avanzada. La pausa podría aliviar resultados trimestrales para los fabricantes norteamericanos, pero también puede retrasar el desarrollo de capacidades críticas.

Para México, integrado profundamente a la cadena regional bajo el T-MEC, el curso de acción no es trivial. Una desaceleración en la electrificación estadounidense podría retrasar inversiones en plantas de baterías y en la reconversión de complejos productivos nacionales. Pero también abre un espacio de reflexión: ¿apostaría México a seguir el ritmo —más lento— de su principal socio comercial, o buscará insertarse con mayor ambición en la cadena global del vehículo eléctrico, incluso diversificando vínculos con Asia?

* Profesor del IPADE Business School

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