Por Cecilia Coronado
Hoy murió Jürgen Habermas. Con él se va uno de los últimos grandes filósofos públicos del siglo XX, alguien que dedicó su obra a una pregunta que sigue siendo urgente: cómo sostener una sociedad racional después de Auschwitz.
Yo tenía lista otra columna. Iba a escribir sobre la reciente película sobre los juicios de Núremberg. Tenía claro incluso el tono: algo más bien administrativo, casi técnico, sobre el papel del papeleo, de los archivos, de las estructuras burocráticas que hicieron posible el funcionamiento del régimen nazi.
Pero la noticia de la muerte de Habermas me detuvo.
Volví a pensar en la película, sí. Pero ya no desde ese ángulo administrativo. La pregunta cambió: ¿qué es realmente lo que permite que la barbarie ocurra?
Sin revelar demasiado de la película, hay algo que lentamente se vuelve evidente: la maquinaria administrativa no basta para explicar la matanza sistemática. El problema no es solo el papeleo, ni el expediente, ni el procedimiento.
El problema es algo más inquietante: la obediencia.
Esto ya lo había señalado Adorno. Después de Auschwitz insistió en que la pregunta central debía ser cómo evitar que algo así se repitiera. Y su respuesta fue, en apariencia, sorprendente: comenzar por la educación.
Adorno habló incluso de la necesidad de “desbarbarizar el campo”. Pero para entender esto hay que distinguir tres sentidos de lo que llamamos civilización.
Por un lado, está la Zivilisation, el progreso técnico, administrativo y organizativo de la sociedad.
Luego la Kultur, el ámbito del arte y del pensamiento.
Y finalmente la Bildung, la formación del individuo capaz de pensar por sí mismo.
Auschwitz mostró algo perturbador: la barbarie no fue un retroceso a la premodernidad. Fue, en muchos sentidos, el producto de una civilización altamente organizada. El exterminio funcionó también como un proceso administrativo eficiente.
Por eso Adorno insistía en que la solución no podía ser simplemente más civilización en ese primer sentido. El problema no se resuelve con más organización, más procedimientos o más técnica.
Se resuelve —si acaso— con Bildung: con la formación de individuos capaces de resistir la obediencia ciega.
Y aquí aparece Habermas.
Habermas pertenece a la generación que creció bajo la sombra de esa catástrofe. La experiencia de la guerra y los juicios de Núremberg marcó profundamente su pensamiento y su rechazo al autoritarismo.
Pero mientras Adorno insistía en el peligro de una razón que se había vuelto instrumental, Habermas intentó recuperar otra posibilidad de la racionalidad.
En su descripción de la esfera pública y más tarde en su teoría de la acción comunicativa, Habermas propuso que la racionalidad no se agota en la eficiencia administrativa ni en el cálculo estratégico. Existe también una racionalidad que emerge cuando los individuos dialogan, se exigen mutuamente razones y buscan acuerdos basados en argumentos.
En este sentido, el proyecto de Habermas puede leerse como una respuesta al problema que Adorno había planteado.
Si el peligro de la modernidad era la reducción de la razón a instrumento —la lógica de la administración, del cálculo y del procedimiento— entonces era necesario mostrar que existe otra forma de racionalidad: una racionalidad comunicativa.
Una racionalidad que no opera mediante órdenes, sino mediante razones.
Por eso, en sus primeros escritos sobre la ética del discurso, Habermas insiste en algo fundamental: la responsabilidad no puede desplazarse al sistema.
No basta con decir que el problema fue la burocracia, la administración o las instituciones.
El problema son también —y sobre todo— las personas.
Personas que obedecen sin preguntar.
Personas que ejecutan órdenes sin discutir.
Personas que renuncian a justificar lo que hacen ante los demás.
Habermas apostó a que el diálogo público podía convertirse en el antídoto contra esa obediencia. No porque el diálogo elimine el conflicto, sino porque obliga a cada participante a justificar sus acciones frente a otros.
A dar razones.
A exponerse a la crítica.
Si Adorno había mostrado cómo la civilización podía convertirse en barbarie cuando la razón se reducía a técnica, Habermas intentó rescatar la posibilidad de una razón distinta: una razón que vive en el lenguaje, en la discusión, en la práctica de dar y pedir razones.
Tal vez por eso su obra sigue siendo tan necesaria.
Porque la lección más incómoda de Auschwitz no es solo lo que hicieron las instituciones.
Es lo que hicieron —o dejaron de hacer— las personas.
Y tal vez la verdadera apuesta de Habermas fue esta: que mientras los seres humanos sigan siendo capaces de darse razones unos a otros, la barbarie nunca tendrá la última palabra.
Instituto de Humanidades, Universidad Panamericana

