Por Alexandra Cousteau
Mi abuelo, Jacques Cousteau, dedicó su vida a que millones de personas se enamoraran del océano. A través de sus películas y expediciones, reveló la belleza y fragilidad del mundo submarino. Mi padre alertó después sobre las amenazas de nuestros océanos y lo que perderíamos si no actuábamos.
Mi generación heredó una responsabilidad diferente: no solo proteger el océano, sino ayudar a restaurarlo, para la naturaleza, las personas y el clima. Pocos lugares me recuerdan lo que está en juego tanto como el Golfo de México, uno de los ecosistemas más extraordinarios del planeta. Sus aguas albergan ballenas, tiburones, tortugas marinas, corales de aguas profundas y praderas de pastos marinos que sustentan innumerables especies.
El Universal Responde
IA personalizada, respaldada por 109 años de historia editorial.
Estas aguas hacen mucho más que sostener economías locales: alimentan a la gente, mantienen familias y moldean la identidad cultural. Los pescadores artesanales salen cada día sabiendo que mares saludables significan comida en la mesa y la supervivencia de sus modos de vida
Cuando el Golfo de México sufre, las personas sufren con él. No es una zona industrial vacía esperando ser explotada. Es un ecosistema vivo que sostiene tanto a la naturaleza como a las personas. Por eso me preocupan las propuestas para expandir la industria petrolera hacia aguas profundas. Un camino que aumenta nuestra dependencia a los combustibles fósiles.
Ya hemos visto lo que ocurre cuando la perforación en alta mar sale mal. El desastre de Deepwater Horizon en 2010 mató a 11 personas y derramó millones de barriles de petróleo al mar, devastando la vida marina, las pesquerías y las comunidades costeras. El peligro no se limita al pasado. El reciente derrame de Pemex en el Golfo de México nos recordó dolorosamente que estos desastres afectan tanto a los ecosistemas como a las comunidades.
Cuando el petróleo se extiende por el agua sufre la vida marina, los pescadores pierden ingresos, las familias su seguridad alimentaria, los negocios pierden turismo y las comunidades se ven obligadas a afrontar las consecuencias. Estos desastres nos demuestran que, a medida que se expande la perforación, también lo hace el riesgo, especialmente cuando se realiza en aguas más profundas.
Al mismo tiempo, vivimos una crisis climática que ya transforma nuestro mundo. El océano regula el clima, sostiene la biodiversidad y hace posible la vida en la Tierra. Tratarlo como un recurso inagotable no es solo irresponsable, es peligroso.
Por eso, le pido a la presidenta Claudia Sheinbaum que detenga la expansión petrolera en las aguas profundas del Golfo de México antes de que otro desastre nos obligue a actuar cuando ya sea demasiado tarde. México tiene la oportunidad de elegir un camino diferente: uno que proteja a las comunidades costeras, fortalezca la pesca sustentable, impulse soluciones de energía limpia y salvaguarde uno de los mayores tesoros marinos del planeta.
La verdadera riqueza del Golfo de México no está bajo el lecho marino. Vive sobre él: en ecosistemas prósperos, en comunidades pesqueras y en la posibilidad de que las generaciones futuras hereden mares llenos de vida.
Alexandra Cousteau es nieta del explorador oceánico Jacques Cousteau, Asesora Senior de Oceana y fundadora de Oceans 2050.

