“Señora Rosario, tenemos un llamado para su hija el próximo lunes. –Supongo que quieres invitarla a participar en algo. Cuéntame un poco al respecto. –La tengo puesta en un guion para el lunes, es un papel muy sencillo y la paga es buena.–Dejemos las cifras para el final. Cuéntame de qué se trata. –Es un llamado muy breve y fácil. Sé que su hija tiene tres años pero solo tiene que decir dos palabras; ni siquiera se las tiene que aprender. –Ok. Cuénteme un poco del guion. –Son dos palabritas. Lo único que tiene que hacer es aparecer como dos minutitos en escena, bailando y saltando y, cuando se le dé la indicación, decir ‘unga bunga’.”
Esta historia real fue narrada por M'balia Marichal Ibar, cantante, actriz, activista y mujer afrodescendiente. El relato fue compartido durante el Conversatorio “Raíces Afrodescendientes”, celebrado en la Suprema Corte de Justicia de la Nación el pasado 31 de agosto, cuyo propósito fue visibilizar las experiencias, desafíos y aportaciones de las personas afrodescendientes. Y no es para menos: la propia historia de nuestro país no podría entenderse sin ellas.
Los registros históricos muestran que las primeras personas africanas llegaron al territorio novohispano prácticamente al mismo tiempo que los españoles, sometidas al régimen de esclavitud. Sin embargo, de esa historia de opresión también surgieron algunos de los capítulos de resistencia y libertad.
Uno de ellos fue protagonizado por Gaspar Yanga, un africano que, según la tradición histórica, estaba destinado a ser rey antes de ser esclavizado y trasladado a Veracruz. Tras escapar, se unió a otros cimarrones y encabezó una lucha contra la corona española. La resistencia que encabezó Yanga ejerció tal presión que las autoridades virreinales terminaron por reconocer la autonomía y libertad de su comunidad. Hoy, en homenaje a esa historia de dignidad y resistencia, esa localidad veracruzana lleva el nombre de Yanga.
Así como la de Yanga, las voces de otros afrodescendientes también se han escuchado profundamente: Vicente Guerrero, Juan Álvarez e, incluso afirman algunas personas, José María Morelos. Sin embargo, a pesar de su relevancia, sus respectivas imágenes han sido representadas con rasgos europeos, como si se pretendiera diluir una parte esencial de su identidad. En otras palabras, su piel ha sido blanqueadas por la historia.
De acuerdo con datos del INEGI, alrededor de 2.6 millones de personas se reconocen como afrodescendientes en México –equivalente al 2.1% de la población– y su presencia se concentra principalmente en entidades como Guerrero, Veracruz, Oaxaca, Estado de México y Ciudad de México. En municipios como Cuajinicuilapa, Guerrero, representan una parte mayoritaria de la población, en donde alcanzan el 78.9%. A pesar de ello, el reconocimiento constitucional de los pueblos y comunidades afromexicanas no llegó sino hasta el 9 de agosto de 2019, más de cinco siglos después de la llegada de las primeras personas africanas a lo que hoy es nuestro país.
En ese contexto, no resulta extraño que la defensa jurídica de los derechos de las personas afrodescendientes haya tenido una presencia todavía limitada en los tribunales mexicanos.
En el equipo de ponencia realizamos un ejercicio de búsqueda de asuntos y, a pesar de que localizamos diversos relacionados con pueblos y comunidades indígenas, pocos abordan la temática de personas afrodescendientes. Sin embargo, ese techo podría estar comenzando a romperse.
Recientemente, la Suprema Corte de Justicia de la Nación decidió atraer un asunto promovido por integrantes del pueblo autodenominado como “Negros Mascogos”, en el que habrá de realizar un ejercicio interpretativo del derecho de personas afrodescendientes en relación con diversas omisiones respecto de la administración y uso sustentable de las aguas nacionales del subsuelo del acuífero Región Carbonífera –SEFA 155/2026–. Las y los mascogos, asentados principalmente en El Nacimiento, Coahuila, descienden de personas africanas que escaparon de Estados Unidos y encontraron refugio en territorio mexicano. Hasta la fecha conservan tradiciones, expresiones culturales y una lengua propia, el afroseminol, que constituyen un valioso patrimonio cultural vivo.
La relevancia de este asunto trasciende el conflicto concreto que le da origen, pues con él podría materializarse el contenido del artículo 2°, apartado C de la Constitución –adicionado mediante reforma de 9 de agosto de 2019–, el cual reconoce la organización social, económica, política y cultural de los pueblos y comunidades afromexicanas, rememora su origen africano y colonial y garantiza su desarrollo e inclusión social.
Se trata de una oportunidad para que el derecho mexicano avance en el reconocimiento efectivo de un sector de la población que, durante siglos, ha contribuido al desarrollo económico, social y cultural del país sin recibir la visibilidad ni la protección que merece. Porque la historia de las personas afrodescendientes en México no es una nota al margen de la historia nacional, sino parte de su columna vertebral.
Y quizá esa sea la enseñanza más importante. Durante demasiado tiempo, las personas afrodescendientes tuvieron que luchar primero para ser vistas y después para ser escuchadas. Hoy, el desafío consiste en garantizar que también sean plenamente reconocidas como titulares de derechos. Porque defender los derechos de las personas afrodescendientes no es solo hacer justicia a una comunidad específica; es honrar una parte esencial de México y reafirmar que la dignidad, la igualdad y la libertad no admiten excepciones.
Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación
Exclusivas
Experiencias El Universal5 lugares imperdibles para disfrutar de un buen postre sin gastar de más
Experiencias El UniversalDónde comer platillos diferentes con nogada este septiembre con precios especiales
Experiencias El Universal5 beneficios de practicar escalada y dónde probarla con descuento en CDMX
Experiencias El Universal






