En un reciente artículo publicado en The New York Times, Thomas L. Friedman dice algo que resulta –sin apasionamiento exaltado, teorías conspirativas absurdas y mucho menos indignación simplona–, absolutamente cierto: “Trump, en el fondo, simplemente no comparte los valores de ningún otro presidente estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial en cuanto a cuál debería ser y debe ser el papel de Estados Unidos en el mundo. Siempre he creído que Trump tiene un conjunto de valores absolutamente distorsionado que no se basa en ninguno de nuestros documentos fundacionales, sino que simplemente favorece a cualquier líder que sea fuerte, sin importar lo que haga con esa fuerza; a cualquier líder que sea rico y que por lo tanto pueda enriquecer a Trump, sin importar lo que haga el líder con ese dinero o cómo lo consiguió; y a cualquier líder que lo adule, sin importar cuán obviamente falso sea ese halago”.

Con todas estas características, Trump ha conseguido poner al mundo de cabeza, pero también ha logrado unificar a todos aquellos a los que ha atacado y que representan a estas alturas buena parte del mundo y, según algunas encuestas, hasta importantes sectores del electorado norteamericano. A casi todos, pues, y eso no puede ser bueno incluso para alguien como él a quien parece importarle un bledo lo que la gente y los gobiernos del mundo piensen o quieran.

En el artículo citado, Friedman nos confirma lo que muchos hemos venido intuyendo: “Trump ahora dirige nuestro país como dirigía sus empresas: como un hombre solo, con la libertad de hacer pésimos negocios. Ese estilo de gestión provocó seis declaraciones de quiebra de sus empresas. Desafortunadamente, hoy todos somos sus accionistas, y me temo que nos va a llevar a la ruina como nación, moralmente, sin duda, y algún día también financiera y políticamente”.

Poco más adelante, y con toda seriedad, el mismo autor se pregunta: “¿Estados Unidos está siendo gobernado ahora por un rey loco?” Todo indica que sí, pero lo más alarmante es que no parece, de momento, que dentro del gobierno

de Estados Unidos, alguien o algo lo pueda detener. Las reservas de la gran democracia norteamericana, previstas por Alexis de Toqueville, parecen muy disminuidas: un Congreso sometido y una justicia tambaleante no auguran nada bueno.

Y sin embargo, en su demencial escalada contra Groenlandia (“venta o invasión”, al estilo de “la bolsa o la vida” de cualquier criminal), varias cosas lo han detenido: la unidad de los principales dirigentes europeos, obviamente los mercados que reaccionaron negativamente cuando el “rey loco” aumentó la tensión, así como el temor de que las encuestas (que muestran que la mayoría de los norteamericanos no ve con buenos ojos su ambición por este “pedazo de hielo”) se puedan traducir en votos en la próxima elección intermedia.

Su última locura en Davos fue la fundación de un Consejo de la Paz, una propuesta suya hecha en septiembre del año pasado para poner fin a la guerra en Gaza, pero ahora se trata de una iniciativa más amplia que, sin embargo, todas las potencias y, lo que es más importante, todos los aliados históricos de Estados Unidos, han desairado. Así, su Consejo de la Paz pareciera otra más de sus empresas: él preside su Junta Ejecutiva, compuesta también por Marco Rubio, secretario de Estado norteamericano; Steve Witkoff enviado especial de Trump; Tony Blair, exprimer ministro británico y (para darle toque de empresa familiar) su yerno, Jared Kushner.

Es otro emprendimiento suyo para seguir contra el mundo y, sin proponérselo, para seguir convenciendo a los norteamericanos de que los lleva directamente al desastre.

@Ariel Gonzlez

FB: Ariel González Jiménez

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