Escuché decir en la conferencia mañanera del pasado miércoles, cosas como que la deuda de Pemex se había reducido en 20 mil millones de dólares o que la refinería de Dos Bocas era una cosa “extraordinaria”. Todo eso dentro de un paquete de datos igualmente edulcorados y exhibidos como los grandes logros de Petróleos Mexicanos bajo la batuta de la Cuarta Transformación.
Dar noticias buenas de la petrolera más endeudado del mundo, y que encima es sinónimo de ineficacia y corrupción es, hay que reconocerlo, una tarea para profesionales del embuste. La clave más “fina” de este discurso es siempre mostrar las medias verdades como verdades absolutas.
El caso del endeudamiento de Pemex es clarísimo a este respecto. Dando por cierto el hecho de que la empresa redujo su deuda en 20 mil millones de dólares, habría que considerar que en los últimos siete años de gobiernos morenistas la petrolera ha recibido 137 mil 125 millones de dólares como inversión (¡vaya “inversión”!) y para disminuir el saldo de su deuda financiera.
Dicho de otra forma, en todo este tiempo se le ha seguido metiendo dinero bueno al malo, para decirlo coloquialmente. Es dinero de todos los mexicanos que se dilapida para mantener la ilusión de que somos un país soberano en términos energéticos, y que la empresa expropiada en 1938 sigue siendo baluarte del desarrollo nacional.
Y aquí es donde se cruzan dos calamidades: la enorme corrupción (aunada a la actividad criminal, léase huachicol) que rodea a esta empresa, con la pesada losa que proviene de la demagogia nacionalista, una auténtica tara ideológica que le ha costado al país mucho atraso.
Todavía en los años 80, cuando un gobierno priista (el de José López Portillo, que tenía también bastante de populista), anunciaba que debíamos prepararnos para “administrar la riqueza”, teníamos una economía casi totalmente petrolizada. De tal suerte que de cada peso que obteníamos por exportaciones, 80 centavos provenían del petróleo.
Fueron los llamados gobiernos neoliberales que tanto escozor le siguen produciendo a la primitiva izquierda que hoy gobierna, los que consiguieron invertir esta proporción y hacer que de cada peso de las exportaciones, sólo 20 centavos o incluso menos tuvieran relación directa con el petróleo, mientras que la mayor parte era resultado de la apertura comercial (a la que tanto se opusieron nuestros “progresistas” y que ahora defienden timoratamente ante Trump).
“El petróleo es un regalo envenenado. Si no se gestiona bien, arruina al país que lo produce. Venezuela solo es el último ejemplo”, dice Farouk al-Kasim, el cerebro que está detrás del exitosos modelo de explotación de la riqueza petrolera en Noruega.
Entrevistado por la revista semanal del diario español ABC, este geólogo de origen iraquí comparte su perspectiva sobre una gran riqueza que puede, efectivamente, ser también una maldición. Este experto ha visto cómo se hunden economías petroleras que se creían ricas, y es igualmente testigo y protagonista de la properidad que el crudo, bien administrado, puede traer a una nación.
Cuando le preguntan cuál fue el factor fundamental para que el petróleo en Noruega fuera el motor de un envidiable desarrollo, Farouk al- Kasim lo dice con toda sencillez y claridad: “Que no le dimos todo el poder a una petrolera estatal. Eso es lo que hacen los países que se hunden. Montan un chiringuito y lo llenan de políticos corruptos. El ser humano es débil”.
¿Qué hicieron bien los noruegos? Al-Kasim responde: “Tres cosas. Primero, Statoil, la compañía noruega del petróleo (desde 2018 se llama Equinor para reflejar la transición a combustibles no fósiles), no tiene el monopolio. Compite con las compañías extranjeras en igualdad de condiciones, pero el Estado siempre se queda con un porcentaje de cada operación. Segundo, rinde cuentas ante el Parlamento cada año. Tercero, creamos la Dirección del Petróleo, una agencia independiente que vigila y otorga las licencias. Así nadie puede hacer trampas. Las petroleras extranjeras se fían porque saben que hay reglas claras que se aplican igual para todos. Funcionó perfecto”.
En otras palabras: competencia, transparencia y eficiencia. Tres cosas de las que Pemex, históricamente, ha carecido; pero que ahora con Morena están más lejos que nunca.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez

