Hoy 7 de marzo se cumple un aniversario más de que don Javier Correa Field ganó por examen de oposición la titularidad de la notaría 95, siendo el primero en lograrlo al amparo de la Ley del Notariado de Ciudad de México de 1946, la cual marcó un hito en nuestro país, ya que, de manera inédita, prescribió que las patentes de notario ya no podrían ser asignadas por un medio distinto a un concurso de méritos que aseguraba la preparación y la excelencia académica del abogado aspirante. Así, en este 2026, se conmemoran 80 años desde que entró en vigor esta trascendental disposición.

En mi caso —como en el de tantos otros— no tenía antecedentes notariales en mi familia ni éramos amigos de un funcionario poderoso. El proceso para hacerme notario comenzó desde la elección de mi carrera. Estudié Derecho por influencia de mi padre —quien era abogado—, realicé mi licenciatura en la UNAM porque así me lo indicó y él prefería que intentara hacer carrera en el sector público. No obstante, una vez que me titulé y comencé a laborar para diferentes instituciones oficiales, me di cuenta de que trabajar para el gobierno no era lo mío.

El destino me llevó a tocar la puerta del notario José Ángel Villalobos Magaña, quien permitió que me integrara a su oficina, bajo la premisa de que ahí se formaban notarios. Empecé desde abajo y poco a poco fui ascendiendo hasta convertirme en su asistente. Aunque la dinámica era exigente, pues cada 15 días había “acuerdos” sabatinos donde debíamos presentar un tema, demostrar que lo habíamos estudiado y enfrentarnos a las preguntas, esa fue la presión que me formó.

En ese lugar contendí con varios compañeros que hoy ya son notarios de prestigio, lo que demuestra el alto nivel con el que me enfrenté. Era tal la fama de nuestro centro de estudio que una futura ministra de la Corte acudía sólo para medirse con nosotros. A principios de 1994 me apunté a una preceptoría en el Colegio de Notarios, luego de ello, con todo ese bagaje, sentí que los retos académicos que se me planteaban ya me quedaban chicos, por lo que meses después, presenté mi examen de aspirante, el cual es un requisito indispensable para poder competir por una notaría. Pensé que me reprobarían, sin embargo, no fue así, me defendí con argumentos y lo acredité.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

Dos meses más tarde se convocó a los aspirantes a notario a una oposición para cubrir nuevas plazas. Dudé si apuntarme porque no tenía práctica como abogado en la notaría. Pero, luego de reflexionar que todo mi esfuerzo no tendría sentido si no alcanzaba esa meta, decidí inscribirme el último día. Durante la prueba me tocó un caso mercantil que encajaba perfectamente con lo que vi en la preceptoría, así que apliqué el aprendizaje al pie de la letra.

Para sorpresa de varios, obtuve una alta calificación aprobatoria y gané una de las vacantes. Uno de los jurados, el licenciado Tomás Lozano Molina, cuando pasé al frente a agradecer, me tendió la mano y me dijo: “Bienvenido al gremio, colega”. Esto sucedió el 17 de octubre de 1995, día en que supe que sería notario.

Esta fue mi historia, que no tiene más de singular que la de muchos otros que han seguido este camino a lo largo de estos 80 años. Celebro que este examen —considerado uno de los más difíciles de Iberoamérica—, el cual garantiza el acceso a los más preparados en beneficio de los solicitantes del servicio, siga vigente y deseo que en un futuro este modelo sea adoptado en otras profesiones de carácter similar e implementado en todas las entidades.

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