Con el fin de erradicar el crimen, la humanidad ha tratado de comprender por qué se cometen; sin embargo, se trata de un tema difícil de abordar y sumamente repudiado, pero también con cierto magnetismo que provoca el morbo e interés de la gente. Así lo señalan en su libro “Repertorio de criminales en México. La Colonia y primera mitad del siglo XIX” (INAH, 2021), María del Carmen Reyna y Jean-Paul Krammer: “es necesario afirmar que la criminalidad no es una noción metafísica, sino una realidad sensible que desde siempre ha fustigado y golpeado a las sociedades […]. Es cierto que ha sido combatida, pero para ser honestos también ha sido cultivada”.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

Reyna y Krammer realizan un breve, pero conciso análisis de las fuentes y entre los autores que retoman están Carlos María de Bustamante, Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Artemio del Valle Arizpe, entre otros. Los delitos que se exponen van desde asesinatos y atentados contra virreyes hasta salteadores de caminos y la función de las distintas instituciones jurídicas del virreinato (la Real Sala del Crimen, la Santa Hermandad y el Tribunal de la Acordada). Entre estos crímenes, llama la atención el caso de don Juan Manuel. Según cuenta la leyenda, el hombre preguntaba la hora. Ante la respuesta de la víctima, Juan Manuel contestaba: “dichoso usarcé que sabe la hora en que muere”, para después matar a su interlocutor. De acuerdo con los datos del libro, se trataba de Juan Manuel de Solórzano, un español muy cercano al virrey Diego Fernández de Córdoba.

En la siguiente sección, se habla de los crímenes cometidos durante el proceso de independencia. Aquí, resalta el caso del asesinato de Carlos Mairet, cónsul suizo. Un día un clérigo y dos militares entraron a su casa con el pretexto de conocer su fábrica de cerveza. Una vez dentro, ante el descuido del cónsul, lo sometieron, le robaron y lo mataron para evitar que después los reconociera. Las investigaciones identificaron una relación entre los delincuentes y Juan Yáñez, teniente coronel muy cercano a Santa Anna. Como resultado, Yáñez se suicidó antes de ser ejecutado. Lo llamativo del caso fue la red criminal detrás del caso, pues dos investigadores (José Olazábal y Tomás Castro) fueron asesinados en circunstancias misteriosas, justo cuando investigaban a Yáñez.

Otro de los delitos que se narran en el libro tiene que ver con el robo del tesoro de Maximiliano de Habsburgo en territorio estadounidense. Según cuenta la historia, tras la aprehensión del emperador, seis jinetes yankees se ofrecieron a guiar a los hombres del archiduque, quienes buscaban salir de Nueva Orleans a Europa. Al descubrir la carga, los jinetes mataron a la comitiva y escondieron el tesoro bajo tierra. El problema es que los salteadores murieron en su camino al tratar de conseguir una carreta y sólo uno de ellos dio parte al médico que lo atendió en su lecho de muerte. Hasta hoy, el supuesto tesoro no se ha podido recuperar.

Este interesante libro cierra con una pequeña reflexión, en consonancia con una cita de Aldous Huxley: “lo único que se puede aprender de la historia es que nadie aprende de la historia”. De este modo, “los crímenes y los criminales que conforman este repertorio se suceden, se repiten y se multiplican debido a una serie de factores políticos y económicos que siempre fueron ignorados […] por las autoridades mexicanas”. Los autores concluyen que su recopilación “intenta fomentar la toma de conciencia frente a un problema que, por más intentos que se han hecho, jamás ha podido ser erradicado”.

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