El caso parecía sencillo y concluido. Sin embargo, la prensa descubrió una interesante historia detrás del mismo...
En la primera plana de "El Diario", en su edición del último día de 1909, se anunció un “gran golpe” dado por la policía al aprehender a Elías Migoya en el puerto de Veracruz, cuando estaba a punto de embarcarse hacia La Habana. De acuerdo con la nota, el joven era un estafador y, de hecho, “se le recogieron veinticinco mil ochocientos pesos, de los cuales llevaba veinticinco mil en letras de cambio y el resto en efectivo; entre éste, varias monedas extranjeras”.
En principio, el caso parecía sencillo y concluido. Sin embargo, la prensa descubrió una interesante historia detrás del mismo. El dinero sustraído pertenecía al señor Eulogio Rodríguez, un español octogenario originario de Santander radicado en México que pretendía iniciar un negocio y, a su llegada, conoció a la señora Catalina Pacachard, propietaria de la casa de huéspedes donde decidió alojarse.

En diferentes notas se señaló que la señora Pacachard tenía una hija, llamada Enriqueta Torres. Asimismo, informaron que, pasado un tiempo, el señor Rodríguez y la señora Pacachard entablaron una relación sentimental y unieron sus respectivos ahorros. Se fueron a vivir juntos e iniciaron un negocio de hipotecas, amasando una fortuna de veintiséis mil pesos que depositaron en una cuenta de cheques a nombre de ella y decidieron sólo usar los réditos obtenidos por sus préstamos mientras conservaban la suerte principal en el banco.
Así vivieron juntos un tiempo hasta que, a finales de 1909, la señora Pacachard enfermó de gravedad del corazón. Según las declaraciones, ante esta situación, los dos convinieron que la mejor opción era que ella girara un talón con la cantidad íntegra de sus ahorros para que él la pudiera retirar y evitar perderlo. Tristemente, la señora falleció en diciembre, por lo que Rodríguez resolvió recoger el capital del Banco de Londres, donde se encontraba. No obstante, debido a los achaques de la edad, tuvo la idea de comisionar a alguien para que lo presentara a su nombre. Para esta tarea consultó a Enriqueta, quien recomendó al joven Migoya.
Sin embargo, había inconsistencias sobre el crimen, pues se dijo que Migoya recibió el cheque de manos de Rodríguez, pero al día siguiente lo devolvió diciendo que no lo pudo cobrar “porque el timbre no estaba cancelado”. El anciano guardó la papeleta en su cartera y, cuando lo buscó más tarde, ya no estaba. Supuestamente, lo que sucedió fue que Migoya falsificó la libranza, lo hizo efectivo y luego entregó la copia a Rodríguez, no obstante, no se explicó la razón por la que el documento apócrifo desapareció.
Hubo otros rotativos que afirmaron que Migoya, fingiendo que no había tenido éxito en el cobro, devolvió el talón a Rodríguez y que prometió volver al día siguiente, cosa que nunca pasó. Ante esto, el anciano trató de cobrarlo por su cuenta, pero la institución financiera le aseguró que ya había sido cubierto y que el que presentaba era falso. Una versión más sostenía que, en realidad, Migoya había robado una hoja de la chequera del español.
Poco a poco se fue dando a conocer más información, aunque seguía habiendo discrepancias en los testimonios tanto de Migoya como de Rodríguez. De hecho, este último comenzó a parecer sospechoso cuando la policía se percató que la difunta Pacachard convenientemente había suscrito a nombre de su pareja el título de crédito tan sólo un día antes de morir y este había procedido de forma inmediata al cobro. Así, la investigación continuaba y el caso prometía ser sensacional.
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