El sistema político perfecto ha sido un anhelo que la humanidad ha intentado alcanzar desde épocas muy remotas. Diferentes pensadores han tratado de suplir este deseo creando lugares ficticios e idílicos, mismos que fueron vislumbrados por Tomás Moro y que son el tema de interés de Armando González Torres en su último título “Jardines en el cielo” (Ariel, 2025). En su introducción, el ensayista explica que es muy importante leer este tipo de idealizaciones “con una evaluación equilibrada de sus defectos y virtudes”, pues “para sus detractores, se trata de un género poco realista y voluntarista que suele incubar pesadillas […]. En cambio, para sus simpatizantes […] este modo de pensamiento constituye un motor innegable del cambio social”.

González Torres comienza su recorrido con el mencionado Moro y su libro “Utopía”, y aunque reconoce algunos trabajos previos de la misma índole, como “La República”, de Platón, indica que el inglés es quien inventa el nombre de este tipo de estructuras. Otras obras lo siguen en sus postulados: “La ciudad del Sol”, de Tommaso Campanella; “Cristianópolis”, de Johann Valentin Andreae, y “La Nueva Atlántida”, de Francis Bacon. Así, estos cuatro autores son considerados los pioneros del género y establecieron la confección propia del mismo: “una forma popular de crítica social, que mezcla la ficción con la realidad y la ironía con la denuncia”.

Posteriormente, González Torres señala varios intentos por materializar el prototipo utópico, empezando por los socialistas: Claude Henry de Rouvroy, Charles Fourier y Robert Owen. No obstante, no sólo en Europa se pretendía crear un orden infalible, en la América colonial, Vasco de Quiroga se erigió como utopista con sus pueblos-hospitales. Más tarde, diversos proyectos se gestaron en diferentes latitudes del continente, como la Nueva Australia de William Lane en Paraguay, la Colonia Cecilia de Giovanni Rossi en Brasil, el Topolobampo de Albert K. Owen en México, entre otros. Todos estos arquetipos tuvieron en común una proyección a pequeña escala, un inicio prometedor y un final desastroso.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

Lo mismo sucedió con modelos más modernos y ambiciosos, representados por tres de los gobiernos más sanguinarios de la historia: el estalinismo, el nazismo y el fascismo. Estos sirvieron no sólo para establecer un modelo impositivo y totalitario, sino también para provocar el desencanto respecto a las utopías. Sin embargo, la ilusión se mantendría viva con la pantisocracia, las vanguardias, los movimientos estudiantiles del 68, hasta desembocar en las actuales comunidades intencionales.

A lo largo de su recorrido, González Torres visita numerosos libros y autores, incluyendo distopías. Entre las obras enlistadas sobresalen “La noche de la esvástica”, de Katherin Burdekin; las popularísimas “1984” y “Rebelión en la granja”, de George Orwell, y “Un mundo feliz” y “La isla”, de Aldous Huxley. También señala mundos ideales feministas en títulos como “El mundo resplandeciente”, de Margaret Cavendish, o “Dallas”, de Charlotte Perkins Gillman, entre otras.

González Torres finaliza su ensayo presentando la ambivalencia de los resultados de este tipo de pensamiento: “es cierto que la utopía inspiró atrocidades históricas, pero también es cierto que, en parte gracias a la inspiración utópica, hoy son vigentes muchos valores que resultaban inimaginables antaño”. De tal manera, concluye, que “vale la pena ilustrarse y deleitarse de manera mesurada con ese género tan placentero como embriagante que es la utopía”.

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