Las bibliotecas son una de las creaciones en las que se conjugan muchas de nuestras grandes obsesiones, desde la voluntad de preservación y conservación, hasta la imaginación de las más recónditas narraciones que conviven en un recinto atemporal. Las hay tan connotadas como la de Alejandría, sobre la que se han escrito miles de páginas; también existen las que fungen como monumentos en las capitales del mundo y las que sirven como acopio de tradición y prestigio en los planteles universitarios.

Su huella se extiende a la historia de la literatura, prueba irrefutable de ello es su asimilación a los leitmotivs de la obra de Borges, en la cual aparece como compañera recurrente de su ceguera: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ medio la vez los libros y la noche./ De esta ciudad de libros hizo dueños/ a unos ojos sin luz, que sólo pueden/ leer en las bibliotecas de los sueños/ los insensatos párrafos que ceden/ las albas a su afán”.

Hay, sin embargo, una naturaleza íntima en las bibliotecas privadas, aquellas que de alguna manera acompañan y configuran la biografía de un sólo lector. Acerca de estas versa el famosos ensayo de Walter Benjamin, “Desembalo mi biblioteca”, en el cual desarrolla su poética sobre el coleccionismo y desmadeja los aspectos más entrañables por los que ha transitado como un aficionado a las obras que ha debido empacar para mudarlos de residencia.

Ángel Gilberto Adame
Ángel Gilberto Adame

Benjamin indica: “Apenas se aventura uno entre el montón de cajas [...] para extraer los libros de ellas, no tardan en amontonarse los recuerdos. [...] No hay biblioteca viva que no acoja criaturas semilibrescas, procedentes de campos limítrofes con el libro. No se trata forzosamente de álbumes, herbolarios, colecciones de autógrafos, pandectas (o textos edificantes) o cosas por el estilo: a algunos les dará por coleccionar panfletos o prospectos, a otros por facsímiles de manuscritos, [todos ellos] pueden ser piedras angulares de una biblioteca”. De acuerdo con el ensayista alemán, en la lectura se ejercita inevitablemente la memoria, por lo que desembalar los propios volúmenes se convierte en un acto ritual.

El escritor y bibliómano Alberto Manguel publicó una elegía y diez digresiones que marcan una línea de continuidad con el pensamiento de Benjamin. Con el título Mientras embalo mi biblioteca, Manguel ahonda en las expresiones humanas que se condensan en la contingencia inaudita de papel y tinta: “En el acto de armar una biblioteca, los libros, sacados de sus cajas ya a punto de ser ubicados, se desprenden de sus identidades originales y adquieren otras nuevas a través de asociaciones azarosas, adjudicaciones preconcebidas o etiquetas autoritarias. Muchas veces me he dado cuenta de que un libro que una vez tuve en las manos se convierte en otro cuando se le asigna una posición en la biblioteca”.

En ese tenor, Manguel insiste en que su colección libresca explica y resguarda buena parte de su identidad, y apunta: “Sé que toda mi historia verdadera está allí, en algún estante, y que lo único que necesito es tiempo y una oportunidad para encontrarla. Nunca lo hago. Mi historia sigue siendo esquiva, porque nunca es la definitiva”.

Crear y conservar una biblioteca personal implica insistir en la posibilidad de conversar con viejos amigos en el momento que cada uno, lector, lo requiera, así como resguardar la llave para acceder al país imaginario, carente de fronteras, del que somos los únicos ciudadanos admisibles.

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