Dentro de una mudanza cabe toda una vida que da pie a la escritura y a la reflexión. Este fue el pensamiento que llevó a Malva Flores a escribir Manual para el crítico literario en emergencias (Pértiga, 2024). En este, se muestra la tarea que nunca termina: la crítica. Para la autora seleccionar los libros que la van a seguir acompañando y los que tiene que abandonar, discernir sobre lo que se escribe en redes acerca de La Divina Comedia, hasta votar en Twitter (hoy X) por el siguiente libro que leería en conjunto con otros usuarios, luego del #Dante2018, es una tarea difícil que sólo la puede resolver un crítico.

La autora evidencia el estado de la crítica actual, la cual “brilla por su ausencia y sólo aparece en la extraña forma de elogio, pues prácticamente hemos prohibido todas las palabras que demuestran que algo está mal escrito o pensado”. Dentro de la academia, las cosas no son diferentes, pues los ensayos literarios parecen un coro de elogios mutuos o se enfocan en minucias. Por otro lado, la gran escucha la tienen las redes sociales, ahí las personas comparten sus sentimientos, no valoraciones objetivas. Para la poeta, el gran problema son las lecturas fallidas, pues antes de ser un crítico se tiene que ser buen lector. Asimismo, la autora trae a colación a Gabriel Zaid, de quien recupera que la vida literaria no es social, sino íntima en un principio: “Hay que saber leer para que ese acto se convierta en un hecho concreto”.

Esta pequeña colección de ensayos tuvo una buena recepción, muestra de ello son las reseñas de Christopher Domínguez Michael, Adolfo Castañón y Jesús Silva Herzog. El primero comparte su visión de la teoría literaria a contraluz y enfatiza que “la pregunta más importante de Flores [es] […] aquella sobre cómo esta edad agresiva y puritana practica la censura desde un poder de esos censores que desplazaron a los dioses de las islas […]. El peligro es salvarse del naufragio en la orilla de la autocensura”.

Malva Flores
Malva Flores

Castañón, por su parte, compara el Manual con las reflexiones de Ludwig Wittgenstein respecto al acomodo de una biblioteca. De igual manera, comparte sus consideraciones acerca de las redes sociales y relaciona distintas secciones con otros libros de la misma autora. Hacia el final de su texto, describe a la obra “como un pacto imposible, o al menos muy difícil, entre memoria personal, experiencia literaria y valoración crítica”.

Por último, Silva Herzog relaciona el texto de Malva con un ensayo de Walter Benjamin y recuerda el interés de varios autores por el orden de una biblioteca personal: “Pienso en Calasso, en Perec, en Virginia Woolf, en Eco y en Manguel”. Continúa explicando que las mudanzas exigen una “poda” de libros, pues, por supuesto, el meollo del asunto se encuentra en decidir cuáles se conservan. Además, afirma que para la poeta la llave es “la calidad de la escritura. Eso es lo único que importa”.

Así, gracias a las implicaciones que conlleva depurar una biblioteca personal durante una mudanza, Malva Flores nos ayuda a caer en cuenta sobre los dilemas que enfrenta la literatura en todos los ámbitos, como lo son, entre otras cosas, la difusión, los favoritismos, los seudolectores y los seudoescritores, y la vida personal por encima de la poesía. Por otro lado, nos presenta a sus maestros: Octavio Paz, José Gorostiza, José Emilio Pacheco y Sergio Pitol, con los cuales, al igual que ella, podemos emprender el viaje para perder el miedo de ser buenos lectores y, quizá, buenos críticos.

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