El 1° de mayo de 1901, en el marco del 34° aniversario del fin de la Segunda Intervención Francesa, el general Mariano Escobedo le escribió una carta a Porfirio Díaz donde se evidenciaba la relación amistosa que en ese momento tenían. Sin embargo, esto no fue siempre así, ya que en el pasado habían tenido varios roces.
Escobedo había ocupado los estados del noroeste entre 1866 y 1867, provocando que Maximiliano concentrara su ejército en Querétaro. Así, el nuevoleonés, como comandante supremo, ordenó que todas las fuerzas republicanas se reunieran para sitiarla, incluyendo a las tropas de Díaz, que a su vez se encontraba asediando la Ciudad de México. No obstante, Díaz nunca acudió, aunque envió municiones que ayudaron a derrotar a los franceses.
Una segunda desavenencia ocurrió cuando Díaz se rebeló bajo el Plan de Tuxtepec contra Sebastián Lerdo de Tejada en 1876, pero fue vencido ignominiosamente por Escobedo en Icamole, Nuevo León, lo que le valió al rebelde el apodo de “El llorón de Icamole”. Un año más tarde, después de que el oaxaqueño lograra hacerse del poder, Escobedo tuvo que exiliarse en Nueva York. Dos años después, se levantó en armas en Tecoac, mas no corrió con la misma suerte, ya que perdió contra las tropas gubernamentales lideradas por Manuel González y, para lograr la amnistía, tuvo que reconocer al mandatario en turno.
A partir de entonces, la relación entre ambos mejoró, Escobedo incluso comenzó a figurar en el sistema político y ocupó diversos cargos: en 1880, fue comisionado como miembro de la junta para reformar la Ordenanza General y, en 1882, fue presidente de la Suprema Corte de Justicia Militar. También acudía a eventos importantes junto al oaxaqueño como banquetes, premiaciones y conmemoraciones.

El vínculo se estrechó tanto que, en las misivas, como la que mencioné al inicio, Escobedo se refería al dictador como “respetado señor presidente y distinguido amigo” y le informaba temas tan íntimos como que no pudo visitarlo por un tiempo debido a que “sufrí un ataque que me privó del conocimiento durante diez horas, y me ha dejado por ahora imposibilitado de salir”. Díaz, por su parte, se preocupaba por el militar y le respondía: “mi estimado compañero y amigo con pena me he [enterado] […] [del] accidente que sufrió y deseo que […] se reestablezca”.
A pesar de que es posible que el nuevoleonés alguna vez haya ansiado la silla presidencial —pues, debido a sus logros y carrera militar, no le era lejana—, permaneció fiel al régimen del caudillo. Tal y como lo afirmó “El Popular”: “allá por el año de 90, se le ocurrió a don Gonzalo A. Esteva, director del Nacional, obsequiarlo [a Escobedo] con la candidatura a la presidencia de la República; pero el general dijo que no fumaba, ni mucho menos se chupaba el dedo. Quizás alguna vez haya soñado con la dorada silla; pero sólo la almohada podría dar cuenta y razón de sus confidencias”.
Es posible que este haya sido uno de los motivos por los que el presidente mantuvo su aprecio hacia Escobedo, incluso en el lecho de muerte de este último, pues se dijo que, en sus horas finales, Bernardo Reyes y Díaz “habían estado recibiendo noticias telefónicas o telegráficas cada hora sobre el estado del respetable enfermo”. Escobedo falleció el 22 de mayo de 1902 y fue despedido con los honores de un héroe militar. La prensa comentaba que “el general Díaz apreciaba entrañablemente al señor Escobedo no sólo por los servicios prestados a la patria, sino también por sus cualidades”.

