El poeta romano Juvenal escribió hace muchos siglos de un público que deseaba “pan y circo” para entretenerlos en vez de resultados concretos de su gobierno u obligaciones cívicas. No sería una exageración describir parte de lo que está pasando en Estados Unidos en estos momentos con esa frase, y ese público tiene un maestro de ceremonias sumamente experto en el presidente del país. Y todo esto tiene implicaciones importantes para la fecha límite que viene este fin de semana para terminar las negociaciones entre los gobiernos de México y Estados Unidos sobre seguridad y migración, y evitar la imposición de aranceles.

Como en muchos países, los estadounidenses han vivido cambios económicos, sociales y culturales vertiginosos en poco tiempo. La composición de la población ha cambiado por la migración, las normas sociales se han ido liberalizando y la economía ha crecido rápidamente pero con muchos sesgos entre los que se han beneficiado de estos cambios y los que han quedado estancados. En muchas partes del público norteamericano hay un hambre para regresar a lo que hubo, a echar marcha atrás a los cambios que han transformado la vida cotidiana, las formas de convivir, el sentido de comunidad y el sustento de las familias. Para algunos es un deseo muy concreto de vivir mejor, pero para muchos otros es un sentimiento mas difuso y simbólico de rechazar lo que ha cambiado.

El presidente Donald Trump, un hombre que hizo una fortuna en la industria del entretenimiento, entre casinos, hoteles y televisión, entiende esa hambre, y sabe aprovecharla. Sabe que hay que enseñarles a sus seguidores quiénes son los enemigos: la burocracia gubernamental, países socios desleales, personas transexuales, migrantes indocumentados y otros que merecen ser repudiados. Ha construido una campaña mediática impresionante basada en movilizar el malestar, identificar a los enemigos y proponer soluciones dramáticas. Importa menos la solución específica a cada problema, que el símbolo de atacar a los malhechores.

Para los gobiernos que están negociando acuerdos con Trump, incluyendo el gobierno mexicano, hay que entender esa lógica y hay que buscar acuerdos que dan algo de que hablar. No es suficiente buscar la mejor solución a los problemas que se están tratando, sino de sugerir medidas grandilocuentes que pueden alimentar las necesidades mediáticas del interlocutor en su política doméstica. La promesa de la presidenta Claudia Sheinbaum, de enviar 10,000 elementos de la Guardia Nacional a la frontera, por ejemplo, era un ofrecimiento apto para esto, algo que se pudo anunciar en grande y que pareció más importante de lo que era en la práctica.

Hacia las negociaciones finales, habrá que ver qué más puede ofrecer el gobierno mexicano en temas de seguridad y migración que sigue ese patrón, compromisos que se pueden anunciar como algo nuevo, diferente, grande, que sirve para dar al maestro de ceremonias lo que necesita para alimentar el hambre del público para ese cambio simbólico que desean.

Detrás de eso tendrá que haber sustancia también. Los dos gobiernos deberían tener un interés común en reducir el control que tienen los grupos de crimen organizado y de generar procesos migratorios más regulares y predecibles. Pero habrá que hacer esta sustancia brillar con declaraciones grandes y bombásticas también, algo que sugiere cambios enormes y satisfacen al deseo de pan y circo, aun si las medidas tomarán tiempo para ser efectivos en la práctica.

Presidente del Instituto de Políticas Migratorias. @seleeandrew

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