Ayer se cumplió un año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Doce meses de locura tras locura. La más reciente, el mensaje que le envió al primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Støre, reclamándole que, como no le habían dado el Premio Nobel de la Paz, ya no se sentía obligado a procurar la paz en el mundo.
La anécdota cuesta trabajo desmenuzarla. Primero, porque Trump no ha logrado ningún tipo de paz. Presume haber resuelto ocho conflictos, entre ellos una supuesta guerra entre Azerbaiyán y Albania. Un conflicto que simplemente no existe. Segundo, porque el Nobel de la Paz no lo entrega el gobierno de Noruega y el primer ministro no tiene injerencia alguna en las decisiones del Comité Noruego del Nobel. Y tercero, porque resulta incomprensible que un berrinche personal sea lo que motive a Trump a dinamitar la relación con sus antiguos aliados europeos y con la OTAN, incluso amenazando con quedarse con territorios como Groenlandia.
Cuando Trump habla de “Hacer América Grande Otra Vez”, parece referirse más a extender fronteras que a fortalecer la economía. No es casual que ayer difundiera una imagen creada con inteligencia artificial donde Groenlandia, Canadá y Venezuela aparecen cubiertas por la bandera estadounidense, como si ya fueran territorios bajo su control. No es una ocurrencia gráfica, es una declaración de ambición que ya debemos de entender que hay que tomar en serio.
El primer ministro canadiense Mark Carney lo está haciendo. Ayer desde Davos condenó firmemente los aranceles y amenazas vinculados a Groenlandia. Dijo que lo que se vive con Trump y EUA es una ruptura y no una transición. Además, Ottawa firmó la semana pasada un acuerdo con China para diversificar el comercio y reducir su dependencia de Estados Unidos, una señal clara de que la estrategia tradicional de alineamiento con Washington está siendo reconsiderada.
Y es que la guerra arancelaria de Trump ha sido el sello de este primer año. Aranceles como castigo, como amenaza, como moneda de cambio. Todo sirve, aunque el costo político termine pagándolo el Partido Republicano en las elecciones intermedias de noviembre.
Porque, en los números, la gestión no entusiasma. El promedio de encuestas de Real Clear Politics muestra un saldo claramente negativo: en economía, Trump registra -15 puntos (40.9% aprueba frente a 55.9% desaprueba); en política exterior -13; en migración -4; en inflación y costo de vida -23; y en el manejo de Rusia-Ucrania -20.3. El único rubro donde apenas logra salir a flote es el conflicto Israel-Palestina, con un marginal +1. En otras palabras, si el presidente se autoproclama genio, la opinión pública no parece estar de acuerdo.
Por más que insista en culpar a Joe Biden por la mala economía, un reporte reciente de la Cámara de Representantes estima que la inflación durante el gobierno de Trump le costó a los hogares estadounidenses, en promedio, mil 625 dólares durante 2025.
Hace unos días, en entrevista con el New York Times, Trump fue cuestionado sobre si existía algún límite a su poder. Respondió que solo su propia moral. Este año habrá elecciones y ahí se medirá su aprobación real. Trump puede repetir que ha sido el mejor presidente de la historia, pero aunque mienta a la opinión pública, sus acciones delatan que no se miente a sí mismo.
Si estuviera seguro de su éxito, no coquetearía con la idea de cancelar elecciones intermedias. Sabe que perder el control de la Cámara de Representantes es una posibilidad real. Tampoco tendría prisa por rebautizar edificios públicos como el Kennedy Center o el aeropuerto Dulles con su nombre. La urgencia por inmortalizarse suele ser el síntoma más claro de quien sabe que el veredicto está en camino.
Y apenas vamos en el año uno.
@AnaPOrdorica
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