Nicaragua ya no es sólo una dictadura. Es una codictadura. Daniel Ortega y Rosario Murillo se adueñaron del país y gobiernan en pareja, como si Nicaragua fuera una empresa familiar. El escritor Sergio Ramírez, a quien lo despojaron de su nacionalidad por pensar distinto, lo resumió en una columna de ayer en El País. Ortega es un Napoleón tropical que coronó a su esposa.

El 19 de julio, durante la conmemoración de la Revolución Sandinista, Ortega anunció “Que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones”. Con esa frase cayeron las pocas máscaras que quedaban. Hasta las dictaduras más cerradas mantienen el rito de las elecciones. En Corea del Norte se vota por una sola opción; en Cuba, China y Rusia se celebran procesos sin competencia real. Ortega decidió que ni la simulación vale la pena.

Esto no ocurrió de un día para otro. Ortega volvió al poder mediante una elección en 2006 y desde entonces desmontó cualquier contrapeso. Después de las protestas de 2018, que dejaron cientos de muertos, encarceló opositores, cerró organizaciones civiles, persiguió a la Iglesia, expulsó periodistas y despojó de la nacionalidad a centenares de críticos. A mí me tocó estar en ese momento en Managua y la sensación de miedo y vulnerabilidad es indescriptible. En 2025, una reforma convirtió a Murillo en copresidenta, amplió el mandato a seis años y subordinó los poderes del Estado a la pareja. El anuncio de ahora no inauguró la dictadura, sólo le quitó las máscaras.

Estados Unidos y la ONU condenaron la decisión; Panamá y República Dominicana llamaron a consultas a sus embajadores.¿Y México? Cuando se le preguntó a Claudia Sheinbaum por la postura del país y la falta de una condena, respondió que “primero es la autodeterminación de los pueblos, lo que decida el pueblo de Nicaragua”, y agregó que su gobierno está de acuerdo con la democracia “en todos sus términos”.

¿Cómo puede decidir un pueblo al que le acaban de cancelar el mecanismo para hacerlo? Pedirle al pueblo nicaragüense que decida es como pedirle a alguien maniatado que se sirva un café.

La frase recuerda lo que dijo Donald Trump al anunciar la muerte del Ayatolá Jamenei tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel contra Irán: “Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno”. Como si una población desarmada pudiera derribar con voluntad a una Guardia Revolucionaria armada hasta los dientes. Las protestas iniciadas a finales de 2025 ya habían dejado miles de muertos. Tanto Sheinbaum como Trump trasladan a los pueblos sometidos la responsabilidad de hacer aquello que las armas del régimen les impide.

El artículo 89 de la Constitución obliga al Ejecutivo a observar la autodeterminación y la no intervención, sí, pero también el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos. Condenar la supresión de elecciones no significa ordenar una invasión ni desconocer la soberanía de Nicaragua. Significa reconocer que la soberanía pertenece al pueblo, no al matrimonio que lo gobierna.

La respuesta de Sheinbaum no fue prudencia diplomática. Fue una evasión. México puede negarse a intervenir y, al mismo tiempo, llamar dictadura a una dictadura. Puede defender la soberanía sin convertirla en coartada para autócratas. La no intervención fue concebida para proteger a los pueblos frente a potencias extranjeras, no a los gobiernos frente a sus ciudadanos.

Ortega abolió las elecciones. Cuando frente a eso Sheinbaum habla de autodeterminación me preguntó si para la Presidenta la codictadura no solo no le parece condenable sino que incluso le resulta atractiva.

@AnaPOrdorica

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