El medio tiempo del Super Bowl no fue un espectáculo más. Fue una declaración cultural en uno de los escenarios más vistos del planeta. Bad Bunny, el artista puertorriqueño que ha convertido el español en idioma dominante del pop global, tenía todo para salir a cobrar facturas. El clima político en EUA es muy complicado; la conversación pública, incendiaria. El desprecio de muchos republicanos a su tierra natal, Puerto Rico, es constante.
En los días previos al partido, sectores vinculados al movimiento MAGA amagaron con boicotear el espectáculo. Incluso hubo un show alterno de Kid Rock, convertido inexplicablemente en símbolo musical del trumpismo cuando sus canciones hablan de pederastia en momentos en que el escándalo de Epstein está a flor de piel. Pero con esta decisión,
El medio tiempo se convirtió en un campo de batalla cultural. La NFL como rehén de la polarización. El artista latino como provocación.
Y Bad Bunny eligió otro guion.
En lugar de la confrontación, optó por una frase sencilla pero potente: el amor es más fuerte que el odio. En un país que vive una fractura profunda, la polarización no es solo partidista; es cultural, identitaria, lingüística. La política estadounidense actual se alimenta de la indignación permanente. El trumpismo ha construido su fuerza en la narrativa del agravio. En donde el sistema está en tu contra, te están quitando algo, alguien debe pagar.
Bad Bunny no renunció a su identidad ni a sus raíces; al contrario, las celebró con orgullo. Pero evitó la tentación de la revancha. No convirtió el escenario en tribunal. No habló desde la rabia. Habló desde la posibilidad.
Y con ello me pregunto ¿es posible una restauración post-Trump? ¿Puede Estados Unidos reconfigurarse después de esta década de odio, nacionalismo en su peor expresión y desprecio por los valores que antes se preciaba de enarbolar?
Ayer en el Financial Times, Gideon Rachman apuntaba que empiezan a verse pequeñas grietas en lo que parecía un bloque monolítico. Las manifestaciones en Minneapolis contra las políticas migratorias de la Casa Blanca han congregado a miles de ciudadanos. Así también se sintió el posteo que hizo Trump de una imagen de Barack y Michelle Obama como simios. El rechazo obligó a retirar el post. Y hay que agregar los resultados en elecciones locales de sitios que se creían fuertes para Trump como Texas, Florida y Luisiana, en donde sus candidatos han sido derrotados. Son la antesala de las intermedias.
Por supuesto, sería ingenuo cantar victoria. El caso de Jeffrey Epstein volvió a sacudir a la administración cuando salieron a la luz documentos del Departamento de Justicia que exhiben correspondencia frecuente entre el financiero y el secretario de Comercio, Howard Lutnick, quien había negado una relación cercana. Las críticas golpean al gabinete. Trump, en cambio, mantiene esa cualidad casi teflónica que lo ha acompañado durante años, pese a aparecer también en los documentos.
Sin embargo, el hecho de que existan costos políticos sugiere que la coalición no es invulnerable. Que la fortaleza puede resquebrajarse. Que el trumpismo, aunque potente, no es sinónimo de destino irreversible.
En ese contexto, el mensaje de Bad Bunny adquiere otra dimensión. No es solo una frase bonita en un espectáculo de entretenimiento. Es una apuesta cultural por la posibilidad de recomposición. Una invitación a imaginar que Estados Unidos puede ser más que su etapa de mayor estridencia.
Bad Bunny eligió no hablar desde la herida, sino desde la esperanza. Apostó por el amor como narrativa pública. Tal vez todavía es pronto para decretar una restauración post-Trump. Pero también es pronto para darla por imposible.
@AnaPOrdorica

