Uno de los afrodisiacos más poderosos es el poder. Algunas mujeres sienten una atracción especial por los hombres poderosos, los que acumulan una enorme riqueza, los que se atreven y son capaces de lanzarse con decisión a una aventura. Y muchos de los hombres del poder —como ocurre con los jefes de grupos criminales— se sirven de esa condición para poseer a mujeres que son deseadas por otros hombres: modelos, actrices o reinas de belleza que resultan una especie de trofeo.

En los años de la post revolución, los jefes políticos, lo mismo en puestos de gobierno que en la conducción de las centrales obreras —como la CROM de Luis N. Morones— solían tener como amantes a las artistas de la época: las coristas de los teatros, las actrices de la incipiente industria cinematográfica. Le atribuyen al expresidente Miguel Alemán Valdés la frase: “antes nosotros las hacíamos actrices, ahora se casan con ellas”.

El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, se divorció de Cécile Ciganer para casarse con la modelo y actriz Carla Bruni; Katy Perry, la cantante y actriz norteamericana, es la nueva pareja de Justin Trudeau, ex primer ministro de Canadá. En México, las historias se multiplican y dicen mucho de los refinados gustos de los jefes de Estado: Gustavo Díaz Ordaz y La Tigresa, Irma Serrano; José López Portillo y Sasha Montenegro; Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera...

En ocasiones, dice Francesco Alberoni, los ingredientes de la seducción son el engaño, la manipulación y la adulación. El seductor finge, pero también finge la enamorada. Concluido el sexenio de Peña Nieto, se formalizó el divorcio con La Gaviota, la comedia había terminado, algo así ocurrió a finales del gobierno de Luis Echeverría cuando “destapó” como su sucesor a José López Portillo, secretario de Hacienda, rompiendo la tradición de que el candidato presidencial fuera el titular de la Secretaría de Gobernación, Marcela Ibáñez, la esposa de Mario Moya Palencia, le pidió el divorcio: no más simulaciones, si ya no sería la Primera Dama, tampoco sería la esposa del aspirante derrotado.

Con el ascenso en la participación política de las mujeres ha crecido su participación real o simbólica. Hoy una mujer es la titular del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión y muchas otras ocupan cargos de poder: gubernaturas, secretarías de Estado, liderazgos camerales... Sin embargo, en México el machismo sigue prevaleciendo en todos los espacios, aún en los grandes corporativos (muchos de ellos no han dejado de ser empresas familiares), las posiciones clave las ocupan los hijos varones o los yernos; las hijas, aunque sean más talentosas que los varones son marginadas de los puestos de dirección o asignadas a papeles “para mujeres”: presidir fundaciones u otras instituciones filantrópicas.

Y algo lamentable: algunas de esas mujeres empoderadas, como la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, replican los viejos usos del poder; mientras otras simulan gobernar, imitan, incluso, hasta el sonsonete de quien las puso allí.

Presidente de Grupo Consultor Interdisciplinario.

@alfonsozarate

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