Cuando las comadres se pelean, salen las verdades. —Refrán popular

Lejos de representar un agregado de militantes que comparten su visión de país y un proyecto político, Morena es un amasijo de trayectorias, dogmas, visiones e intereses muchas veces encontrados. En su obsesión por alcanzar el poder a cualquier costo, López Obrador sumó a personajes señalados por sus presuntos vínculos con el crimen organizado, como el senador Adán Augusto López Hernández y los gobernadores Rubén Rocha, de Sinaloa; Américo Villarreal, de Tamaulipas, y Alfonso Durazo, de Sonora. Pero también agregó a Layda Sansores, hija de “El Negro”, Carlos Sansores Pérez —cacique de Campeche—, uno de los ejemplares que mejor representa la corrupción del viejo régimen; a Félix Salgado Macedonio, denunciado como acosador sexual; a Gerardo Fernández Noroña, el señor de los escándalos y, desde luego, a trepadores como Mario Delgado o los integrantes de la familia Monreal, sin faltar los “duros”, guardianes del Evangelio como Héctor Díaz Polanco, Paco Ignacio Taibo II, Rafael Barajas, El Fisgón, y Marx Arriaga.

En Morena, el factor que permitió que a pesar de sus orígenes diversos (tribus, sectas, partidos y narcos) se mantuvieran unidos, fue la presencia del caudillo, Andrés Manuel López Obrador; algo así ocurrió muchos años atrás con el Frente Democrático Nacional (FDN): una mixtura de grupúsculos amalgamados por el liderazgo anticlimático de Cuauhtémoc Cárdenas

Las disputas y los jaloneos entre morenistas empezaron con patadas bajo la mesa, pero ahora se exhiben públicamente como ocurrió con el encontronazo de los coordinadores parlamentarios en el Senado y en la Cámara de Diputados por el (mal) uso de enormes recursos públicos o el golpeteo de Layda Sansores, gobernadora de Campeche, contra Ricardo Monreal; los evidentes desencuentros entre Morena y sus aliados en torno a la iniciativa de reforma político-electoral, o con las denuncias de Marx Arriaga contra Mario Delgado o de Julio Scherer contra Jesús Ramírez Cuevas.

Otro frente de guerra es el que presentan los gobernadores que recién llegaron y que sustituyen a otros gobernadores también morenistas. En Tabasco, la tierra de Andrés Manuel, el gobernador Javier May denuncia a su antecesor, Adán Augusto, que nombró como secretario de Seguridad Pública a Hernán Bermúdez, cabeza del grupo criminal “La Barredora” y que heredó, dice, la pudrición.

Cuando apenas había iniciado su gobierno, el gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez, reprobó a Rutilio Escandón, quien lo antecedió en el puesto y no obstante su desastroso desempeño, fue nombrado cónsul de México en Miami. Algo similar ocurre en Morelos, donde la gobernadora Margarita González Saravia denuncia la corrupción de su antecesor, Cuauhtémoc Blanco.

Y falta advertir lo que viene. La disputa por las candidaturas (como ocurre con Saúl Monreal en Zacatecas) llevará a fracturas y revelaciones que mostrarán la verdadera catadura de la clase gobernante. Y todo esto ante un notable vacío de autoridad. El único que puede poner orden reside en Palenque.

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