Hemos llegado, como país, a un momento en el que el escenario más disparatado resulta apenas inercial. Durante el mandato de Andrés Manuel López Obrador sus ideas más delirantes se convirtieron en realidad. La destrucción de todos los avances que llevaba el nuevo aeropuerto para la Ciudad de México, que implicó tirar a la basura alrededor de 300 mil millones de pesos; convertir la Base Aérea Militar en Tizayuca, con una precaria conectividad, en el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México; construir el Tren Maya que arrasó con franjas de la selva y que, como Pemex, requerirá de subsidios permanentes; la Mega Farmacia “con todas las medicinas del mundo” que podrían llevarse a cualquier rincón de México en menos de 48 horas; la tontería de que gobernar no tiene ciencia y de que los funcionarios deben reunir un 90% de honestidad y solo 10% de capacidad profesional, o su consigna de “abrazos, no balazos” que estableció un pacto con las organizaciones criminales.

La realidad le ha mostrado a López Obrador que el discurso adulador, los incrementos a los salarios y las pensiones sociales han ofuscado a millones de mexicanos que no son capaces de cuestionarle nada. Si dice que tenemos un sistema de salud mejor que el de Dinamarca, ninguno de sus devotos se atreve a desmentirlo, aunque los hospitales no tengan las medicinas que recetan sus médicos y la cita para una intervención quirúrgica pueda diferirse por meses.

Durante el siglo XIX la adicción al poder se expresó en el ir y venir de Antonio López de Santa Anna, su Alteza Serenísima; en un Benito Juárez aferrado al poder, al que solo lo jubiló la muerte o la larga dictadura de Porfirio Díaz, a la que le puso fin una revolución. En el siglo XX el caso más notable fue el del general Álvaro Obregón, el caudillo, cuya reelección impidió José de León Toral.

Lo que el presidente López Obrador construyó en solo seis años es una autocracia, un régimen sin contrapesos, con el respaldo dócil de sus mayorías parlamentarias, el beneplácito de anchas franjas sociales mantenidas por sus programas sociales y la indolencia del resto.

No faltaron quienes, como el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, le propusieron a López Obrador que “le hiciera una curvita al asunto” (de la no reelección) para permanecer en el cargo. ¿El argumento para semejante despropósito?, que seis años no alcanzaban para cimentar una transformación de gran calado y solo había un hombre capaz de concluir esta tarea titánica.

¿Parece un escenario absurdo el regreso de López Obrador, el hombre indispensable que ha advertido que solo saldría de su refugio para defender a la Patria? Para las elecciones presidenciales de 2030, Andrés López Obrador tendrá 77 años. Porfirio Díaz tenía 80 años en 1910, cuando se postuló para un cuarto periodo presidencial. Por una causa superior, por el bien de todos…, el regreso de Andrés Manuel no es un disparate.

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