El 8 de enero de 1959 entraron a La Habana los barbudos de Sierra Maestra, la revolución había triunfado y el dictador Fulgencio Batista había huido a la República Dominicana. El hombre que en distintos momentos había afirmado que creía en la democracia representativa y en la justicia social, el 2 de diciembre proclamó: “soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida”.
Su alineamiento con la Unión Soviética y la afectación a los intereses norteamericanos en Cuba hicieron el choque inevitable. El 15 de abril de 1961 se produce la invasión a Playa Girón, los invasores patrocinados por EU fueron derrotados. En ese ambiente de confrontación, el presidente Kennedy lanzó una advertencia a Cuba y a toda América Latina: la doctrina interamericana de no intervención no sería la excusa para una política de inacción, EU volvía a asumir el papel de policía internacional.
Las solicitudes del canciller de Perú y más tarde el de Colombia para convocar a una reunión del órgano de consulta de ministros de relaciones exteriores, ante las amenazas a la paz que podían surgir de la intervención de potencias extracontinentales, logró la aprobación de la mayoría. La Organización de Estados Americanos (OEA) convocó a los ministros de relaciones exteriores, cuya sesión inaugural se celebró el 22 de enero de 1962 en Punta del Este, Uruguay.
La historia oficial solo recuerda que el voto mexicano se separó del resto que decidió la expulsión de Cuba del organismo interamericano y que, rompiendo el consenso, mantuvo las relaciones diplomáticas y comerciales con la mayor isla del Caribe. Lo que no dice esa historia es que fue el representante de México, el canciller Manuel Tello, quien ofreció el argumento tosco e ilegal para expulsar a Cuba.
Tello aludió al discurso de Castro en que se declaró marxista-leninista: “Por primera vez en la historia de América, uno de nuestros gobiernos declara nítidamente asumir una ideología y un sistema político que es del todo extraño al que hasta ahora ha sido el denominador común de las instituciones propias de los pueblos del Nuevo Mundo... En los tiempos del Libertador —argumentó Tello— se hablaba de repúblicas y monarquías; hoy oponemos más bien la democracia al totalitarismo”, por lo anterior, concluyó: “parece indudable que existe una incompatibilidad radical entre la permanencia en la Organización de Estados Americanos y una profesión política marxista-leninista...”
A pesar de haber aportado el argumento para la expulsión, el gobierno de México decidió mantener las relaciones con Cuba, detrás de este aparente arrebato de dignidad, estuvo una visión pragmática: convertir a México en un santuario: los cubanos no intentarían exportarnos su revolución y, en segundo lugar, posibilitar la operación de la CIA en México para monitorear a la embajada cubana y de esa forma identificar sus redes con diversos grupos guerrilleros en América Latina, la Dirección Federal de Seguridad contribuía en esas tareas. Un arreglo en el que todos ganaron: Cuba, México y Estados Unidos.
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