Hay momentos en la historia económica de un país en los que los indicadores dejan de ser simples cifras y se convierten en señales de alerta. México atraviesa ese momento. No se trata únicamente de ciclos económicos normales ni de ajustes postpandemia: estamos frente a un modelo de gobierno que, lejos de fortalecer las bases productivas, parece orientado a debilitarlas sistemáticamente.

El modelo que promueve Morena descansa, en los hechos, en la irresponsabilidad fiscal selectiva, la exfoliación de empresas y emprendedores —asfixiados por incertidumbre regulatoria y presión política—, el despilfarro en obras de dudosa rentabilidad social y económica, y la cancelación silenciosa de oportunidades a través de una educación pública cada vez más desconectada del mercado laboral global. El resultado no es casual: es estructural.

La economía mexicana enfrenta en 2026 una etapa clara de desaceleración. Tras un crecimiento mediocre de apenas 0.7% en 2025, las proyecciones para 2026 oscilan entre 1.25% y 1.3%. Este ritmo es insuficiente para absorber el crecimiento poblacional, generar empleos formales de calidad y sostener programas sociales sin comprometer las finanzas públicas.

Aunque el sector servicios sigue siendo el principal motor económico, su fortaleza es, en parte, un reflejo de la debilidad de otros sectores estratégicos. México corre el riesgo de convertirse en una economía terciarizada sin suficiente músculo industrial y sin la inversión tecnológica necesaria para competir en la economía del conocimiento.

La industria mantiene relevancia gracias a la reconfiguración de cadenas globales de valor y al nearshoring, pero este potencial está lejos de aprovecharse plenamente por la falta de certidumbre jurídica y energética.

Cuando el Estado prioriza proyectos de alto costo y baja rentabilidad social, reduce el espacio fiscal para infraestructura productiva, educación técnica, innovación y seguridad jurídica. Y sin estos pilares, no hay crecimiento sostenido.

Otro elemento profundamente preocupante es la desconexión entre el modelo educativo y las necesidades reales del mercado laboral. Mientras el mundo compite en inteligencia artificial, automatización y manufactura avanzada, México corre el riesgo de formar generaciones con herramientas insuficientes para insertarse en la economía global.

Cancelar oportunidades no siempre se hace con decretos. A veces se hace con programas educativos mal diseñados.

Si el país no corrige el rumbo, la economía podría entrar en un ciclo prolongado de bajo crecimiento, baja inversión y oportunidades perdidas. Y en economía, el estancamiento también es una forma de colapso: no el que llega con estruendo, sino el que avanza lentamente, erosionando el futuro generación tras generación.

Hoy la pregunta no es si México puede crecer. La pregunta es si quienes toman decisiones están dispuestos a permitir que el país lo haga.

Presidente Nacional del PRI

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