El próximo 24 de marzo se cumplen 50 años del golpe militar. No fue un producto espontáneo, ahistórico. En la historia argentina se apreciaba al terror como sistema, no como excepción.

Entremos a algunos detalles. Nos apoyamos en lo planteado por Eduardo Castilla (Orden, proscripción y saqueo: el régimen neo-libertador de Milei, Clarín, Techint y el FMI, La Izquierda Diario, 26/06/2025): “1955 se transformó en un año de guerra civil contra las masas populares. Las bombas asesinas que el 16 de junio cayeron sobre esos puntos negros que corrían a través de Plaza de Mayo prologaron el régimen Libertador”. En la página oficial de la Subsecretaría de Derechos Humanos (Ministerio de Justicia, Argentina, consultado el 27/06/2025), se señalaba: “Pocas veces en la historia mundial miembros de las Fuerzas Armadas de un país, con la connivencia de sectores políticos y eclesiásticos, descargaron sus bombas y ametrallaron a la población civil como forma de implantar el terror e intentar tomar el poder. En toda la historia argentina, a su vez, jamás una ciudad fue objeto de un bombardeo por parte de fuerzas extranjeras”. Continúa el texto: “El 16 de junio de 1955, la Armada Argentina, con apoyo de sectores de la Fuerza Aérea, encabezó un ataque que tenía como objetivo principal asesinar al presidente Juan Domingo Perón y a los miembros de su gabinete para consumar así un golpe de Estado […] Aviones que surcaron el cielo del centro de Buenos Aires lanzaron más de cien bombas con un total de entre 9 y 14 toneladas de explosivos”. Con esta operación se desarmaba, señala Castilla, “el poder de cuerpos de delegados y comisiones internas” sindicales, es decir, representación obrera democráticamente elegida por sus bases.

En junio de 1966, el 28 de junio, el teniente general Juan Carlos Onganía derrocaba al presidente Arturo Illia mediante un golpe militar, caratulado como "Revolución Argentina". Régimen de facto que instauró una dictadura corporativista autoritaria, en donde las tareas destacadas fueron la represión, la suspensión de la democracia, la intervención universitaria y la intervención económica orientada a la concentración de capital. Un día después, como confirmación de que las cosas iban en serio (a sangre y fuego), se da "La Noche de los Bastones Largos" (29/7/1966), que se sintetiza en la intervención violenta en las universidades nacionales, con efectos múltiples en el ámbito universitario: trastocamiento de la autonomía universitaria, alentando la fuga de cerebros.

En 1976 se aprecia un apretón de tuercas al terror como sistema, instaurando mucho más que una dictadura: se (re) estableció un orden social basado en el terror. La Junta Militar -encabezada por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti- no sólo persiguió a organizaciones armadas. Había que disciplinar toda la sociedad, por lo que se abocó a la tarea de perseguir ideas, vínculos, solidaridades. Sin anestesia, como lo denunció Rodolfo Walsh, no se trataba de dos violencias en pugna, sino de un Estado que se había convertido en la “fuente misma del terror”. Hubo otras noches muy largas y siniestras: La Noche de los lápices -La Plata, septiembre 1976- (las bayonetas, la tortura y la desaparición de estudiantes del secundario, el equivalente a la secundaria y el bachillerato en México)-, la Noche de las corbatas -Mar del Plata, julio 1977 (no olvidemos lo sucedido en Alemania, La “Noche de los Cuchillos Largos”, que abarcó del 30 de junio al 2 de julio de 1934)-. En Argentina la represión fue sistemática y racional: desaparición forzada como tecnología del poder, tortura como método de producción de información y disciplinamiento y el exterminio como mensaje social. Sin eufemismos, no era exceso, era programa.

Recorramos la cámara hacia el presente:

1) Trataron de matar a Cristina Kirchner y no hubo, en su momento, pronunciamientos de Patricia Bullrich, actual senadora en Argentina, ex ministra de Seguridad con el gobierno de Milei. Tampoco se pronunció J. Milei. Bueno, sí se pronunciaron ambos. Bullrich dirigiéndose a C. Kirchner: "Si no quiere estar declarando, no debería haber robado". Milei: "ladrona", "delincuente" y "la más chorra de la historia" la “chorra de la tobillera”. Aseguró que continuará presa por causas como Vialidad y cuadernos, llamando al kirchnerismo una "manga de ladrones". "va a seguir presa". Peter Lamelas, embajador de USA en Argentina, sobre C. Kirchner: “Ella está en arresto domiciliario debido a algún favoritismo político que está pasando allí. Obviamente, ella no estuvo involucrada en el atentado de la AMIA, pero definitivamente de alguna manera estuvo involucrada en el encubrimiento, y Dios sabe si estuvo involucrada en la muerte del fiscal especial. Aplaudo los esfuerzos de Milei por llegar al fondo de esto”. El intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner en 2022. No fue un hecho aislado ni un arrebato individual: fue la expresión extrema de un clima de odio político incubado durante años. Reflexionábamos al momento sobre esto, señalando que cuando un arma se gatilla a centímetros de la cabeza de una dirigente política, lo que irrumpe no es sólo la violencia individual: es la fragilidad del pacto democrático. Y rememorando los dichos de Videla-Massera-Agosti, la sociedad conservadora corea: “por algo será”.

2) El lawfare opera como un nuevo tipo de golpe blando, que sustituye la represión militar por la manipulación judicial y mediática (véase “Proscripción, violencia y lawfare: anatomía del disciplinamiento político en Argentina”, El Universal, 28/06/2025; y “Los herederos. Del uniforme militar a la toga”, El Universal, 26/11/2022). Ya no es la Noche de las corbatas –Mar del Plata, julio 1977-, en la que destacó la represión a los abogados defensores de trabajadores y sobre todo los que se habían arriesgado a presentar “hábeas corpus” por la desaparición de personas. En la Noche de las corbatas, la intención era romper la cadena del abastecimiento de información en los recursos jurídicos para enfrentar la dictadura, como continuidad de un ciclo de democracia-dictadura. Ahora, en este cambio de uniforme militar a toga, se aprecia el disciplinamiento (los ejemplos de Perú, Ecuador, Brasil, Argentina son elocuentes).

3) Hay frases que no pertenecen al pasado. “Nunca más” no es una consigna del pasado, vacía, clausurada: es una advertencia en tiempo presente, que reconociendo el perfil del gobierno argentino actual reclama con fuerza el ¡Nunca más! A cincuenta años del golpe militar del 24 de marzo de 1976, Argentina no sólo recuerda: discute. Y en esa discusión se juega algo más que la interpretación de la historia. Se juega el sentido mismo de la democracia. En su momento, con los militares no había lugar para no tomarlos en serio. Jorge Rafael Videla, un dictador temible, señalaba: “no solamente es considerado como agresor el que agrede a través de la bomba, del disparo o del secuestro, sino también aquél que en el plano de las ideas quiera cambiar nuestro sistema de vida a través de ideas que son justamente subversivas […] El terrorista no sólo es considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por activar a través de ideas contrarias a nuestra civilización”, subrayando lo occidental y cristiano. Actualmente está en cuestión las formas de convivencia democrática. Peter Lamelas, embajador de EEUU en Argentina, planteando: “Me preocupa porque la gente no entiende que el Gobierno de Milei es una oportunidad única”, mientras que J. Milei, el presidente argentino, alude al Occidente como el faro de la democracia, declarándose además el presidente más sionista del mundo, que sistemáticamente habla de la izquierda como los zurdos de mierda, les vamos a dar una patada en el culo, entre otras figuras verbales cargadas de violencia.

En el Prólogo del Nunca más se señala textualmente: “a los delitos de los terroristas, las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo infinitamente peor que el combatido, porque desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres humanos”.

De nuevo vayamos hacia atrás. Remontémonos 50 años. Imaginemos a las Madres y las Abuelas poniendo el cuerpo frente a los soldados, que eran capaces de todo (desaparición, robo, tortura, violación, muerte). Dice Osvaldo Bayer: “A las Madres hay que medirlas por su epopeya, por su increíble coraje civil en los tiempos de la dictadura. Eso es lo que vale, esas mujeres que salieron a la Plaza de Mayo el día siguiente a pesar de que las tres primeras habían sido detenidas y arrojadas vivas al mar desde aviones. Hay que tener coraje para hacerlo, para salir de nuevo y seguir luchando. Yo las conocí cuando vinieron a Alemania. Venían cada seis meses Hebe de Bonafini y María Adela Antokoletz, y las conocí bien en su forma de vivir, en su forma de ser, en su humildad y en su pasión por reivindicar a sus hijos”. Por eso, no cuesta trabajo señalar que “Las Madres son el triunfo de la ética”, lo que ha implicado desde esos años, ahora quizá más claramente por los avances de la ultraderecha argentina, “la única división que recorre el país está entre los que acompañaron a las Madres y los que miraron para otro lado cuando las vieron marchar”. Esa línea no ha desaparecido. Se ha desplazado.

Así, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo irrumpieron como una anomalía histórica. Sin armas, sin protección, sin garantías, ocuparon el espacio público cuando hacerlo equivalía a exponerse a la desaparición, por lo que había que medirlas por su “increíble coraje civil”, que para nada fue abstracto, pues las primeras en marchar fueron secuestradas, torturadas y asesinadas. Aun así, otras volvieron, convirtiendo el dolor en acción colectiva, la ausencia en presencia política.

Se trató en el 76 de una lucha, en el caso de las Madres y de las Abuelas, dónde estaban sus hijos e hijas, si tenían frío, hambre, si estaban muertos, y de las muchachas que estaban embarazadas, qué había pasado con los nietos. En el presente, con esa ancla del 76, se trata de aludir a la memoria (activa), a la identidad, y reconocer una herida que no cierra. A medio siglo del golpe, la sociedad argentina sigue habitada por esa historia. La consigna Memoria, Verdad y Justicia no es un ritual vacío, sino una práctica social viva, aunque el gobierno en turno ha hecho esfuerzos denodados por invisibilizar el legado heroico de las Madres y las Abuelas, legado que se ha decantado en nietos que recuperan su identidad gracias a la genética y al esfuerzo social, a hijos e hijas que reconstruyen sus historias quebradas, incluso a los hijos/hijas desobedientes, descendientes de represores que rompen con el legado familiar, que toman distancia de sus padres (secuestradores, apropiadores de bebés, expertos en la picana).

Sin embargo, el problema no es sólo la persistencia del recuerdo, sino la persistencia de las lógicas de poder. Ya no es el terror militar, empero permanece el disciplinamiento contemporáneo, adoptando otras formas. No son los vuelos de la muerte, sí el acoso en las redes al que piensa diferente, y experiencias todavía no sistemáticas de golpizas por pensar diferente (las agresiones a periodistas destacan en este orden). El 27 de febrero 2021, frente a la Casa Rosada –el lugar de residencia del titular del poder ejecutivo-, se instalaron bolsas mortuorias con el nombre de referentes de Derechos Humanos (la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carloto, como muestra). Ese episodio al que se suman los procesos judiciales selectivos (el lawfare desbocado), la proscripción de facto y la estigmatización mediática, dejan ver la saga de una continuidad inquietante: la persistencia del disciplinamiento, ahora sin necesidad de botas. Maticemos: los miércoles, en las marchas de los jubilados, la represión siempre se hace un espacio.

Retomando las palabras de Videla, de que “los argentinos son derechos y humanos”, en la situación contemporánea es evidente la disputa por el sentido de los derechos humanos. Sectores conservadores han intentado reducir la agenda de derechos humanos a un “negocio” o a un instrumento partidario. Esta operación no es menor: busca vaciar de contenido una de las conquistas más profundas de la sociedad argentina. Porque si los derechos humanos dejan de ser un consenso básico, entonces todo vuelve a estar en discusión. Incluso lo que parecía saldado.

Las historias concretas devuelven densidad a la memoria. El caso de los militantes ciegos torturados hasta la muerte, el saqueo de sus pertenencias, la violencia ejercida incluso sobre los niños: todo ello muestra que el terrorismo de Estado fue también una pedagogía del miedo. Nombrar esos hechos no es insistencia retórica. Es impedir el olvido.

Las Madres y Abuelas no son sólo memoria del pasado: son interpelación del presente. En un contexto donde resurgen discursos autoritarios, donde se relativiza el terrorismo de Estado y donde se ensayan nuevas formas de disciplinamiento, su figura adquiere renovada vigencia. Las sobrevivientes y sus herederos nos siguen recordando algo esencial: que la democracia no se garantiza sola. A cincuenta años del golpe, Argentina no está frente a una efeméride, sino frente a un espejo. El pasado no ha pasado del todo. Y por eso, “Nunca más” no puede ser una frase archivada. Debe ser una práctica activa. Porque si algo enseñaron las Madres es que incluso en las condiciones más adversas, hay quienes eligen no callar. Y esa elección -hoy como ayer- sigue dividiendo la historia.

Retomemos nuevamente a Castilla, cuando señala que el poder económico “es heredero y continuador de aquella oligarquía terrateniente que, masacrando pueblos originarios, edificó el país sobre sus intereses. De aquel empresariado que empujó el golpe gorila de 1955 y el terror genocida de 1976”. En el año 2006 (Hugo Alconada Mon, La Nación, 24 de marzo 2006), en el período 1975-1978, información de las Fuerzas Armadas argentinas, daba el dato de 22 mil desaparecidos, un dato contundente frente a los negacionistas. Asimismo, como señala Pablo Stefanoni (2021), “Los neorreacionarios defienden la libertad personal, pero no la libertad política”. Si la democracia es usada por la derecha para alcanzar sus fines, en otros momentos es reducida. Por cierto, no es un asunto doméstico de Argentina, es parte del arsenal de la ultraderecha mundial.

El pañuelo blanco hecho con el corazón y las manos de Mónica Portnoy
El pañuelo blanco hecho con el corazón y las manos de Mónica Portnoy

El pañuelo blanco hecho con el corazón y las manos de Mónica Portnoy

Vera Jarach, Madre de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, apuntaba algo que me parece central: “Tengo una hija desaparecida, que recién terminaba su secundario y que se llama, lo digo en presente, Franca. Lo digo en presente porque nuestros hijos están presentes, ahora y siempre. Franca fue secuestrada y desaparecida en junio del 76 […] Yo supe más de 20 años después cuál fue su paradero en un campo clandestino de detención y su destino final, y fue acá en la ESMA. Y su destino fue un vuelo de la muerte […] Tengo dos historias que demuestran que lo que pasó una vez, puede volver a pasar, puede volver a suceder, a través del tiempo, a través de los años. Yo soy una judía italiana. Me salvé de la Shoá, gracias a que mi familia se refugió en la Argentina en marzo de 1939. Pero mi abuelo se quedó en Italia y terminó en Auschwitz. No hay tumba. Muchos años después, otra situación, otro país, muy lejos uno del otro, mi hija tuvo un destino parecido, porque terminó en un campo de concentración y tampoco hay tumba. Esto demuestra que hay que estar muy atentos porque las cosas, a veces, pueden volver a succeder”.

Profesor UAM, alexpinosa@hotmail.com

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