Un abrazo cumpleañero adelantado a Diego
En 1975 la Comisión Trilateral sostuvo una tesis que marcaría buena parte del pensamiento político y económico de las décadas siguientes. En “La crisis de la democracia”, Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki afirmaban que el principal problema de las democracias occidentales no era la escasez de participación ciudadana, sino, paradójicamente, su exceso. La creciente movilización social, el fortalecimiento de los sindicatos, la expansión de la educación superior, la prensa crítica y el Estado de bienestar habían generado una sobrecarga de demandas que amenazaba la gobernabilidad de los países industrializados. La democracia producía más exigencias de las que los gobiernos podían satisfacer. En la discusión doméstica nacional esto se enfatizaba en el emblemático trabajo de Rolando Cordera y Carlos Tello, “La disputa por la nación”, abrevando del Informe de la Comisión Trilateral: “Para el pensamiento transnacional, los factores que han bloqueado su desdoblamiento acelerado y, por tanto, los principales culpables de la crisis actual serían entre otros: a] el desbordamiento de la democracia y el deterioro consecuente de la legitimidad de los gobiernos y las instituciones construidas; b] el gigantismo del aparato estatal […]; c] la conversión de los sindicatos en fuerzas de alcance nacional con una clara injerencia en la política pública…, lo cual acentúa las distorsiones en el mercado al desnaturalizar el carácter original del trabajo como un factor de producción más”.
Medio siglo después, Donald Trump y Javier Milei (hay más, pero son un buen ejemplo) recuperan aquel diagnóstico. Sin embargo, existe una diferencia decisiva. Ya no buscan únicamente limitar el "exceso de democracia" mediante la reducción del Estado, el debilitamiento de los sindicatos o la disminución del gasto social. Lo que hoy está en juego es mucho más profundo: la sustitución progresiva de la lógica democrática por una racionalidad empresarial y tecnocrática apoyada en plataformas digitales, inteligencia artificial y algoritmos capaces de reorganizar el espacio público.
No asistimos solamente a una nueva fase del neoliberalismo, asistimos a la segunda vida radicalizada de la Comisión Trilateral. Pero atención, hay matices y mediaciones a considerar. La Comisión Trilateral proponía moderar la democracia para hacer gobernables las sociedades industriales. La Ilustración Oscura pretende ir mucho más lejos: considera que la democracia liberal constituye un obstáculo para la eficiencia del nuevo capitalismo tecnológico y que debe ser sustituida por formas de gestión empresarial del poder. La diferencia histórica resulta decisiva.
La Comisión Trilateral pensaba en gobernar una sociedad organizada; la Ilustración Oscura pretende administrar una sociedad atomizada (la individualización recorre los intersticios sociales, por ejemplo, los streaming, como nuevas configuraciones del individualismo, más allá de que al mismo tiempo hay nuevas formas de comunicación con las audiencias, o la presencia de robots para hacer compañía, entre otras).
En los años setenta el problema eran ciudadanos demasiado organizados. Existían sindicatos con capacidad de negociación, con militancia; universidades convertidas en centros de movilización política; partidos con fuerte arraigo social, movimientos feministas, estudiantiles y pacifistas, además de una prensa que desempeñaba una función crítica frente al poder. El diagnóstico consistía en moderar esa vitalidad democrática para restablecer la gobernabilidad.
Trump y Milei gobiernan, en cambio, sociedades profundamente fragmentadas. Traigamos a la memoria las aportaciones de Eric Wolf, cuando apuntaba en su momento de algo que nos acosa en el presente: la disminución de la militancia, y la pérdida de membresía, en fin, del relieve de lo colectivo. El trabajo se encuentra precarizado, los partidos tradicionales han perdido capacidad de representación, los sindicatos ya no poseen la influencia de décadas anteriores y buena parte de la conversación pública transcurre en plataformas privadas cuyos algoritmos deciden qué vemos, qué leemos y con quién interactuamos. La tecnología modificó las condiciones mismas de la política.
Por ello, el proyecto contemporáneo no consiste únicamente en reducir la intervención estatal. Su objetivo es reorganizar las formas de producción del consenso y transformar la arquitectura misma de la democracia. Las coincidencias entre el Informe de la Comisión Trilateral y las políticas impulsadas por Trump y Milei resultan demasiado evidentes para ser consideradas casuales. Ya apuntábamos algo sobre esto, en anterior colaboración: “No es un calco de la historia, sin embargo, asistimos a otra argumentación desde la órbita del gobierno de D. Trump, en donde el exceso de democracia y el peso de la política se encaran directamente frente a la tecnología, al menos en el sentido que citábamos líneas arriba, refiriéndonos a Peter Thiel (integrante de la oligarquía tecnológica estadounidense, muy cercano a Trump), cuando señala la inconsistencia de la democracia con la libertad” (“De Silicon Valley al Pentágono: la oligarquía tecnológica y la erosión del mando democrático”. El Universal, 27/12/2025).
Allí donde el informe advertía sobre el gigantismo del Estado, ambos gobiernos impulsan programas radicales de reducción del aparato público. En Estados Unidos, el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) se convirtió en símbolo de esa ofensiva. En Argentina, el Ministerio de Desregulación y Transformación del Estado persigue objetivos similares mediante una reducción acelerada de funciones estatales. Donde la Comisión Trilateral veía en los sindicatos un factor de presión excesiva sobre las decisiones gubernamentales, las nuevas administraciones procuran disminuir sistemáticamente la influencia de las organizaciones de trabajadores en la definición de las políticas públicas. Donde el informe identificaba un crecimiento desbordado del sistema educativo, hoy aparecen recortes presupuestales, privatización indirecta, mercantilización del conocimiento y una creciente subordinación de la educación a las exigencias inmediatas del mercado.
Donde la Comisión Trilateral observaba con preocupación el protagonismo adquirido por la prensa, Trump y Milei desarrollan una ofensiva cotidiana contra periodistas y medios de comunicación. No se trata simplemente de exabruptos personales. Cuando Trump califica sistemáticamente a los medios como fake news o cuando Milei sostiene que "el 95 % de los periodistas son delincuentes", el objetivo trasciende el insulto: buscan erosionar la legitimidad de uno de los principales mecanismos de control democrático. La prensa deja de ser concebida como un contrapeso institucional y pasa a convertirse en un enemigo político permanente.
Pero detenerse únicamente en esas expresiones visibles sería quedarse en la superficie, más allá de la vulgaridad de Trump de referirse a una periodista como “cerdita”, cuando le inquiría sobre el caso Epstein, o a la periodista de CNN gritarle corrupta, mordiéndose la lengua. El verdadero cambio histórico ocurre en un plano más profundo.
Antonio Gramsci mostró que la dominación moderna no descansa exclusivamente en la coerción del Estado. Toda hegemonía supone una dirección intelectual y moral de la sociedad, una capacidad para producir sentido común y construir consenso. La hegemonía requiere mediaciones: escuelas, universidades, periódicos, sindicatos, partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil. Son esos espacios donde se forman ciudadanos y donde se disputa la orientación cultural de una época. La Comisión Trilateral observó con preocupación precisamente la fortaleza alcanzada por esas mediaciones democráticas. La Ilustración Oscura propone algo distinto. No busca únicamente debilitarlas, busca volverlas innecesarias (por los costos y los tiempos y las colectividades que suponen). En este punto resulta especialmente útil recuperar a Michel Foucault. La gubernamentalidad designa el conjunto de dispositivos mediante los cuales se conducen las conductas de individuos y poblaciones. El gobierno moderno no opera únicamente mediante leyes o coerción; gobierna orientando comportamientos.
Por lo enunciado, podemos afirmar que asistimos a una nueva etapa de ese proceso. Podemos denominarla gubernamentalidad algorítmica, bajo la premisa de que el neoliberalismo gobernó mediante el mercado, en tanto el capitalismo digital comienza a gobernar -por supuesto con sustento en el mercado- mediante algoritmos. Ya no se trata simplemente de administrar demandas sociales. Se trata de producir las condiciones mismas bajo las cuales esas demandas pueden surgir.
Los algoritmos clasifican, segmentan, jerarquizan y anticipan comportamientos. Seleccionan la información que recibe cada individuo, construyen burbujas cognitivas, fortalecen prejuicios previos y reducen progresivamente los espacios compartidos de deliberación, producto de la editorialización de millones de datos.
La hegemonía deja de producirse exclusivamente mediante instituciones sociales, jugando un papel principal su organización mediante plataformas digitales capaces de administrar la circulación de la información, la atención y los afectos. La plaza pública, fundamento histórico de la democracia moderna, pierde centralidad.
Durante un poco más de dos siglos la democracia se desplegó en la plaza, en el espacio de la construcción de consensos y de disidencia, pero en esos espacios, los del sindicato, la universidad, el periódico, los partidos políticos o parlamentos. Allí los ciudadanos confrontaban argumentos, negociaban diferencias y construían acuerdos. La revolución digital no eliminó ese espacio, pero lo ha sustituido por millones de pantallas individuales, erosionando sus alcances.
Cada ciudadano recibe ahora una realidad distinta, organizada por sistemas automatizados cuyo propósito principal no consiste en ampliar la deliberación democrática, sino maximizar la atención, orientar preferencias y administrar comportamientos. Lo acabo de vivir. Mi cuñado circuló una foto donde aparece la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, con dos narcos. Le demostré que la foto era producto de inteligencia artificial, era trucada, sin embargo, su argumento fue que "seguramente ella tendrá otros canales para negociar con el chapo", como condensación, pienso, de la orientación de preferencias y la administración de comportamientos. La consecuencia política en lo cotidiano, y en general en lo social, es enorme. Mientras la Comisión Trilateral aspiraba a reducir la intensidad de la democracia, la gobernabilidad algorítmica comienza a volverla prescindible.
Aquí aparece la conexión con la llamada Ilustración Oscura. Autores como Curtis Yarvin o Nick Land ya no consideran que la democracia deba corregirse. La consideran sencillamente ineficiente. En su lugar proponen formas de organización inspiradas en la gestión empresarial, donde el Estado se asemeje cada vez más a una corporación administrada por directores ejecutivos y la eficiencia sustituya progresivamente a la deliberación política.
No es un hecho casual que algunos de los principales empresarios tecnológicos del mundo mantengan afinidades con este universo intelectual. La convergencia entre plataformas digitales, inteligencia artificial, vigilancia masiva y modelos empresariales de gobierno configura un escenario que la Comisión Trilateral difícilmente habría podido imaginar. En 1975 aún se discutía cómo contener el exceso de democracia. En 2026 comienza a discutirse si la democracia sigue siendo necesaria. Ésa es la verdadera novedad de nuestro tiempo. Es aquí donde la discusión adquiere una dimensión todavía más profunda. La desposesión cognitiva no constituye únicamente un fenómeno asociado a la transformación del trabajo ni al desarrollo de la inteligencia artificial. Comienza a convertirse en la condición antropológica de una nueva forma de dominación. A medida que las capacidades de memoria, orientación, lectura crítica, deliberación y juicio son progresivamente externalizadas hacia sistemas digitales, disminuye también la autonomía intelectual indispensable para el ejercicio de la ciudadanía.
La desposesión cognitiva constituye la condición antropológica de la gobernabilidad algorítmica. Una ciudadanía crecientemente despojada de sus capacidades de deliberación, memoria y juicio puede ser (capturada en las redes) gobernada mediante sistemas automatizados de producción del consenso. La captura del conocimiento social acumulado y la captura de la deliberación democrática forman parte, así, de un mismo proceso histórico.
Si en 1975 la Comisión Trilateral aspiraba a moderar la democracia para hacer gobernables las sociedades industriales, medio siglo después asistimos a un proyecto mucho más radical. Trump y Milei no sólo reducen el Estado, debilitan sindicatos, recortan la educación pública o convierten a los periodistas en enemigos permanentes. Esas políticas forman parte de una transformación más profunda: desplazar el ideal ilustrado de ciudadanía por una racionalidad empresarial donde la eficiencia sustituye a la deliberación, los algoritmos reemplazan a la plaza pública y el gobierno deja de concebirse como representación política para convertirse en administración tecnocrática.
El viejo diagnóstico sobre el "exceso de democracia" encuentra así una segunda vida, radicalizándose en las nuevas expresiones de la ultraderecha. Ya no se trata únicamente de contener las demandas sociales, sino de transformar las condiciones mismas bajo las cuales esas demandas podrían llegar a constituirse. La Comisión Trilateral consideró que la democracia era excesiva. La Ilustración Oscura comienza a considerarla innecesaria. Entre ambos momentos históricos transcurre medio siglo de transformaciones económicas, tecnológicas y culturales que desembocan en una nueva forma de ejercicio del poder: la gobernabilidad algorítmica.
Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no consista únicamente en defender las instituciones democráticas, sino en preservar las condiciones cognitivas, culturales y tecnológicas que hacen posible la existencia de ciudadanos capaces de deliberar colectivamente. Cuando la democracia deja de ser entendida como un horizonte de emancipación y comienza a verse como un obstáculo para la eficiencia, el problema ya no es el "exceso de democracia" denunciado en 1975: ¡el problema es que la democracia misma comienza a ser declarada prescindible!
Dos notas finales.
1. En el mundial de futbol, predominando el negociado, se intentó expulsar a la política de la liturgia futbolera. Aunque en el triunfo argentino sobre la escuadra inglesa se coló la fiesta, las condiciones de clase, el sentimiento de patria en la selección y fuera de ella, en los espectadores, dejando en claro que era un juego de futbol, y algo más. La sensación de anticolonia no ocupó un lugar menor, a pesar de que la mayoría son hijos o nietos de inmigrantes europeos. Se rompió el enunciado normativo, al que le correspondía una acción social descafeinada.
2. ¡Palestina libre! Y sí, ¡Las Malvinas son argentinas!
(UAM) alexpinosa@hotmail.com
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