El 4 de julio, en el marco de las fiestas por los 250 años de la Independencia de Estados Unidos de América, cerca de 400 integrantes de la organización Patriot Front, organización supremacista y nacionalista blanca, con militantes entrenados, uniformados con pasamontañas blancas y banderas confederadas, marcharon en formación militar en Washington D.C.

De acuerdo con información pública y de expertos, Patriot Front defiende una nación exclusivamente europea o suprema, cobijados bajo lemas como “America First”, “Reclaim America” o “For Blood and Soil”, cuyo antecedente se encuentra en el “Blut und Boden”, “Sangre y Tierra”, del nacionalismo racial nazi. Rechaza el multiculturalismo; promueve una visión étnica de la ciudadanía; se opone a la migración, especialmente la latinoamericana y musulmana; defiende el nacionalismo autoritario; rechaza al liberalismo contemporáneo, al feminismo y las políticas de diversidad, equidad e inclusión.

Organizaciones especializadas en el monitoreo de grupos extremistas, refieren que en 2024 existían en Estados Unidos más de 500 grupos dedicados a promover sistemáticamente el odio, la deshumanización de grupos específicos o la defensa de la supremacía de unos grupos sobre otros.

En este marco, el 16 de julio, Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, convocó al foro Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, que fue denominado como el “Foro contra la Extrema Izquierda”.

No se trató de un foro con diagnósticos sobre riesgos terroristas o planes de acción coordinada, sino un evento de relanzamiento de una estrategia de resignificación del conflicto político contemporáneo alrededor de una categoría amplia: “extrema izquierda”, cuyos contornos permanecen deliberadamente difusos y que pretende cincelar desde este país, una agenda ultraconservadora, que busca articular bajo un mismo marco interpretativo actores disímbolos: grupos armados, movimientos sociales, organizaciones gremiales, colectivos estudiantiles, gobiernos identificados con la izquierda.

Resurge un viejo y nuevo enemigo: la “izquierda radical” como una amenaza beligerante, planteando acciones extraordinarias para contrarrestarla. Bajo esta perspectiva, la disputa política hasta ahora tolerada se constituye en un asunto de seguridad nacional, cerrando el espacio al disenso político normal en toda democracia y exigiendo subordinación a la hegemonía. El que no está conmigo, está contra mí.

Emergen reminiscencias de la Guerra Fría, la vieja idea del macartismo sobre la existencia de una red internacional que ha penetrado la sociedad estadounidense, coordinada por organizaciones de izquierda con la intención y capacidad de desestabilizar gobiernos. La “conjura comunista internacional”, que durante décadas justificó intervenciones, golpes de Estado, operaciones encubiertas y de guerra sucia en América Latina.

Esta nueva embestida pretende redefinir las prioridades hemisféricas influyendo en la cooperación bilateral; el intercambio de inteligencia; los criterios de asistencia en materia de seguridad, así como la narrativa sobre determinados gobiernos latinoamericanos, su política interior y sus procesos electorales.

Las prioridades de la seguridad nacional de los Estados Unidos que determinan qué amenazas se ciernen en el hemisferio están trastocando los incipientes equilibrios y la estabilidad en la región, pero también se vuelcan a su territorio. Mientras en las amplias avenidas de Washington desfilan grupos paramilitares, haciendo que la población se repliegue a sus casas, el actual gobierno identifica una nueva amenaza: el enemigo interno, los “lunáticos de la izquierda radical”. Sangre y tierra, la historia parece repetirse.

Embajador de México ante la OEA

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