No soy un experto, pero supongo que en no pocas ocasiones en la historia de la humanidad un científico le ha plantado cara a un poder establecido (un político, un presidente, etc.), para contradecir sus opiniones con nada en la mano sino datos verificados y verificables.
Ahí tienen ustedes a el Dr. Anthony Fauci, el hoy ex director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas (NIAID) durante la pandemia en Estados Unidos, quien en su momento enfrentó las varias estupideces que declaraba Trump (como aquella de que el virus se quitaba bebiendo cloro) con argumentos de ciencia tan claros, simples y poderosos como el hecho de que el cubrebocas si servía para bajar los contagios.
Su desacato lo está pagando caro (el gobierno de Trump lo tiene en juicio para meterlo a la cárcel), pero el beneficio está hecho: Fauci salvó a miles de personas.
A veces la situación es la inversa: los hombres de ciencia se ponen de lado de los hombres del poder para servir de justificante a los dislates de estos últimos. No ahondaré en el tema, pero frases como “salgan, reúnanse, no pasa nada” y “el cubrebocas sirve para lo que sirve y no sirve para lo que no sirve” vienen a la mente, así como la terrible cifra de 800 mil muertos en este país por la pandemia.
En Pressure (Reino Unido, Francia, Estados Unidos, 2026) se narran las 72 horas previas al famoso “Día D”: el desembarco de las fuerzas aliadas en las costas de Normandía que daría inicio a la resistencia contra la amenaza nazi.
A cargo de toda la operación estaba el general Dwight 'Ike' Eisenhower (un apasionado Brendan Fraser), cuyo plan, ya acordado con todo el politburó militar de la época, era invadir el lunes 5 de junio de 1944, a las 6:30 de la mañana.
Las tropas estaban listas, los buques, aviones y demás equipo estaba listo, pero Eisenhower tenía una duda: ¿el clima era benéfico para sus planes? El meteorólogo de casa, el simpático Irving Krick (Chris Messina) tiene buenas noticias, tanto que incluso se toman el tema muy ligero, cantando y tocando el piano en la oficina: el lunes sería un día soleado.
Pero el recién llegado meteorólogo británico (el favorito de Churchill, ahí nomás), James Stagg (un excelente Andrew Scott), no sólo no comparte el entusiasmo, ni los métodos, ni los mismos datos que su colega norteamericano: sus mediciones indican un escenario fatal de tres tormentas atacando la zona de Normandía, el lunes, aquel lunes del ataque.
La ira de los militares gringos no se hace esperar: el ataque debe ocurrir el lunes, de lo contrario los nazis van a ganar. Pero si atacan el lunes, la fuerza de la naturaleza le hará el trabajo al ejército alemán, borrando del mapa a los aliados mediante vientos y mareas de gran poder.
¿A quién hacerle caso?, ¿al dicharachero meteorólogo gringo o al serio, petulante y antipático meteorólogo británico?
Salvo algunas licencias que el guion a cargo de David Haigy el propio Anthony Maras se toman con motivo de inyectar drama, la historia sucedió tal cual se cuenta: Eisenhower estaba en la disyuntiva entre creerle al meteorólogo de casa, aquel que en teoría nunca fallaba, o hacerle caso al desconocido quien además no solo le plantaba cara al mismísimo Ike, sino que se negaba a ofrecer una certeza respecto a su pronóstico. En los temas del clima no hay certezas, pero hay datos, y los datos de Stagg eran claros: tres tormentas estaban por ocurrir, no importando lo soleado del día.
Emocionante, tensa y siempre interesante, la película no solo es un modelo de economía narrativa y desarrollo de personajes, sino que también es un show en sí mismo por el esgrima verbal de los dos opuestos: Eisenhower y Sagg, Fraser y Scott.
La intensidad de las actuaciones, así como la puesta en imágenes claramente nos remite al teatro. Y si bien cuando se habla de “teatro filmado” usualmente es para definir una mala película, en este caso es absolutamente lo contrario. Fraser y Scott no parece que estén hablando hacia una cámara, su fuerza interpretativa es la de quien se está dirigiendo al público, sin nadie de por medio, con la energía suficiente como para que los escuche la última persona de este teatro gigante que es el público que ve la cinta.
Por supuesto, a pesar de que se trata de una cinta basada en hechos reales, no todo sucedió así. Los historiadores se han quejado del retrato de un Eisenhower tempestuoso pero imponente frente al modesto y sereno expresidente de los Estados Unidos.
Pero ello no limita el extraordinario espectáculo que es ver a este par de hombres enfrentados ante la misión que tienen enfrente: frenar la expansión del odio convertido en ejército invasor, no sólo en Europa sino probablemente después en el continente americano.
Es un ejemplo más de cómo la ciencia le planta cara al poder. Queda en este último hacer caso, o encerrarse en la trampa de sus propios datos.
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