Para el capitalismo, los seres humanos somos desechables: nos califican, nos clasifican, nos contratan, nos entrenan, y cuando dejamos de ser útiles, nos reemplazan. Somos apenas engranes de una interminable trama donde lo único a lo que podemos aspirar es a sobrevivir y consumir.
Lo anterior es una de las premisas recurrentes en el cine del surcoreano Bong Joon Ho. El pueblo como carne de cañón ante el ataque de un monstruo que pone en jaque al gobierno en The Host (2006), la clase baja que ocupa los vagones traseros en Snowpiercer (2013), los criados invisibles en Parasite (2019).
En Mickey 17, la metáfora es llevada al extremo de la literalidad. El año es 2054, el ingenuo Mickey (Robert Pattinson) junto con su mejor amigo Timo (Steven Yeun) deciden poner un local de venta de macaron, para ello Timo pide prestado a un violento mafioso local. Cuando el restaurante previsiblemente fracasa y los mafiosos van a cobrar el préstamo, TImo y Mickey deciden que la única opción es huir fuera del planeta tierra.
Y es que en esos años ya es cosa de todos los días viajar por el espacio. Y justamente el connotado político Kenneth Marshall (Mark Ruffalo) está organizando una expedición a un planeta con probabilidades de ser colonizado: Niflheim, un planeta congelado y en apariencia deshabitado. Pero como en Snowpiercer, subirse a la nave que lleve a Nifheim no es de gratis, hay que trabajar. Timo consigue un puesto como operador de una caldera y Mickey como “desechable”.
Pero, ¿qué es un desechable?
Gracias a la avanzada tecnología de aquellas épocas, es posible guardar los recuerdos y la información genética de un ser humano en un disco duro, para que una vez que este muera se pueda “reimprimir” (con materiales reciclados) el cuerpo de la persona para luego recargar sus recuerdos.
Así, los desechables son perfectos para tareas peligrosas. ¿Necesitas reparar un satélite a miles de millones de kilómetros de altura y con probabilidades de poco oxígeno?, manda a Mikey. ¿Necesitas experimentar para encontrar la vacuna contra un virus?, infecta a Mickey. ¿Necesitas saber si el aire de Nifheim es respirable para los humanos? ahí tienes a Mickey.
No hay problema si muere, lo reimprimes y ya.
Morir es el trabajo de Mickey, pero aunque regresa a la vida como si nada, no parece que sea un proceso agradable, pero lo que es cierto es que se convierte en un trabajo común. Al principio los doctores esperaban impacientes y con curiosidad afuera del tubo donde salía el nuevo Mickey impreso, ahora ponen tanta atención como en mis tiempos se ponía atención a la llegada de un Fax. A veces incluso el papel se caía al piso.
Todo avanza con normalidad hasta que en una misión de exploración, Mickey cae a un barranco y los extraños animales de Nifheim lo acorralan. Muerte segura. Pero por azares del destino (y sin que las autoridades se percaten) Mickey logra regresar vivo a la nave, para encontrarse con que ya imprimieron una copia de él. Ahora hay dos Mickey’s vivos.
Y esto no sería problema excepto porque la ley prohíbe explícitamente que esto suceda. El castigo es la aniquilación de ambas copias. Gran problema para los dos Mickeys, quienes por cierto no son exactos: a diferencia del ingenuo y algo tonto Mickey que conocemos, el nuevo se comporta mucho más avispado, violento y conciente de lo que está por ocurrir.
Con un guión escrito por el propio Bong Joon Ho, basado en la novela de ciencia ficción ‘Mickey7’, el director traza un parque de diversiones fantástico para dar rienda suelta a su muy particular obsesión de criticar lo inhumano del capitalismo.
Tenemos por supuesto al ridículo y prepotente presidente Marshall, quien toma decisiones estúpidas al por mayor (la referencia a Trump es tan inevitable como obvia), están los científicos incapaces de decirle no al supremo líder, la invasión a este planeta en teoría inhabitado (“¿Aliens?, ¡nosotros somos los aliens!) como una crítica al colonialismo, y por último están las criaturas que viven en Nifheim, un pretexto más para que Bong Joon Ho hable de otro de sus temas favoritos: la ecología y el respeto hacia los animales.
Estamos pues ante una corrosiva y divertida sátira que si bien por momentos podría ser predecible, todo ello deja de importar gracias a las actuaciones, principalmente la de un Robert Pattinson en hilarante papel doble, que no sólo pone a prueba su enorme rango como actor (de vampiro fluorescente, a Batman emo, a un doble papel donde interpreta a un Mickey ingenuo y a otro bastante hostil), sino a su capacidad de reír y de mofarse de él mismo.
Para la imagen, Bong recurre a su viejo colaborador, Darius Khondji (Se7en, Bardo, Amour), con quien filmó Okja (2017) y que aquí abona al tono con una cámara errática, colores vivos en lugares sombríos, retratando la muerte de Mickey como un asunto cómico y no trágico.
Quienes estén esperando el nuevo Parasite, que esperen sentados. Mickey 17 está más cercana a Okja y a Snowpiercer que a la cinta que lo hizo ganador del Oscar en 2020. Pero esto no la vuelve un filme descartable, sobre todo si se piensa que la metáfora -que en principio podría sonar muy obvia- adquiere un carácter religioso si vemos a Mickey como un personaje que está dispuesto a morir por nuestros pecados, una y otra vez.
Para Bong Joon Ho, el capitalismo no solo hace desechables a los humanos, sino que también crea dioses con fecha de caducidad.