La verdad es fea. Los seres humanos tenemos el arte para que la verdad no nos haga caer.
Friedrich Nietzsche
¿Para qué sirve el arte?, si acaso el arte tiene una función. El arte no es utilitario, pero el cliché dice que el arte sirve (entre otras cosas) para expiar dolores, cual si fuera un medicamento. A contracorriente de aquel lugar común, esta desgarradora cinta a cargo de la directora Chloé Zhao, Hamnet (Reino Unido, Estados Unidos, 2025), -adaptación de la novela homónima escrita por Maggie O’Farrell’s en 2020- establece una teoría respecto al arte que probablemente resulte incómoda: el arte no se inventó para sanar, sino para compartir el dolor.
En Hamnet hay tres relatos en uno, tres partes que son un universo en sí mismo. La primera es la historia de amor. Agnes (Jessie Buckley, nominada y absoluta merecedora del Oscar a Mejor Actriz de este año) es la hija mayor en una familia de granjeros en el condado inglés de Warwickshire (en el Londres isabelino de finales del siglo XVI).
Agnes tiene una conexión un tanto excéntrica con la naturaleza: su mascota es un halcón, le gusta recolectar hongos, y el bosque es la extensión de un vasto universo que la contiene y que la vuelve la rebelde y libre en una familia que no ve más allá de los que pasa frente a sus ojos. Al inicio de la película, la cámara (reductos de una Zhao que sigue recurriendo a Malick) apunta a una Agnes que, en posición fetal, duerme entre las raíces de un enorme árbol.
A lo lejos la observa Will (Paul Mescal entregado absolutamente a ayudar a que Buckley brille aún más) un profesor de latín que justamente da clases a los hermanos de Agnes. El rápido cotejo se convierte en rápido e intenso faje que (obvio, es el S. XVI) deriva en un rápido embarazo. Ambos se casan no obstante la desaprobación de ambas familias (unos ven en Agnes a una bruja, y otros ven en Will a un pobre bueno para nada). Las imágenes a través de la cámara a cargo de Lukasz Zal (el mismo fotógrafo de Cold War y The Zone of Interest) retratan un amor que transcurre en tiempo suspendido.
La familia crece rápidamente, Will y Agnes son padres primero de una niña llamada Judith (Olivia Lynes) y después de un par de gemelos, Susanna (Bohdi Rae Breathnach) y Hamnet (extraordinario Jacobi Jupe, quien merecería nominaciones y un futuro promisorio como actor). El bosque se reemplaza por el interior de las casas de la época, calentadas con leña, iluminadas con velas, y siempre a merced de la enfermedad. Will, quien para entonces ya abraza plenamente el hábito de escribir por las noches, tiene que dejarlos para irse a trabajar a Londres, una oportunidad que no puede dejar pasar.
Pero, como un ladrón en la noche, la enfermedad llega, con la facilidad con la que las enfermedades llegaban en esa época. Will está lejos por lo que Agnes y su suegra -Mary (Emily Watson), quien con el tiempo aprende a aceptar a Agnes- se encargarán de una de las niñas que presenta una fiebre altísima.
La novela de O’Farrell se subtitula ‘A Novel of the Plague’ (Una novela sobre la plaga), por lo que tal vez no sea necesario narrar qué sucede en aquel segundo acto. Es en este momento donde Buckley se adueña completamente de la película, del cuadro, de la sala misma. La intensidad, el dolor, los gritos, las lágrimas nunca parecen impostados, nunca se sienten parte de un montaje efectista. Aquí no hay truco, se llama actuación, es el producto de cuando una actriz lleva al límite sus habilidades para manipularnos, para conmovernos, para llevarnos a lugares oscuros. El arte aloja lo insoportable.
Y tal vez muchos, al ver aquella secuencia, pensarán que el mentado Oscar está ahí. Pero Zhao, O’ Farrell (quien además de la novela escribió el guion de esta adaptación) y Buckley, tienen bajo la manga un golpe final de contundencia suprema.
La tragedia marca a la pareja. Will se refugia en su trabajo en Londres. Dolida, Agnes decide ir a buscarlo. Si acaso quedaba duda, ahora sabemos realmente quién es William, y Agnes está por presenciar el estreno de una de las obras fundamentales de la dramaturgia, que lleva el nombre de uno de sus hijos.
Hamnet nos invita a recordar la primera vez que entramos a un cine, o a un teatro. Es finales de 1580, la gente se reúne en un escenario (el mítico Globe) y Agnes no entiende qué está pasando, por qué tanta gente se congrega en este lugar. El escenario se abre y vemos un bosque, el bosque del principio de la cinta.
Lo que sigue, a falta de mejor palabra en mi limitado vocabulario, es mágico. Al inicio de la cinta, cuando recién iniciaba el romance entre ellos, Agnes le pide a Will que le cuente una historia. Hoy, Will le contará una historia al mundo.
Hamnet habla en realidad sobre el poder de las historias, el poder de la narrativa, el poder del arte. Lo hace (y ello me parece aún más interesante) desde la ficción. Y es que prácticamente nada de lo que pasa en esta cinta está basado en hechos reales.
Ello no hace menos reales las lágrimas que toda la secuencia provoca. Un teatro lleno, absorto en la obra, y que llegado un momento extiende los brazos hacia el escenario, conmovido, afectado, por lo que acaban de ver.
Las lágrimas que esa escena provoca no son producto de un calculado porno sobre el dolor: son la reacción natural ante la belleza del arte, son la reacción que nos recuerda que aún seguimos siendo humanos.

