La gente que no tiene perros, o que no les gustan los perros, jamás podrán entender.

Porque si, yo fui de esos imbéciles que decían que no le gustaban los perros, hasta que llegó Harry a mi vida. La perspectiva sobre los animales y las mascotas cambió radicalmente con la presencia de aquel schnauzer -serio pero juguetón- que llegó a mí como un damnificado del Covid (su familia había fallecido por la pandemia).

Así como una película nunca es sólo “una película”, los perritos no son solo “un perro”, o “una mascota”. Son algo más, mucho más.

Una parte de mi murió cuando se fue Harry, pero al final lo entendí y lo comprobé: estos pequeños seres son probablemente los únicos en este planeta capaces de dar amor auténticamente incondicional.

Pavlov se puede ir mucho al carajo, es falso aquello de que los canes le moverán la cola a todo aquel que les dé comida, es una mentira pensar que los perros son depredadores que se mueven a conveniencia. Harry sólo sabía amar, y estoy seguro que todos los perritos del planeta están programados igual: sólo saben dar amor. Es su naturaleza.

¿Y a qué viene todo esto? A que en Heart of the Beast (El corazón de la bestia, por su nombre en español) nos cuentan una historia que llega a la misma conclusión: no importa los horrores que hayan vivido, al final los perritos solo saben dar amor, bajo cualquier circunstancia.

El veterano de las Fuerzas Especiales, ya retirado, el coronel James Belmont (Brad Pitt ganándole a los años) vive la vida de ensueño: tiene una avioneta para poder ir a dónde quiera, lo mismo acampa en la montaña que en el río, y a todos lados va con sus dos mejores amigos: una hielera repleta de botellas de alguna rarísima pero deliciosa cerveza importada, y Odín, un imponente pastor Alemán.

Una noche, acampando en alguno de estos lugares de ensueño, en medio de la naturaleza, Odín despierta agitado. Ha tenido una pesadilla. No es la primera vez: resulta que, como su dueño, él también formó parte del ejército, él también fue a la guerra, rescató gente, pero de igual forma fue testigo de toda clase de atrocidades.

El ser humano obligó a este pobre perrito a ver la cara más miserable del ser humano y ahora, ya retirado, Odín no deja de ser un perro amoroso, a pesar de vivir con estrés post traumático, y de haber perdido en la guerra una de sus patitas, hoy reemplazada por una prótesis de metal.

Pero por si esto no fuera suficiente, el cruel guión a cargo de Cameron Alexander, pondrá frente a este par de mejores amigos una vuelta más al extenuante ejercicio de sobrevivir, esta vez ya no en una guerra, pero si en un bosque en medio de la nada.

Surcando los aires en la avioneta, el coronel Belmont sufre súbitamente de un ataque cardíaco, la nave pierde altura y se estrellan, sin señal de celular y con apenas lo mínimo necesario para sobrevivir.

Lo que sigue, claro está, será una aventura de sobrevivencia donde la naturaleza no solo pondrá a prueba la destreza y el aplomo físico de James Belmont, sino que también hará aún más evidente la amistad, a prueba de todo, de estos dos mejores amigos.

Belmont salva a Odín, Odín salva a Belmont, un show que si bien es predecible, no deja de provocar angustia y ansiedad al ver cómo este par de mejores amigos ponen en riesgo sus vidas para salvarse el uno al otro.

Las actuaciones son de primera, y Brad Pitt no lo hace mal, pero claramente Odín se roba la pantalla y la película. Denle ya el Oscar a ese perro adorable, que además también es un actor de primer nivel.

La gente que no tiene perros, o que no les gustan los perros, jamás podrán entender. En esta cinta se cuenta una historia donde queda claro que el idioma de los perros, la naturaleza de los canes, es el amor.

Sólo nos queda a los humanos estar a la altura de tan alto estándar.

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