Ya rumbo al final de 28 Years Later: The Bone Temple (Reino Unido, Estados Unidos, Canadá), luego de uno de los momentos cumbres de la cinta en la que Garland (guionista) y DaCosta (directora) efectivamente le suben “a once” (involuntario pero atinado homenaje al recién fallecido Rob Reiner), el grupo de seguidores del sanguinario y sádico Jimmy Crystal (fantástico Jack O’Connell) le preguntan al Dr. Kelson (irremediablemente icónico Ralph Fiennes) -ahora vuelto dios glam del metal- si en efecto él es el mismísimo diablo.
La respuesta deja helados a los seguidores de la secta de los Jimmys y, ya de paso, me deja perplejo y con sentimiento de soledad terrible: no, por supuesto que él no es el diablo, no existe tal cosa, como tampoco existe dios. En este mundo post-apocalíptico, los humanos, cada vez menos, siempre diezmados y huyendo, estamos solos. Terriblemente solos.
A la distancia, y luego de cuatro cintas (se habla de una quinta que probablemente pondría final a esta historia), el gran mérito de la saga ‘28’ es que Alex Garland -(única presencia constante en tres de los cuatro filmes) entiende que el terror no es un género hecho para provocar sustos a la audiencia. El terror es un espejo social, que a base de proyectar nuestras peores pesadillas, nos hace pensar sobre la propia existencia humana.
Así, el momento que desarma, que nos sume en el asiento, que nos deja en pasmo, no es uno donde un infectado devore a alguno de los personajes, no es uno donde brote la sangre a borbotones, no es un jumpscare calculado. No. Es ese momento donde se expresa con una sola línea de diálogo lo que en realidad hemos visto desde el inicio de esta saga: la soledad se cierne sobre nosotros, la locura y la barbarie llevan años expandiéndose, tomando por asalto el mundo entero.
Filmada inmediatamente después de finalizar 28 Years Later (Boyle, 2025), la cinta se divide en dos vertientes. Por un lado, seguimos el destino de Spike (Alfie Williams), quien al final de la entrega anterior vimos cómo se unió a esta especie de secta donde el líder es el sanguinario Jimmy Crystal (personaje basado en Jimmy Saville, notorio presentador de la BBC, celebrado por sus acciones a favor de la beneficencia, que luego de morir saldrían al descubierto decenas de horribles acusaciones de abuso sexual hacia menores y mujeres).
Crystal ha convencido a su puñado de seguidores de que él es el hijo del diablo, y que todo lo que está pasando en el planeta (la pandemia de infectados) no es sino un castigo satánico hacia la humanidad por sus pecados. Auténticos depredadores, vemos como los Jimmys atacan con lujo de sadismo a una familia de sobrevivientes, todo ante la mirada impávida de nosotros, el público, y de Spike, quien, como dicen, salió de Guatemala para entrar a guatepeor.
Pero el corazón de este episodio (ya resulta imposible no pensar en esta cinta como una miniserie) es el Dr. Kelson, al que conocimos en la entrega anterior pero que ahora la cinta se detiene más en cómo pasa sus días esta especie de asceta en el apocalipsis, que sigue dando sepultura a los caídos por la brutalidad zombie y lo hace a ritmo de sus canciones favoritas de hace 28 años, desde Radiohead hasta Duran Duran.
La introducción de un soundtrack creado a partir de éxitos de hace casi 30 años pega fuerte en la nostalgia, y aunque la precisión de los tracks y el momento en que estos caen (¿eres tu, Danny Boyle?) son de una exactitud exquisita, no son mero truco para generar atmósfera: tienen su razón de ser y a ello iremos más tarde.
La gran revelación en todo caso es la sincera e inesperada amistad que se forja entre Kelson y “Samson”, nombre con el que el venerable doctor bautiza al amenazante zombie “alpha” que conocimos en la primera parte y que resulta que, desde aquel primer encuentro cuando el doctor lo inmovilizó a base de morfina, el gigantesco (y dotadísimo) infectado regresa con frecuencia por su dosis, al grado que ambos, doctor y bestia, se entregan al placer de las drogas fuertes como un medio para escapar de aquel infernal mundo, en un trance que posteriormente se volverá inspiración para ¿encontrar una posible cura?
Es en este momento que los puristas del cine de horror se irán de bruces. ¿Quién quiere ver a un zombie bailando con un humano a ritmo de Ordinary World? La conclusión es obvia y necesaria: lo que importa no son los infectados, no estamos aquí para ver por enésima vez a los humanos correteados y devorados por estas bestias, lo que importa son las relaciones de sobrevivencia que la gente común forja, ya sea para huir de los monstruos, ya sea para sobrevivir en un mundo tan hostil.
Queda claro que el verdadero horror no son los infectados, sino los humanos. Ahí tenemos a Jimmy Crystal y la forma tan brutal con la que tortura a sus víctimas, pobres almas cuyo pecado no es otro sino existir.
Pero no obstante el horror, el gore y la sangre, este debe ser sin duda el episodio más optimista (si acaso hay espacio aún para el optimismo en medio de este horror) de toda la saga. Porque en efecto, estamos solos, sin dios y sin diablo, pero nos queda la ciencia, el arte, y la amistad. Si logramos unir esas tres, habrá algo de esperanza que nos ayude a combatir la barbarie, el fanatismo, y la oscuridad.

