Para entender por qué algunas cintas han arrasado este año en las nominaciones al Oscar conviene no mirarlas sólo como filmes, sino como síntomas.
Cuando Pecadores (Ryan Coogler) acumula 16 nominaciones y Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson) suma 13, lo que está ocurriendo va más allá del talento, la ambición o el prestigio. Hay algo en ellas que la Academia reconoce de inmediato: encajan perfectamente con el clima del momento.
Ambas, desde lugares distintos, comparten una sensación muy concreta: la de vivir en un mundo sin suelo firme. En el que todo se evalúa, se discute y nada termina de resolverse. Donde no hay descanso posible porque siempre hay algo más de lo qué defenderse.
En Pecadores (Sinners), esa sensación de vigilancia y fragilidad moral se articula desde un contexto muy concreto: una comunidad que intenta sobrevivir y afirmarse en un entorno hostil, donde la celebración (la música, el encuentro, la fraternidad) convive con una amenaza constante que nunca termina de definirse del todo.
Lo sobrenatural no funciona aquí como espectáculo, sino como extensión de un miedo previo: el de un mundo donde el peligro es estructural y donde la protección colectiva es insuficiente.

La película avanza desde esa tensión, mezclando géneros y registros, pero sosteniéndose en una misma idea de fondo: no hay refugio claro, ni físico, ni cultural, ni simbólico. Todo espacio de pertenencia es también un espacio de exposición. Y en esa ambigüedad (entre comunidad y amenaza, entre celebración y riesgo) es donde la paranoia deja de ser argumento para convertirse en atmósfera.
Y hablando de paranoia, es imposible no pensar en la premisa de Bugonia (con cuatro nominaciones) en la que ésta es llevada al extremo mostrando el terreno fértil de las teorías de la conspiración que alimentan a una parte de los votantes americanos.
En Una batalla tras otra eso se traduce en conflicto incesante. Una lucha que termina para dar paso a la siguiente. No hay épica ni aprendizaje, sólo desgaste. La pelea deja de ser heroica y se vuelve rutina. Una imagen bastante reconocible de un presente atrapado en la confrontación constante, donde ya no se discute para avanzar, sino para no desaparecer.
Lo que une a estas películas no es el argumento, sino el lugar desde el que están hechas. Uno marcado por la sospecha, por la vigilancia moral, por el miedo a equivocarse. La corrección deja de ser horizonte ético y se convierte en ansiedad. La identidad ya no protege: expone. Por eso conectan tan bien con la Academia en el clima sociopolítico actual en el que se mueven la mayoría de los casi 11 mil votantes. Y no porque estos filmes tranquilicen, sino porque registran el cansancio del momento.
El Oscar, lejos de premiar sueños o consensos, actúa como un termómetro. Señala el malestar. Detecta la intemperie. Reconoce un cine que no ofrece salidas, pero tampoco mira hacia otro lado. No celebra futuros posibles. Da fe del presente que nos toca habitar.
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