Marx y Nietzsche. He repetido varias veces una afirmación de cada una de estas dos figuras tan influyentes. En su famosa tesis once sobre Feuerbach (no recuerdo las otras diez) Marx afirmó que los filósofos se han cansado de interpretar el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. Nietzsche se situó en extremos opuestos a Marx (salvo en que ambos eran teutones y decimonónicos y en que a ambos los citó Justo Sierra en el discurso inaugural de la Universidad el 22 de septiembre de 1910); también en esto Nietzsche pensaba algo muy distinto: no hay hechos, sino nada más interpretaciones.
También he repetido que Martín Heidegger le hizo ver a Marx el callejón sin salida de su frase: inevitablemente, necesita ser interpretada. ¿Transformar el mundo? Muy bien, pero, ¿cómo y hacia dónde? 150 años leyendo a Marx son 150 interpretándolo en una dirección u otra, ya sea que se quiera transformar el mundo, ya sea que se quiera dejarlo como está.
Hechos, interpretaciones. En efecto, entre los hechos y las opiniones hay muchos intermediarios. Por ejemplo, están, sí, nuestras interpretaciones. Nuestras interpretaciones son procesos mentales y verbales complejos que, pese a ser complejos, pueden simplificarse.
Y es que la realidad, por ser tan compleja, casi nos invita a que la simplifiquemos. Estamos, sí, ante una paradoja. El pensamiento sabe desde hace mucho que todo mundo tiene un sedimento de creencias, un horizonte de prejuicios e inquietudes, y lo tiene para ayudarse a entender el mundo y para entenderse en el mundo, así sea con costos en la comprensión.
Y aquí llego a mi punto: nadie es dueño –o dueña– de los hechos, pues nadie trae los hechos a la mesa o al micrófono tal cual, sin mediación de interpretaciones, opiniones y simplificaciones.
El serio humorista irlandés Jonathan Swift se burló de esta pretensión: por la pereza que le daba decir “ballena”, cierto personaje prefería traer cargando una ballena por si se ofrecía mencionarla en alguna charla: le bastaría con señalarla con el dedo sobre su muy humana y peculiar cabeza.
Pues bien, solamente si trajéramos la ballena de cada hecho (que en la vida pública suelen ser cetáceos gigantescos –crímenes, fraudes, connivencias, etcétera– o mínimos moluscos, como un cerillo que, según parece, alcanzó a quemar 57 camionetas sin que ningún guardia lo impidiera) nos ahorraríamos nuestras interpretaciones, nuestros prejuicios, nuestros sistemas de creencias (e ideologías), nuestras argumentaciones, nuestros juicios más o menos fundamentados, nuestras… opiniones.
Nadie, a todas luces, trae cargando la ballena de algún hecho. Estamos, pues, condenados –y condenadas– a nuestras propias palabras, que son las únicas portadoras posibles de colosales ballenas y mínimos moluscos (sean estos cerillos o encendedores). En el mejor de los casos, las palabras se acompañan de aquello que la humanidad conoce desde hace milenios para fortalecer una opinión: argumentos y documentos, números y gráficas, testimonios, analogías, comparaciones, metáforas, narrativas, lemas… es decir, en último término, palabras, palabras y más palabras.
(El Instituto de Investigaciones Filológicas, el Centro de Enseñanza para Extranjeros y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México cuentan al respecto con especialistas de alto nivel, a quienes –en mi opinión– la sociedad mexicana no conoce ni aprovecha suficientemente.)
Una prueba más de que en una sociedad viva moderna nadie tiene el monopolio de los hechos se encuentra en un hecho que no por ser un patrón mental deja de ser un hecho: de la compleja realidad elegimos al debatir (o al imponer una opinión) aquellos datos o narrativas o testimonios o evidencias o, sí, en fin, hechos (verbalizados) que nos interesan o aquellos que, en resumidas cuentas, destacamos (verbalizándolos) como un recurso para convencer y, si no podemos convencer, entonces para vencer y punto.
Entre los muchísimos cetáceos mexicanos de las últimas semanas, me importa destacar el alto número de jóvenes que no obtuvieron más del 50% de respuestas en el reciente examen de admisión de la Universidad. Esa zona de las gráficas no fue cuestionada. Yo tampoco la cuestionaré, pues parece un hecho indudable. Haré, eso sí (ejerciendo un derecho felizmente consagrado en nuestras leyes máximas), una interpretación, una simple lectura: quienes no obtuvieron más de ese 50%, no cayeron en la angustiada y angustiosa tentación de cometer algún ilícito en sus respuestas (un altísimo porcentaje de los demás aspirantes tampoco cayó): contestaron como pudieron y como supieron, con base en su formación previa y en las condiciones económicas y sociales concretas (Marx diría) que rodearon la presentación del examen. Luego entonces, aprobaron en ética y merecen que se les considere.
Leo en El Universal del domingo 9 de agosto que la doctora Claudia Sheinbaum garantiza 400 mil lugares para acceder al bachillerato. He aquí una ballena verbal de ricas consecuencias. Por lo pronto, esto representaría un alivio para nuestra Universidad; también representaría un estimulante desafío: ¿cómo participará (o ya está participando) la Máxima Casa de Estudios en una colaboración con el proyecto educativo federal y con proyectos estatales para que toda la oferta educativa sea de la más alta calidad? Ello ocurre en el marco de una demanda que es creciente y que puede ser orientada según aquello que el país tiene previsto ser y hacer en los próximos decenios. (¿Algún partido piensa en los próximos decenios?)
El mismo domingo 9 leo en El País acerca de “la extraordinaria protesta juvenil conocida como el movimiento de las cucarachas, que ha sacudido al país durante semanas y consiguió la salida del ministro de Educación [de la India], […]. La protesta estalló al conocerse un episodio de amaño de exámenes de acceso universitario, lo que detonó la ira de una generación que ve que no hay meritocracia ni oportunidades” (p. 2).
Así de colosales son los cachalotes de los hechos en los océanos de la vida. Más nos vale –a todas y a todos– que siempre los nombremos y articulemos de modo coherente; México lo merece.
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