Samuel González, conocedor de las relaciones entre México y Estados Unidos, comentaba en una larga e interesante entrevista que la forma de extraer a Maduro de su búnker en Caracas demuestra el adelanto de la ingeniería militar norteamericana frente a otros países competidores en poderío bélico. Sin duda. La perspectiva de González es digna de tomarse en cuenta: alude al carácter quirúrgico en operaciones tan delicadas, tan riesgosas, y ese carácter sería un indicador del nivel de adelanto del poder de fuego de un país, justamente porque no se requirió de tanto fuego para tener tal éxito. Estamos ante el poder de la industria armamentista, que en una lista meramente convencional ubicaríamos en sexto sitio, después del ejecutivo, el legislativo, el judicial, el mediático (el “cuarto poder”) y el financiero y económico. Ahora bien, este “sexto poder” podría ser hoy en día uno de los más influyentes.   

Y ante la precisión del operativo contra Maduro (los guardaespaldas antillanos muertos son una prueba, por lo demás muy triste, de que no se trató de una entrega acordada), es mayor el contraste con las acciones tan torpes de agentes federales por todo el territorio norteamericano, sobre todo en Minnesota, entidad significativamente gobernada por un antiguo contrincante del ocupante de la Casa Blanca en las elecciones presidenciales de 2024.

Ante tantas interpretaciones y tergiversaciones de hechos o confusiones (¿el joven enfermero asesinado por un agente hace unos días llevaba una pistola, no la llevaba?), procedamos con cautela para ver de qué se trata. Si los numerosos guardaespaldas antillanos muertos parecen prueba concluyente de que se tomó a Maduro por asalto, la fiereza con que se disparó contra la joven madre y contra el joven enfermero en Minneapolis parecen indicios serios de que, con tácticas fascistas, se buscaría sembrar terror en zonas específicas del país vecino. “Parecen”. “Indicios”. Vayamos con cautela. Por lo pronto, se antoja temerse que lo peor de un país está matando a lo mejor del mismo país, y esto alegra a terceros porque los beneficia. El video del asesinato del joven enfermero me hizo pensar en aquella escena al inicio de 2001. Odisea del espacio, cuando un casi ya homínido y casi todavía primate golpea a otro ser hasta matarlo. Lo rodean hordas de cómplices.   

El séptimo poder son las demás industrias legales. Un especialista me dice que los grandes capitales industriales, de servicios y financieros norteamericanos favorecen políticas de libre comercio cuando les convienen y políticas proteccionistas cuando les convienen. Y ahora temen a China. Los forcejeos están claros en casos como las negociaciones en torno a Tik Tok hace unos días: una importantísima empresa de comunicación es tema para gobiernos. Interactúan poderes. Forcejean. Negocian. El tema es extenso, y abundan ejemplos.

Samuel González y Edgardo Buscaglia conocen el octavo poder: las industrias, los servicios y las finanzas ilegales. Según ambos, el ejecutivo norteamericano (con participación de mucha gente con propósitos muy claros y estrategias frente a China) tendría un plan muy preciso para acabar con carteles, y aquella operación nocturna el 3 de enero en Caracas sería parte de un operativo de largo alcance, que afectaría a Cuba y a México. González y Buscaglia ven la ironía de que un gobierno estadounidense como el actual terminara siendo el que acabara con el cáncer del narcotráfico, un gobierno cada vez más consciente de que el fentanilo está dañando a sectores enteros de la economía del país, pues mata a gente que debería ser productiva. La carrera por el poderío mundial en los próximos decenios pasaría por la aduana de este flagelo ilegal: derrotarlo o sucumbir. Los forcejos en torno al petróleo mexicano rumbo a la isla antillana entrarían en todo este contexto.

Un noveno poder se conforma con todas las organizaciones civiles y de otro tipo, desde partidos políticos hasta iglesias, desde organismos no gubernamentales hasta instituciones educativas. Paradigma de este poder es Naciones Unidas, que, aunque se conforma con Estados (son los que votan), se aboca a la defensa de las personas en instituciones como unicef y entonces actúa para contrapesar carencias e incluso estropicios a cargo de los Estados. Muy significativo es el hecho de que el ocupante de la mansión de Avenida Pensilvania 1600 lance una “Junta de Paz” que (se ha dicho) parece tener el propósito de sustituir a Naciones Unidas, y ello sería indicio de que (también se dice) está en serio peligro el orden internacional surgido de los escombros físicos, anímicos e ideológicos de la Segunda Guerra Mundial: Naciones Unidas fue uno de los frutos más importante de aquella posguerra mundial hace ocho decenios. Un poder ejecutivo se confirma aquí como un hoyo negro ávido de robarse la energía de otros poderes. También es sintomático el hecho de que se pida dinero para tener acceso al exclusivo club de la “Junta”: el dinero, después de todo, es energía social, como lo demostró el teórico de la literatura Steven Greenblatt.

El mismo hoyo negro ha atacado universidades de su propio país (otra vez para alegría de terceros), sin darse cuenta de que a la larga la educación al más alto nivel es la mayor fuerza para enfrentarse a los retos de un siglo xxi cada vez más desafiante.

El décimo poder es la ciudadanía. Lo conformamos todas las personas que no tenemos acceso (o lo tenemos muy limitado) a alguno de los otros poderes. El cuarto poder del cine nos representa. Suele mostrarnos dispersos, divididos, concentrados en nuestros problemas cotidianos: no sé de películas que hablen de las coyunturas públicas de hoy (tal vez las hay; resulta significativo que el ocupante de la Casa Blanca narrara como una experiencia de película la captura de Maduro, que él vio “en tiempo real”). Muchísimo hay que decir de este poder. Lo más importante es que los demás poderes siempre apelan a nosotros y siempre quieren atraernos. Recientemente, la historiadora y comentarista Heather Cox Richardson aseguró que, controlados y sometidos los demás poderes, no quedaría sino la ciudadanía (“the people”) para resolver el serio problema que afecta al gigante norteño; apela sobre todo a los votantes (y votados) republicanos. ¿Existe un Abraham Lincoln o un Martin Luther King con el poder discursivo para convocarla? Por lo pronto, habrá que recordar aquel discurso de Robert F. Kennedy: “when the life of an American is taken by another American unnecessarily…”.

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios